1961: el calor de la Guerra Fría

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Jorge Abbondanza

FUE LA PEOR experiencia de mi vida, dijo el presidente Kennedy en junio de 1961. Se refería a la invasión de Bahía de Cochinos que había autorizado dos meses antes, un desembarco efectuado en la costa meridional de Cuba entre el 17 y el 19 de abril, que no sólo fracasó sino que se convirtió en un ejemplo de humillante torpeza para Estados Unidos. A eso cabe agregar el sesgo de piratería que tuvo ese asalto militar en territorio extranjero, sin que mediara un estado de guerra ni una provocación que lo justificara. El operativo estuvo a cargo de unos 1.500 cubanos anticastristas entrenados por la CIA en campamentos de Guatemala y Nicaragua, a lo que debe añadirse un equipamiento de artillería, tanques y aviones capaces de asegurar una cabecera de playa desde la cual los invasores podrían avanzar hacia el interior de la isla para derrocar al gobierno revolucionario que había triunfado en enero de 1959. Pero eso no sucedió, porque el intento derivó en un veloz desastre.

Según declaración expresa, la CIA confiaba en que la irrupción de esos rebeldes armados provocara en Cuba un alzamiento popular contra Fidel, suposición altamente discutible en la que se apoyaba empero buena parte del pronóstico triunfalista de los patrocinadores de la aventura. Los pormenores de todo ese episodio figuran en el libro The Bay of Pigs de Howard Jones (Oxford University Press, 2008), un profesor de historia que a casi medio siglo de los hechos dispuso no sólo de su tenacidad como investigador sino de la información brindada por abundantes documentos que en la época eran impenetrables, como todo material clasificado como de máxima seguridad, pero que luego fueron abiertos y revelaron unas cuantas cosas. A esas fuentes, Jones agregó sus entrevistas con sobrevivientes de los círculos de poder de los años 60 y envolvió su masa de referencias con un aire ocasionalmente sarcástico para dejar constancia de la cadena de errores, incapacidades y desencuentros que pesaron en torno a un hecho histórico, hasta determinar su embarazoso final.

Durante todo el desarrollo del plan de Bahía de Cochinos, los norteamericanos tiraron la piedra y escondieron la mano. Eso ya ocurría al final de la presidencia de Eisenhower, que fue cuando la CIA diseñó el ataque, heredado luego por Kennedy desde su llegada a la Casa Blanca en enero de 1961. En varios sentidos, Kennedy mantuvo el enfoque de su antecesor, consistente en respaldar el proyecto de la CIA siempre que la participación de Estados Unidos pudiera disimularse y por lo tanto negarse ante cualquier acusación (de la Unión Soviética, por ejemplo) lo cual en principio parecía una receta ideal para lavarse las manos. La obsesión de no figurar exteriormente en la invasión, llegaría a convertirse en una idea fija para Kennedy, que obligó a trasladar el sitio del desembarco desde la ciudad cubana de Trinidad hacia la solitaria zona de Playa Girón, junto a Bahía de Cochinos y al gran pantano de Zapata, un barrial que dificultaba toda circulación por los alrededores.

OCULTOS. Pero ese cambio no fue el único, porque el nuevo presidente también resolvió que la operación debía efectuarse en horas de la noche y prohibió que figuraran norteamericanos en la fuerza invasora o en la tripulación de los aviones que la apoyaban. Ordenó además que las naves norteamericanas no se aproximaran a menos de 30 millas de la costa cubana y que los uniformados a bordo de esa flota no se involucraran bajo ningún concepto en la lucha que el desembarco produciría.

Para entender hasta dónde la simulación que proponía Kennedy era habitual en la época, debe refrescarse hoy lo que fue la psicosis de la Guerra Fría, una larga pulseada entre dos superpotencias que abarcó algo más de cuatro décadas (1947-1990), enfrentó a Estados Unidos con la URSS y provocó la sensación de que en cualquier momento podía estallar una hecatombe nuclear.

En más de un sentido, 1961 -el año de Cochinos- fue una de las culminaciones de esa Guerra Fría, no sólo porque en abril se produjo aquel desembarco sino porque en octubre se implantó el muro de Berlín, agregando con esa pared un emblema tangible a la cortina de hierro que partía en dos a la Europa de posguerra. Cuando la Revolución cubana proclamó su carácter marxista y su alianza con la URSS, los gobiernos de Eisenhower y Kennedy resolvieron sucesivamente que esa punta de lanza ubicada a 90 kilómetros de la costa de Florida era intolerable. Pero como Nikita Krushchev no sólo fue el más inteligente de los líderes soviéticos sino que además era un político dotado de sentido común, contestó a los norteamericanos que la proximidad de Cuba con sus costas equivalía a la vecindad de Turquía y Finlandia con las fronteras de la URSS, lo cual no sólo era una brillante respuesta sino que además era la verdad.

