El gran teatro del espionaje

DURANTE SU ESTANCIA en París, entre 1946 y 1949, Felisberto Hernández conoció a María Luisa de las Heras, supuesta modista refugiada de la guerra española. Ambos contraerán matrimonio en Montevideo, previa legalización documental de la esposa. Durante dos años, con pleno desconocimiento de su marido, María Luisa, (en realidad la agente soviética coronel África de las Heras) cumpliría con total eficacia la misión que se le había asignado: obtención de pasaportes uruguayos para espías en tránsito a Estados Unidos y transmisión por radio a Moscú de valiosa información. Este corto período en la vida de esta mujer es el elegido, en la novela de Dujovne, como punto central capaz de dar luz a su pasado y a su porvenir.

Para contar los pormenores de la relación con Felisberto, la autora monta un vasto escenario teatral donde no están ausentes las máscaras y los disfraces, los espejos en que ambos se mirarán y los objetos lúdicos o simbólicos de su intimidad. La mentira o el engaño cotidiano ponen en juego las múltiples identidades de ambos y dejan al descubierto aparentes coincidencias y brutales paradojas. Alterna el relato el diario del responsable de la operación, Oleg, misterioso personaje que urdió la unión de ambos y que suma, a la dirección minuciosa de la actividad de África, un inevitable interés por la obra de Felisberto. La compleja estructura otorga espesor a una prosa que destila ironía y humor, fluctuando entre lo grave y lo risueño. Así, África es muñeca porque es manipulada en todos sus movimientos por el titiritero Oleg, muñeca rusa por su identidad múltiple y muñeca erótica al trasladar a la realidad los juegos imaginarios del cuento "Las Hortensias". Felisberto Hernández emerge de su mundo de ensoñaciones para toparse con una realidad que lo desconcierta, y a Oleg lo carcomen las dudas y la sombra del miedo. Tras ellos, en la encrucijada de la Guerra Fría, palpita una gran maquinaria que se enfatiza como cruel y despiadada, donde la lealtad convive con la sospecha.

Puede resultar controvertido el tratamiento de Felisberto Hernández como personaje. Su candidez es puesta de relieve sin lástima, en varios episodios, hasta provocar conmiseración en el lector. "Como cuentista comienza a darse a conocer. Es anticomunista convencido", señala el informe que recibe África, en el que se le aconseja premura para seducirlo. La tarea resulta relativamente fácil. Al sexo habrá de sumar darle bien de comer. Felisberto nunca sabrá nada. Un día acerca su oído a la puerta del taller donde se encierra su esposa, escucha un aparato de radio, cree que ella se está deleitando con "horrorosos novelones argentinos" y siente vergüenza por sus gustos de "modistilla". En otra oportunidad descubre la peluca rubia que ella empleaba para acudir a la embajada soviética sin que nadie la reconociera y acepta llevarla a la cama con la peluca puesta. Alicia Dujovne demuestra, sin embargo, poseer profusa información documental y testimonial sobre el asunto, a la vez que conoce y cita en abundancia textos del escritor uruguayo.

Todo en la novela aparece muy determinado, fríamente calculado, nada es dejado al azar o al libre albedrío. A pesar de eso hay un margen para la ambigüedad. África, el personaje mejor construido, sin dejar de ser marioneta, conservará su entereza y un fondo sensible que estallará hacia el final de sus días, cuando se vuelva verdad otro cuento de Felisberto Hernández: "La casa inundada".

LA MUÑECA RUSA, de Alicia Dujovne Ortiz. Alfaguara, Buenos Aires, 2009. Distribuye Santillana. 305 págs.

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