Juan Villoro
SI LA SERIE de televisión Los Soprano debe su atractivo a narrar las historias normales, extrañamente compartibles, de la mafia, la narrativa de Onetti pone en escena la situación opuesta: el alma delictiva de la gente común.
Los cuentos son recorridos por oficinistas, agentes viajeros, periodistas de poca monta, gente deteriorada sin que eso sea una catástrofe o una excepción. Ningún personaje de Onetti ha sido especialista en algo; todos son generalistas en derrotas. Acaso el forzudo luchador de "Jacob y el otro" y la pequeña mujer de "Historia del caballero de la rosa y de la virgen encinta que vino de Liliput" se distingan como monstruos de feria, pero su condición excepcional es mitigada por el escenario, que los asimila a sus rutinarias bajezas.
El contraste entre la probada condición común de los personajes y el descomunal pecado que aguardan o temen, crea la impar intensidad de Juan Carlos Onetti.
De acuerdo con la cronología de los Cuentos completos editados por Alfaguara, Onetti publicó relatos durante 60 años, de 1933 a 1993. Este dilatado arco conservó una tensión y un rigor admirables. Es posible que los primeros cuentos le debieran demasiado a los devaneos de la conciencia y los últimos se simplificaran un poco, cediendo espacio a la acción vista de lejos y narrada en tercera persona. Con todo, es difícil encontrar una condensación narrativa de mayor fuerza en el idioma.
Como ha señalado Antonio Muñoz Molina, nada resulta tan simplista como tachar a Onetti de complicado. Es cierto que sus cuentos requieren de una atención especial, pero ofrecen las claves para adquirirla. Todo autor que renueva la literatura propone una nueva manera de leer. Onetti frena el paso del tiempo, esa inasible sustancia que, según su opinión, sólo puede suceder en mayúscula, y coloca con paciencia sus exactos y magros objetos. En cuanto nos instalamos en su mundo, el sonido de un cerillo resulta inquietante. La precisión de ese universo no viene de fuera, es una forma acrecentada de la vida.
Ciertas historias pueden adaptarse con facilidad a otros medios y llegar sin pérdidas a las pantallas del cine o la televisión. Las palabras que las sustentaban se volatilizan como un éter que ha dejado de ser útil. La literatura de Onetti entraña el reto de crear otro lenguaje equivalente al suyo. ¿Cómo convertir en imágenes las historias que son una sucesión especulativa, una meditación sobre lo que podría pasar y casi nunca pasa, o no de ese modo?
La realidad de Onetti sólo puede ser literaria. Una vez comprendida, tiene más contundencia que ese territorio que, de acuerdo con Nabokov, siempre debe escribirse entre comillas: la "realidad".
Puestas en relación, las historias no proponen derroteros divergentes; integran un territorio común. No se viaja ahí: se regresa. Rutinas de Santa María: alguien pide una cerveza en el Berna, se hospeda en el Plaza, lee El Liberal, toma la barca que recorre un río quieto.
¿De qué depende la verosimilitud onettiana? Uno de los recursos predilectos de Borges consiste en suponer que su historia ya ha sido narrada e incluso refutada; su realidad no puede estar en duda, pues ya pertenece al dominio del rumor, la tradición o la leyenda. La verosimilitud del cuento se da por sentada: la historia que se lee es una continuación, una enmienda, una desviación de lo que desde hace tiempo ha sido creído.
Onetti, por el contrario, se ocupa de historias que no sirvieron, lo que alguien dijo y no importó, el relato que no fue acatado. Con esos desechos avanza, nunca de modo directo, sino proponiendo alternativas que también son abandonadas. El lector es convidado a un juego sin mucho futuro: "adivine, equivóquese". Con esa limitada provisión, con lo que no resultó y ya fue vencido, el cuentista crea un raro portento, una forma distinta de narrar, fundada en la incertidumbre.
Las voces narrativas de Onetti carecen de otra autoridad que el recelo, la duda, una persistente desconfianza. Un personaje que tuvo impulsos poéticos comenta así uno de sus textos: "No es un poema, es la explicación de que tuve un motivo para escribir un poema y no pude hacerlo".
Los cuentos tienen la incontestable verosimilitud de la ilusión cancelada. Nada tan cierto como la esperanza incumplida.
Una y otra vez, los personajes fracasan para narrarse; sus desaforadas emociones pueden ser sentidas pero no dichas. El cuento surge de esa imposibilidad.
El espacio en que esa gente se decepciona es necesariamente próximo, íntimo, entrañable. El sol lame la pata de una mesa, el humo sube al techo, Onetti escribe un cuento. Nada fue antes así, nada volverá a ser así. La tragedia de esos personajes es que son personas, versiones intensificadas de la vida. Díaz Grey fracasa al tratar de ver a una paciente sólo como mujer: no puede reducirla a su sensualidad o su capacidad de procrear. No es un dato físico; es un misterio intangible: una persona.
Resulta ya inconcebible desandar el camino hacia el momento en que la literatura de Onetti no sucedía. Cada uno de sus cuentos perdura como una historia que se imagina y se descarta y por eso se cree, una sustancia frágil y resistente, como la lluvia que cae sin destruir nada, arruinando un poco las cosas, para que haya tristeza y vida, y todo importe de otro modo.
JUAN VILLORO; escritor y periodista mexicano. El texto adjunto forma parte de un ensayo sobre los cuentos de Juan Carlos Onetti.