Aunque el libro de Howard Jones no lo diga, otros factores agregaban leña al fuego de la Guerra Fría. Entre ellos figuraron a escala mundial la desintegración de los imperios coloniales y la ascendente gravedad de la guerra en Indochina, sumándose a escala latinoamericana la intervención estadounidense contra los gobiernos de izquierda (como el del derrocado Jacobo Arbenz en Guatemala) y a escala doméstica en la propia USA, la caza de brujas del macarthismo y el revuelo del espionaje soviético en torno al secreto de la bomba atómica, que culminó con la ejecución de los Rosenberg durante el mismo año en que murió Stalin. Contempladas desde hoy, algunas cosas no se entienden si se las desprende del contexto de aquella tensión ideológica que marcó a más de una generación y que si bien no desembocó en una gran guerra, tuvo sus válvulas de escape en conflictos periféricos como Corea en los 50, Vietnam en los 60 o Afganistán en los 70. Eso ayuda a comprender la paranoia de los gobiernos norteamericanos frente al caso cubano y a ubicar en su debido marco algunos acontecimientos casi inexplicables, incluyendo Bahía de Cochinos.

ASESINOS. Porque el desembarco tuvo un prólogo rocambolesco. Los cerebros de la CIA razonaron que la invasión de Cuba podía tener más probabilidades de éxito si previamente desaparecía Fidel Castro, por lo cual armaron un proyecto paralelo para asesinarlo. Eso exigió establecer contacto con figuras de la mafia (que disponían de viejos vínculos en Cuba) a las que se prometió una generosa remuneración si eran capaces de liquidar a Castro en su bastión de La Habana. Las entrevistas con algún destacado mafioso permitieron elegir el método del envenenamiento, mediante píldoras que se le servirían a Fidel con una de sus comidas. El plan pudo tener éxito y avanzó bastante, pero fue sin embargo el primero de una serie de tropezones donde la ineficiencia de los operadores se combinó con la mala suerte. Una imprevisible discusión de Castro con el hombre encargado de administrarle la píldora -y el alejamiento de ese individuo del círculo privado del comandante- condenaron el plan al fracaso y abrieron el camino a los otros porrazos que vendrían a continuación. En distintas oportunidades, el asesinato político tuvo mejor suerte. Durante el mismo 1961, un atentado acabó con Rafael Trujillo, fue ejecutado Patrice Lumumba y Dag Hammarskjold murió en un sospechoso accidente aéreo, aunque el magnicidio también ocupó un lugar descollante antes y después en el curso del siglo XX, desde Francisco Fernando hasta Benazir Butto pasando por el propio Kennedy. En esas ocasiones, los libretistas de Hollywood deben envidiar a la realidad.

Kennedy vivía atormentado por ocultar las evidencias del papel norteamericano en la invasión, pero eso no le impedía aprobar la idea y secundar así el entusiasmo de su hermano Robert al respecto. A último momento reforzó ciertas restricciones y cometió el error fatídico de quitar al desembarco toda cobertura aérea, un detalle que para observadores autorizados fue decisivo al descalabrar el operativo. Jones considera inconcebible que un hombre como Kennedy -con experiencia bélica durante la Guerra Mundial- ignorara la importancia vital de la aviación durante una maniobra anfibia e igualmente increíble que sus asesores no se lo advirtieran, pero así fue y Bahía de Cochinos se convirtió en una trampa que habrá hecho sonreír a Krushchev. Creer que Kennedy era un indeciso o un incapaz, puede explicar la soltura con que al año siguiente Krushchev patrocinó la instalación de misiles en Cuba, suponiendo que Kennedy no haría nada. Allí se equivocó.

Cuando se reflexiona a larga distancia sobre el triste significado de aquel caso, cabe sorprenderse ante la imagen fulgurante que Kennedy ha conservado a lo largo del tiempo. Es probable que en esa aureola haya tenido algo que ver su prematura muerte y la sombra de conspiración en que ha quedado envuelta, pero resulta difícil defender esa imagen cuando se la asocia a Bahía de Cochinos. Es paradojal y doblemente irónico que eso contraste con la estampa desfavorable y crepuscular de Nixon, cuyas zonas oscuras nadie va a negar, pero que por lo menos tomó medidas sensatas en asuntos de importancia mundial, sentando las bases para la paz en Vietnam, estableciendo relaciones diplomáticas y reconociendo a China comunista, asuntos ante los cuales Kennedy tuvo actitudes menos saludables y por cierto menos realistas. Pero contra esa evidencia, Kennedy gozó del privilegio de integrar una familia influyente y hasta del ornamento que puede añadir una mujer mundana, los cuales son puntos a favor en la era de la trivialidad y del consumo.

