Roberto Brodsky
EN REALIDAD lo que soy es un indiferente", confesó alguna vez Juan Carlos Onetti en una entrevista publicada en Montevideo a mediados de los años `80. En literatura, a semejanza de lo que ocurre en la vida misma, la indiferencia hace milagros. Deje usted pasar dos o tres veces una invitación por correo y vendrán a buscarlo en persona. Los cuentos de Onetti -cuando no Onetti completo- son expertos en devoluciones al remitente y oportunidades perdidas. Frente al esfuerzo y movimiento de conquista que supone cualquier objetivo, ya se sabe que su opción consiste en tocar madera y encomendarse al quieto milagro del no-ser. Allí están Larsen, Díaz Grey, Brausen, Petrus y Medina para evidenciarlo.
Dos relatos suyos son ejemplares en este arte de lo imperturbable: "Bienvenido, Bob" y "Jacob y el otro". En ambos casos, la indiferencia de la voz narrativa -una voz que apenas se altera con los cambios de posición y ejes del punto de vista- hace posible que los relatos ardan quietos en su fatalidad y desesperación, como si todo estuviera en su sitio, para usar una expresión muy adecuada de Joseph Roth. Por supuesto, no hay nada que esté en su sitio en estos dos cuentos; más bien los espacios están siempre a punto de desbarrancar, y de hecho desbarrancan con premeditada crueldad, cumpliendo el designio de la primera frase: "Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del mundo en que se llamaba Bob".
HECHO Y DESHECHO. En ambos relatos está la constante onettiana del enfrentamiento entre jóvenes y adultos, pero radicalizada en función de la pasión juvenil por alcanzar una meta, de un lado, y de la inutilidad de lograrlo, del otro. Para la narración, la experiencia es un saber moribundo que sin embargo vale la pena revisitar cada tanto. La lucha que sigue recuerda al polaco Gombrowicz y su desopilante representación de la cultura como el campo magnético de las oposiciones de adolescencia y madurez que domina el deseo de cachorros, hombres viejos y artistas del hambre. Pero allí donde Gombrowicz es paródico, Onetti es realista; lejos de la histeria que domina al polaco, el narrador uruguayo es indiferente al resultado del combate que se desarrolla entre Jacob y su propia fuerza desmayada, o al que libra el joven Bob para evitar el matrimonio de su hermana Inés. Si el narrador de Gombrowicz participa del patético devenir de los adultos en sus muchas vueltas por escapar de las formas petrificadas de la adultez, el de Onetti se ausenta de los resultados y toma las pretensiones de la forma por lo que son: balas perdidas. En su fuero interno ya sabe, o parece saber que no hay movimiento de defensa o de captura que valgan. Su narración ideal es aquella que abandona el campo de batalla hacia adelante, como quien deja atrás el miedo de no tener nada a lo cual aferrarse.
"Ocupar una colina puede ser más importante que perder un parque de municiones", acierta a decir el Príncipe Orsini en un pasaje clave de "Jacob y el otro", cuando prepara la fuga de Santa María sin contar con la orgullosa reacción del campeón. Es una decisión meditada, bien planificada y mejor implementada de lo que el propio Orsini estaría dispuesto a admitir. No vale la pena luchar de verdad y ser destruido por una fuerza superior. Un campeón sólo sirve para fingir. Entonces ocurre lo inesperado, la reivindicación del afán y del simulacro que prestigia al luchador. La fuerza de Jacob van Oppen, su juventud recuperada por honor frente al combate con Mario, el almacenero bruto que lo ha desafiado, es una versión crepuscular de la enérgica y acaso luminosa oposición que se desarrolla en "Bienvenido, Bob", pero que concluirá de la misma manera en ambos casos: "Pobre Jacob van Oppen" meditó Orsini. "Hacerse viejo es un buen oficio para mí. Pero él nació para tener siempre veinte años; y ahora, en cambio, los tiene este gigante hijo de perra que gira alrededor del meñique de ese feto encinta".
Para el caso de "Bienvenido, Bob", un pasaje célebre confronta al gastado narrador con su reflejo juvenil, el mismo Bob, y lo hace sin misericordia por las buenas intenciones hacia Inés: "Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven", le dice Bob. "No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir, deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios".
