Un debate abierto

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Luis Fernando Iglesias

EN 2006 The Pirate Bay (La Bahía Pirata o Bahía del Pirata), uno de los sitios de Internet más populares para realizar búsquedas y bajar archivos multimedia, fue cerrado por las autoridades suecas. Ese mismo año nació en el país nórdico el Piratpartiet (Partido Pirata) cuyo postulado fundamental es defender la libertad de acceso, reproducción y uso por parte del público en general, de cualquier tipo de contenidos protegidos por copyright. En 2009 los tres fundadores del sitio (Fredrik Neij, Gottfrid Svartholm y Peter Sunde), más su principal inversor, Carl Lundstrom, fueron condenados por un juez de primera instancia a un año de prisión, imponiéndoles el pago de una indemnización de tres millones y medio de dólares.

La sentencia fue apelada y el juez recusado al estar relacionado con organizaciones que defienden los derechos de autor. El fallo obtuvo algunos comentarios favorables aunque muchos criticaron la dureza de la pena. Sir Paul McCartney dijo a la BBC: "Si te subís a un ómnibus, tenés que pagar. Y creo que es justo que pagues por tu boleto". Existen versiones de que el sitio será vendido en varios millones de euros. La compradora aseguró que respetaría el pago de derechos de autor. Mientras tanto el Partido Pirata continúa creciendo. En la última elección para el parlamento europeo, obtuvo varios miles de votos y accedió a un escaño.

Tiempos de Martin Fierro. La primera acción en defensa del derecho de autor en esta parte del mundo se remonta a 1885. José Hernández reclamó por una edición apócrifa de La vuelta de Martín Fierro. La propiedad intelectual reconoce a los creadores dos tipos de derechos sobre sus obras: los patrimoniales y los morales. Gracias a los primeros el autor puede comercializar su trabajo a través de empresas editoriales, discográficas, estudios de filmación, etc., conservando los derechos morales sobre su creación. Siempre deberá reconocerse el nombre del autor de la obra y la misma no podrá ser modificada sin su permiso. En Uruguay, el derecho del autor sobre su obra dura toda su vida y cincuenta años luego de su muerte. Vencido dicho plazo, la obra pasa al dominio público.

A fines del siglo pasado el copyright comenzó a ser atacado por la descarga de material protegido a través de la red. La facilidad de copiado hizo que el fenómeno creciera en forma incontrolable. El caso Napster marcó un mojón en la lucha de la industria discográfica contra esta práctica. El sitio fue cerrado y reabrió instrumentando los mecanismos necesarios para pagar regalías. Sin embargo, proliferaron sitios similares.

La industria audiovisual también comenzó a sufrir. En la reciente Cumbre Mundial del Derecho de Autor que tuvo lugar en la ciudad de Washington, el cineasta de origen checo Milos Forman criticó duramente a quienes bajan material protegido a través de Internet. "Realmente lo que están haciendo es promover la ideología comunista… Los piratas se ven a sí mismos como modernos Robin Hoods, quitándoles a los ricos para dar a los pobres, pero de hecho están robando a miles de personas normales, muchos de ellos pobres, que dependen de las industrias creativas para ganarse la vida". Enfrentados a esta posición se encuentran los que abogan por la libertad de acceso a la cultura, oponiéndose a que bienes culturales puedan ser propiedad de personas o corporaciones.

Democratizar el arte. El holandés Joost Smiers, profesor de Ciencia Política, autor de Un mundo sin copyright (Gedisa, 2006) publicó ahora Imagine… No Copyright, libro coescrito con la asesora política y publicista Marieke Van Schijndel donde profundiza sus planteos. "Hemos escrito un libro radical, porque éste era el único camino imaginable que se podía seguir. Cuando en todo el mundo una parte sustancial de nuestra comunicación está bajo el control de unos pocos conglomerados culturales, la democracia corre peligro".

El libro expone argumentos contra el copyright, y brinda soluciones para los problemas que su eliminación provocaría, proponiendo nuevas formas para que los autores puedan ganar dinero ante la igualdad de posibilidades que se abre. La piedra fundamental del cuestionamiento es que los derechos que otorga la creación de una obra pertenecen al derecho colectivo. El creador ha pergeñado su obra gracias al conocimiento, la experiencia y la recepción de obras anteriores que su entorno le ha brindado minimizándose el concepto de originalidad que cada obra nueva posee.

Si tampoco existe derecho moral del autor sobre su obra, cualquiera la puede modificar. El uso de partes de canciones para crear otras (práctica que ha generado conflictos en la industria musical) es tomado como ejemplo a seguir por parte de los autores. Pero también el radicalismo tiene su freno. Si un creador o intérprete modifica en forma sustancial una obra anterior "...habría que señalar que la nueva versión sólo se basa en la obra de un escritor, compositor o pintor anteriores".

El nuevo sistema derogaría el copyright para que en su lugar se estableciera el principio de igualdad de condiciones. Cualquiera podría publicar una obra, sea o no sea el autor, sin necesidad de tener derechos sobre ésta dado que ya no existen derechos de propiedad sobre bienes culturales. Se conserva el derecho de regalías para el autor (aunque no se explica basado en qué derecho) lo cual obligaría a que éste recibiera una compensación justa. La solución propuesta parece un tanto utópica. Se confía en que un sentimiento de vergüenza ante el escarnio público por aprovecharse de la obra de otros, operará como un freno para que esta práctica no sea común. La realidad hace pensar que al menos en esta parte del mundo, ese freno pocas veces opera.

Al desarrollar el cambio de costumbres que ocasionará la supresión del derecho autoral, el razonamiento comienza a tener flancos fácilmente atacables. Ante la consecuencia de que cualquiera puede utilizar o editar una obra, la única forma que se propone para incentivar la creación es a través de ayudas estatales como las subvenciones. El lector tiene derecho a pensar que ninguna sociedad es tan ideal y que tampoco un problema tan complejo puede solucionarse con un esquema tan simple.

Debate abierto. Lo más valioso del trabajo de Smiers y van Schijndel está en su diagnóstico de la realidad. La era digital ha sido un terrible golpe para el derecho autoral. La piratería, sea con fin de lucro o doméstico, se ha transformado en una especie de ilicitud global incontenible para el ordenamiento jurídico. Con recursos limitados, los Estados tendrán que optar por los males que deberán enfrentar fijando sus prioridades en cuanto a la represión. "Combatir el tráfico de mujeres y niños, órganos humanos y dinero negro tiene mayor prioridad -y es más difícil- que la tarea mecánica y sin sentido de desalentar el comercio de las drogas y de las copias ilegales".

El debate sigue abierto. Plantear, aún en forma incompleta y con fallas, una solución radical que tiene algunos puntos de contacto con lo que expresara el cineasta Forman, puede sonar seductor. Eliminar el copyright sería un duro golpe para las corporaciones pero, salvo que nuestras costumbres cambien en forma radical, lo sería también para quien usualmente es el factor más débil de la ecuación: el autor. No menos cierto es que en la era digital algo está fallando en el régimen autoral que hoy rige. Libros como el presente muestran elementos para un debate cada vez más necesario.

IMAGINE... NO COPYRIGHT, de Joost Smiers y Marieke van Schijndel, Gedisa Editorial, Barcelona, 2009. Distribuye Océano. 238 págs.

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