TENACES. A pesar de la condena internacional por un desembarco digno de bucaneros, Estados Unidos no desistió de sus emprendimientos militares en el Caribe. Es cierto que tenía un largo entrenamiento en la materia, desde la guerra contra España, pero también es verdad que esa costumbre se mantuvo viva no sólo porque el propio Kennedy apoyó en el papel nuevos planes de invasión a Cuba, sino porque más tarde otros ocupantes de la Casa Blanca volvieron a blandir el sable en la región, desde Reagan en Granada hasta Bush (padre) en Panamá, dos campañas más exitosas que Cochinos, a las cuales Fidel habrá visto pasar de reojo cuando todavía disponía del formidable padrinazgo soviético.

Los tres días de batalla en Bahía de Cochinos no fueron demasiado sangrientos. El bando invasor tuvo 114 muertos y dejó 1.179 prisioneros, mientras los milicianos cubanos sufrieron 1.250 bajas en combate. Pudo haber sido peor, considerando que los norteamericanos habían facilitado bombas de napalm, cuyos pavorosos efectos son conocidos. Pero en definitiva todo ese drama resultó inservible, porque la CIA y los jerarcas de Washington no supieron o no quisieron actuar con el irresistible empleo de fuerzas que la Unión Soviética aplicó antes (Hungría, 1956) y después (Checoslovaquia, 1968) cuando algún vecino se insubordinaba. El episodio de la costa cubana tuvo consecuencias que se padecieron con posterioridad, como el embargo económico sobre la isla que Kennedy ordenó en febrero de 1962 sin saber que seguiría vigente 45 años después, mientras en Estados Unidos desfilaban nueve presidentes y en Cuba el cargo se transmitía finalmente de un hermano al otro.

Opiniones de Castro

LUEGO de la invasión, el crítico más incisivo de esa operación fue el hombre que constituía su objetivo final, Fidel Castro. Pocos días después de los hechos, Ernest Halperin, un integrante del Instituto de Tecnología de Massachusetts, se encontró con Castro en La Habana y le preguntó: "Usted ¿qué piensa del fracaso de la invasión?". "Hubo falta de cobertura aérea", contestó Fidel sin dudarlo. "Y además los aviones rebeldes lanzaron a sus hombres demasiado cerca de las playas, permitiéndonos avanzar con nuestros tanques y artillería por los caminos que llevan a Playa Girón y Playa Larga". Asimismo, Castro estaba asombrado de que los paracaidistas recién se hubieran utilizado a las ocho de la mañana del día del ataque, cinco horas después del comienzo del operativo, y se mostró sorprendido de que los comandantes de esa fuerza no hubieran descubierto los senderos a través de los cuales los milicianos del gobierno circularon para frenar la invasión. "La zona de Zapata era una opción soberbia en términos militares", añadió, "si los atacantes hubieran cortado los caminos hacia el interior y hubieran retenido las cabezas de playa lo suficiente para trazar una base aérea y anunciar el desembarco de un gobierno provisional, solicitando ayuda al exterior. Pero no lo hicieron. Fue un buen plan que sin embargo resultó pobremente ejecutado", concluyó.

No necesita espías

MIENTRAS John F. Kennedy se negaba a dar su aprobación final a la invasión de Bahía de Cochinos, por temor a que Estados Unidos quedara allí en evidencia, el subsecretario de Relaciones Exteriores - que se llamaba Charles Bowles- estuvo de acuerdo con él al señalar: "Se ha gastado mucho tiempo y dinero en este plan, junto con el compromiso emocional de mucha gente. Sin embargo, no deberíamos seguir adelante con la aventura por el simple hecho de creer que ya no podemos echarnos atrás". A pesar de tales dudas y postergaciones, Kennedy finalmente dio su aprobación. Pero como si ignorara los llamados formulados por la Casa Blanca a la prensa para que fuera discreta con respecto a ese proyecto militar, el diario The New York Times publicó el 7 de abril una nota de tapa firmada por Tad Szulc cuyo título decía "Unidades anticastristas son entrenadas para el combate en bases de la Florida". Cerca del final de ese informe, otro título agregaba "Se dice que la invasión está cerca". La cadena de televisión CBS dijo asimismo en esos días que había "signos inconfundibles de un plan de invasión a Cuba que estaría en sus etapas finales de preparación".

Entonces, con marcado disgusto, Kennedy le señaló a su secretario de Prensa: "Castro no necesita tener espías entre nosotros. Todo lo que tiene que hacer es leer los diarios".

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