Inicio   l    Último Momento   l   Edición Impresa   l   Ediciones anteriores   l   Mi registro   l   Contacto
Poner EL PAIS como página de inicioPoner EL PAIS como favorito
Viernes 03.07.2009, 05:11 hs l Montevideo, Uruguay
Vota por esta noticia:
Desinteresa/No aporta Común/Importa poco  Interesante  Muy Interesante  Excelente/Gran aporte
  Total de votos:
Desinteresa/NoComún/ImportaInteresanteMuyExcelente/Gran 1 votos
Comentarios: 0  | escuchar nota |  | achicar texto |  | agrandar texto |  | enviar nota |  | imprimir nota |
 

Cultural


Roberto Ampuero y el detective Brulé

El escritor deliberado

Hugo Fontana

EXISTE UNA LITERATURA a la que se podría tildar de "deliberada". Suele recoger los tópicos de uno y otro género, acomodarlos sobre el papel con la menor cantidad de sorpresas, volcar el plato hacia situaciones y personajes trillados, predecibles, cumplidores. Es también la literatura "que se entiende", como decía Roberto Bolaño. En algunos casos resulta tan obvia que parece se recurriera a un diccionario temático: amores imposibles pero finalmente consolidados, tipos humanos de una bondad o de una maldad extremas, héroes histórica, moral y políticamente correctos, la muerte o la venganza como factores de justicia poética, etc. Dos o tres géneros -el histórico, el policial, la llamada "literatura femenina"- vienen padeciendo desde hace mucho tiempo esta suerte de premeditación: venden muy bien y sus marcos de referencia -encuadres, escenarios, criaturas- parecen en primera instancia bastante fáciles de copiar.

La reciente aparición de la novela El caso Neruda, del chileno Roberto Ampuero (Valparaíso, 1953), resulta indicada para detenernos en el género policial y evaluarla dentro de estas reglas. A simple vista una novela negra necesita de muy poca cosa: un crimen o cualquier otro hecho capaz de ser sometido a investigación, y un investigador. Todo ello, por supuesto, debe ser condimentado con algunas dificultades, sordidez, violencia, un poco o un mucho de sexo y últimamente un poco o un mucho de gastronomía, porque, después de todo, poco separa a la gula de la lujuria.

La buena mesa. Ampuero creó a Cayetano Brulé, un detective de origen cubano que se instala en Valparaíso a mediados de 1971, recién llegado de Miami y detrás de su esposa, hija de una acaudalada familia chilena que apoya al gobierno del presidente Salvador Allende. La primera novela de Brulé se tituló ¿Quién mató a Cristián Kustermann? (1993). A ella le siguieron otras cinco, incluida la que aquí se comenta. Ampuero publicó además otras tres novelas: Los amantes de Estocolmo (2003), Pasiones griegas (2006) y la autobiográfica Nuestros años verde oliva (1999), en la que narra su estancia en Cuba a mediados de los 70.

En El caso Neruda, un prostático y fatigado poeta le encarga al detective, a pocas semanas del ataque al Palacio de la Moneda y de su muerte, que ubique en México al doctor cubano Ángel Bracamonte, famoso por haber estudiado los cuarenta métodos alternativos para la cura del cáncer. Con ese propósito, Brulé acepta su primer caso -se queja de no conocer las claves del oficio, pero Neruda le presta algunos libros de Simenon- y viaja al Distrito Federal sin sospechar que el verdadero motivo de la investigación es ubicar a la esposa del médico, la también cubana Beatriz, quien 30 años atrás habría tenido una hija, Tina. Neruda, que por aquel entonces había llegado a México con Delia del Carril, quiere saber si la niña fue hija de Bracamonte o del propio Neruda.

Habiendo procreado una sola vez - tuvo una hija hidrocefálica que murió siendo pequeña, Malva Marina, con su primera esposa-, Neruda quiere dar con el paradero de Beatriz para confirmar su paternidad. Es así que Brulé emprende una serie de viajes que lo llevan a México, Cuba, Alemania Oriental y Bolivia, siempre siguiendo el rastro de esa esquiva mujer que ha cambiado de apellido en cada destino. En esa suerte de viaje contrarreloj, el detective va conociendo gente de toda ralea y almorzando y cenando en cientos de restaurantes o fondas sin perder oportunidad de contar en detalle los ingredientes que contienen sus ingestas, ya sea en una avenida de la capital mexicana, en una bodeguita habanera, en un distrito de la vigilada Berlín o en un Santiago de Chile desabastecido por las huelgas de transportistas que conspiran contra el gobierno de la Unidad Popular.

Y además de estos detalles intrascendentes que necesitarían de un índice de comidas regionales, Ampuero inunda su historia de datos históricos de la mayor obviedad y del más exasperante didactismo. Todo parece un informativo de época, salpicado de fechas que no hacen a la trama en cuestión ni a la hondura psicológica de sus personajes.

