Sin miedo y con placer

Milton Hatoum

HACE POCO tiempo, en San Pablo, un grupo de lectores y editores me pidió que comentase algunas obras de ficción latinoamericanas. Una lectora me preguntó qué obras de ficción, brasileñas e hispanoamericanas me habían impresionado más en mi juventud.

Le dije que la lectura que me causó mayor impacto en mi primera juventud fue un puñado de cuentos de Machado de Assis. Esa lectura fue fruto de la casualidad. Mi madre me dio las obras completas de Machado, una bella edición en tapa dura, fechada en 1958. Recuerdo que me atrajo el título de uno de los volúmenes: Historias de media noche. Leí todas esas historias de una sentada. Después leí los otros volúmenes de cuentos machadianos.

A los trece o catorce años de edad no se puede entender la complejidad de un texto literario, pero es posible leerlo con interés, placer y hasta fervor. Fue lo que sucedió conmigo. La literatura entró para siempre en mi vida cuando leí, A parasita azul, Um homem célebre, O enfermeiro, A causa secreta, Pai contra mae, Missa de galo, O caso da vara y tantas otras narrativas del Bruxo de Cosme Velho [N.del T. Brujo de Cosme Velho, así llamó Carlos Drummond de Andrade en un poema a Machado de Assis, en referencia a la calle Cosme Velho de Rio de Janeiro donde vivió]. Pienso que si hubiese leído una novela de Machado antes de los cuentos, habría encontrado dificultades de comprensión. Una novela machadiana puede exigir un lector más sofisticado y experiente, y yo no era ese lector. No habría percibido en profundidad la ironía felina, los recursos de lenguaje, los saltos temporales, la dimensión simbólica y social y las artimañas de narrador voluble de las novelas. El propio Machado, en varios aspectos un antecesor de Jorge Luis Borges, escribió en la "Advertencia" al libro de cuentos Varias historias (1895): "El tamaño no es lo que hace malo a este género de historias, es naturalmente la calidad; pero hay siempre una cualidad en los cuentos, que los vuelve superiores a las grandes novelas en el caso de que unos y otros fueran mediocres: es que son cortos".

La ironía de Machado no ahorraba su modestia. Para los jóvenes, la lectura de varios cuentos de calidad de un gran escritor puede ser la puerta de entrada para la lectura de la obra novelesca. Años después, leí las novelas machadianas, pero el lector de 1976 no era el de 1965.

Algo semejante volvió a suceder conmigo en 1976, cuando leí los cuentos de Juan Carlos Onetti. Yo estudiaba arquitectura en la Universidad de San Pablo y asistía a las clases de teoría literaria de Davi Arrigucci Jr. y de literatura hispanoamericana de Irlemar Chiampi, profesores del curso de Letras de la misma Universidad. Ya había leído a algunos autores contemporáneos, pero desconocía por completo la obra de Roberto Arlt, María Luisa Bombal, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti. Ambos profesores comentaban con entusiasmo las narrativas de estos escritores y cuando quise leer uno de los libros de Onetti, Davi me sugirió que empezara por los cuentos. Lectura en español, por supuesto.

Leer por primera vez la obra de un autor genial es como redescubrir la gran literatura. A los jóvenes que aún no hayan leído la obra de Onetti, les sugiero que lean los cuentos antes que las novelas. No son textos fáciles, porque el arte, el verdadero arte de narrar, es complejo.

Para el lector que se inicia, un cuento onettiano es una invitación a entrar a un laberinto. Este laberinto, casi siempre sin salida, es el mundo de las ilusiones perdidas, de las fronteras nebulosas entre sueño y realidad, del juego especular entre un personaje y su doble. Un mundo cuyas "preocupaciones centrales son los problemas existenciales de un ser solitario, incapaz de una comunicación verdadera, encerrado en los laberintos de sí mismo, desarraigo y perdido en el bullicio de la ciudad ", señaló Davi Arrigucci Jr. Cuando yo menos lo esperaba, ya había caído en la artimaña del lenguaje, en el infierno tan temido que los narradores inventan a partir de la vida y de la propia literatura.

Soy un lector disciplinado, pero no siempre metódico. En el caso de Onetti, leí en aquella época los cuentos y, en seguida, las novelas, anotando palabras y expresiones que desconocía, consultando el diccionario y dejándome perder en la espiral sofocante de las historias narradas por Díaz Grey. Percibí que las narraciones breves son inseparables de las novelas, como si fuesen caminos diferentes que conducen al mismo pozo sin fondo, que es una metáfora de la obra de Onetti. En ese pozo se debaten el doctor Díaz Grey, Juan María Brausen, Jorge Malabia, Larsen y tantos otros personajes inolvidables, personajes que lidian con problemas existenciales, y no tienen el perfil de los héroes novelescos, como los de García Márquez o como Orlando, de Virginia Woolf.

Hay, por cierto, huellas y pistas faulknerianas en las narraciones de Onetti, pero esa influencia se disipa en la medida en que el escritor uruguayo creó un universo ficcional muy particular, extremadamente personal. Santa María es un lugar bastante menos pintoresco que el condado de Yoknapatawpha, del escritor norteamericano William Faulkner. Los escenarios de Onetti, vaciados de color local, se pueden situar en muchas latitudes. Les bastan pocos elementos: un río, una playa, una casa, un bar, un hotel, un cuarto y algunas calles, y el resto -o sea casi todo- queda a cuenta de la imaginación del lector.

En 1994, cuando Alfaguara publicó el volumen de los Cuentos completos, leí algunos relatos que hasta entonces eran inéditos o habían sido publicados solo en revistas y diarios. Le sugerí la lectura de uno de esos cuentos al grupo de lectores con quienes conversaba de literatura. Leímos juntos "Montaigne" que, a mi manera de ver, es una obra maestra de la forma breve. En este cuento, el modo de narrar -un narrador en primera persona del plural alterna con el narrador en primera persona- conduce con extrema habilidad los desdoblamientos de la trama, donde un personaje ensaya lenta y teatralmente el suicidio, hasta practicarlo en los hechos. El desenlace, tan sorprendente y, por qué no decirlo, tan onettiano, ilumina toda la narración e invita al lector a una relectura del texto y también a una reflexión sobre la actitud del protagonista. En el espejo de esa prosa onettiana está reflejada la imagen del rostro de la desgracia del suicida y también la imagen de la crueldad calculada y mediata del protagonista. Y su desdén y algún soplo de felicidad, aun cuando ésta sea inaudita o esté oculta. Porque "Montaigne" -título irónico de un autor que escribe sobre el amor, la amistad y la muerte- no deja de ser una narración irónica y sórdida sobre esos temas, como en tantas ficciones de Onetti. Y a veces, como en nuestra vida. O en la vida tout court.

MILTON HATOUM (n. 1952); escritor brasileño. Su último libro es A cidade ilhada.

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