Bob es joven y, por supuesto, eso ya lo hace extraordinario en un mundo donde sólo se puede envejecer. Unas líneas más adelante, impertérrita y provista de esa misma excepcionalidad para nombrar, la voz de Bob hace el recuento de los pecados del narrador: pensar por conceptos, dejarse arrastrar por las cosas, no ir a ninguna parte ni desear hacerlo, vivir atado a una sensualidad miserable, moldeado por las rutinas y las repeticiones de una mediocridad infinitas. Se trata, en suma, del retrato de un hombre maduro que es capaz de sostener su odio y esperar, en un giro brutal, el momento propicio para recibir a Bob y darle la bienvenida cuando ingrese a la edad de la razón, penetre la línea de sombra y vaya a encontrarse con él, en la misma mesa, "emporcado para siempre" en el "tenebroso y maloliente mundo de los adultos", avanzando inmóvil "entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables".
Narrar inmóvil la caída de Bob es algo más que un procedimiento técnico. Quien narra por ausencia es porque ha elegido ser indiferente al destino, preserva su libertad de narrar y se mantiene indemne a las oportunidades que ofrece el texto y que, bien talladas, suelen convertirse en oportunismos literarios. Por una vía opuesta, sin importar que sea condena o salvación, Onetti fija todo su interés en el reducido horizonte que espera a las criaturas del otro lado de sus empeños, y que tendrá un signo negativo en "Bienvenido, Bob" y positivo en "Jacob y el otro".
Es hacia esa ficción de sí mismos, más allá del nivel que pone de manifiesto el relato, adonde se encaminan tanto el implacable derrumbe de Bob como la breve resurrección de Jacob. Desafectado de sus pasiones, Onetti multiplica paradójicamente las chances de sus personajes al sacarlos del espejo donde se reproducen con el signo de la fatalidad: primero como cachorros de veinte años, luego como hombres viejos que fueron esos jóvenes, y finalmente como los artistas del hambre que serán todos en un futuro cercano.
ENCUENTRO CON ONETTI. No hay mejor momento que el pasaje a la edad adulta para encontrarse con Onetti y algunos de sus relatos. Ni qué decir que este fue mi caso con "Bienvenido Bob", "Jacob y el otro", "Tan triste como ella" y tantos otros cuentos superlativos. Entonces yo era joven, vivía en Barcelona y comenzaba a comprender que nunca más volvería a ser arrojadizo como Bob y valiente como Jacob. La pureza, esa palabra que en las narraciones de Onetti dibuja una filigrana invisible de cosas no dichas y aparentemente olvidadas, surgía como una despedida cada vez que me abismaba en uno de sus relatos. Creía haber hecho mía la consigna joyceana de exilio, silencio y astucia, pero Onetti me devolvía a las tierras de la memoria con un tajo frontal en el desarraigo. Bajo su influjo escribí una novela y bajo su influjo decidí tirarla a la basura. Una vez afirmó que toda la novelística del boom ya estaba mejor escrita por Proust en A la recherche…, y decidí creerle. Al cabo de los doce tomos le encontré toda la razón. Claro; yo era un cachorro de poco más de veinte años, empezaba a ser viejo, recorría las Ramblas como un artista del hambre. En un momento se me ocurrió la peregrina idea de viajar a Madrid para visitarlo en la avenida América. Quería hablar con Onetti en persona; preguntarle por el hielo que quemaba y la frase rota que se pierde en un agujero de ficción. Me trató con desprecio, de modo injusto. Para él yo no era nada, apenas algo distinto de sus personajes predilectos: cachorros, hombres viejos, artistas del hambre. Todo aquello le resultaba indiferente. Pero ambas cosas son mentira. Nunca visité a Onetti en la avenida América, nunca materialicé el plan original y en cambio regresé a mi país. O quizá no; quizá me detuve efectivamente unos días en Madrid a comienzos de los años `80 y Onetti sí se levantó de la cama y abrió la puerta para ver a un muchacho que dejaba de serlo, parado como una derrota en el pasillo. Me llamo Roberto, le habría dicho, y mañana regreso a Chile. Venga, pase, habría contestado él, colocado de perfil. Un milagro así puede ocurrir si se insiste lo suficiente. Pero ése no es el milagro. El milagro es la piedad, sin la cual la literatura de Onetti saldría derrotada de la indiferencia.
ROBERTO BRODSKY (n. 1957); escritor y guionista de cine chileno. Su última novela es Bosque quemado.