Piure, cochayuyo, canchaca. Tal vez no se pueda saber si la acumulación gratuita de fechas y episodios es resultado de la falta de confianza que Ampuero tiene en sus personajes y en la historia que cuenta, o si ello es otra más de las tácticas de lo "deliberado". Lo mismo ocurre a lo largo de todo el libro con la imagen del propio Neruda: a medio camino entre el sujeto de vanidad desmadrada y adúltero en cadena, de padre abandónico, de posibilista político, de poeta desbordado y no siempre feliz, Ampuero y Brulé acercan a un hombre desesperado por conocer algo acerca de su quimérica descendencia, una víctima capaz de un corazón aún trémulo en medio de un enfrentamiento político que echará por tierra las esperanzas depositadas en el gobierno de Allende.

En un reportaje que ofreció al diario mexicano La Jornada, el autor sostiene, más allá de que se desempeñe como profesor en los cursos de escritura creativa de la Universidad de Iowa, que "ciertas universidades estadounidenses, de acuerdo con sus propios intereses, pueden elaborar y distribuir mundialmente una cierta imagen cultural de lo que es el pueblo chileno, colombiano, mexicano o cubano, por ejemplo", para luego aseverar que "nos convertimos, de alguna manera, en objeto de lo exótico". Sorprenden, entonces, algunos párrafos de su novela, como cuando cuenta que la esposa del detective "invitaba a vecinos a saborear unas empanadas de piure que eran para chuparse los bigotes, o bien una memorable ensalada de cochayuyo, y en las tardes de mucha lluvia preparaba unas sopaipillas almibaradas con canchaca de Paita, que eran lo mejor que Cayetano había saboreado en su vida".

Ampuero lleva vendidos en su país más de 200 mil ejemplares de la serie Brulé. No parece, sin embargo, satisfecho, y se enoja con aquellos críticos que cuestionan la calidad de su obra. En el diario La Tercera de Chile dijo amargamente que, a raíz de la crisis económica que recorre el mundo, "2009 será un gran año para los columnistas enemigos de los escritores que vendemos mucho... Los enemigos de los best-seller habrán de regocijarse. ¡Al fin venderán menos libros los escritores más solicitados, aquellos que se deben a sus lectores!".

EL CASO NERUDA, de Roberto Ampuero. Norma, colección La otra orilla, 2008, Colombia. Distribuye Aletea. 330 págs.

La última amante de Neruda

REFERIDA al sesgo en la novela de Ampuero, la historia de la última amante de Neruda se conoció a mediados del año pasado en Chile, tras ser encontrado un cuaderno con catorce poemas que éste le habría dedicado a Alicia Urrutia, sobrina de Matilde Urrutia, su tercera y última esposa. La autenticidad del hallazgo fue corroborada por expertos calígrafos y dada a conocer por el diario El Mercurio. Todo indica que a mediados de los 60, Alicia, de 25 años, hija de un hermano de Matilde, de "piel morena y formas exuberantes" según el escritor Jorge Edwards, padeciendo una mala situación económica y siendo madre soltera, fue recogida en la famosa residencia de Isla Negra. Allí se entregó a un romance con su tío político. Según las mismas fuentes, el affaire fue descubierto una tarde en que Matilde regresó de hacer los mandados más temprano de lo que debía. Furiosa, la tía la echó de su casa y obligó al veterano vate a aceptar la embajada en Francia que Allende le había ofrecido y que él dudaba en aceptar. "¡Que haya un océano de distancia entre tú y ella!", dicen que le gritó la engañada. Y hacia París partieron.

"En tus sueños nacen las alas azules que guardo en este libro/ Yo colecciono tus lágrimas/ Ellas vuelan a una caja que guardo en un jardín donde solo llega tu sombra/ Aquí está el árbol de olvido/ De él saqué un trozo de madera para grabar tu nombre", le cantó el poeta a su joven amante. Dramática, conmovedora en fin, Alicia le había enviado en 1971 una carta al tío en la que expresaba: "Pablo amor, quisiera que esta carta te llegue el 12 de julio de tu cumpleaños. Pablo amor que seas feliz. Todas las horas del día y de la noche, estés donde estés y con quien sea, sé feliz, te recordaré, pensaré en ti alma mía. Mi corazón está tibio de amarte tanto y pensar en ti. Amor amado amor, te beso y te acaricio todo tu cuerpo amado. Amor amado amor amor amor mío amor. Tu Alicia que te ama".

 ¿Encontraste algún error? Comentar esta noticia« volver  
Vota por esta noticia:
Desinteresa/No aporta Común/Importa poco  Interesante  Muy Interesante  Excelente/Gran aporte
  Total de votos:
Desinteresa/NoComún/ImportaInteresanteMuyExcelente/Gran 1 votos
Comentarios: 0  | escuchar nota |  | achicar texto |  | agrandar texto |  | enviar nota |  | imprimir nota |
Compartir:



ASISTENCIA AL USUARIO 2903 1986

CLASIFICADOS | SHOPPING EL PAIS | REDACCION IMPRESAREDACCION DIGITAL | PUBLICIDAD IMPRESAPUBLICIDAD DIGITAL Zelmar Michelini 1287, piso 5, CP.11100, Montevideo, Uruguay | Copyright ® EL PAIS S.A. 1918-2010