Daniel Veloso
LA VOCACIÓN por las ciencias en los más jóvenes generalmente es despertada por un libro de divulgación. Albert Einstein, por ejemplo, cuando era un adolescente comenzó a preguntarse cómo era la naturaleza de la luz al leer El libro popular de Ciencia Natural de Edward Bernstein. Charles Darwin, a los 21 años leyó durante su viaje a bordo del Beagle Elementos de Geología, de Charles Lyell, lo que le permitió interpretar correctamente el origen volcánico de las islas Galápagos en 1832.
Fósiles de Uruguay perfectamente podría cumplir una función similar. Editado por el paleontólogo Daniel Perea, a través de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, reúne información actualizada, que paleontólogos y geólogos uruguayos han ido recopilando a través de treinta años de trabajo sobre la vida y los ecosistemas que poblaron esta parte del planeta. Afortunadamente Uruguay posee registros fósiles de casi todas las eras geológicas de la larguísima vida de la Tierra. Lo que hoy es Sudamérica, formó parte millones de años atrás de masas continentales mayores, de las que se separó y derivó lentamente hasta su posición actual. En las rocas sedimentarias de Uruguay se encuentran registros de los mares, glaciares y desiertos que cubrieron su superficie.
De las innumerables formas de vida que poblaron esos ambientes, sólo algunas de ellas, al morir, fueron sepultadas por sedimentos, lo que permitió que con el paso del tiempo, sus huesos o sus caparazones se convirtieran en fósiles. Para una mejor percepción del lector, el libro cuenta con fotos a color de los fósiles encontrados en el país, además de excelentes reconstrucciones de los animales extintos, ilustradas por el paleoartista uruguayo Gustavo Lecuona.
EXPLORACIÓN. Extraer de la tierra los fósiles es una tarea ardua. El paleontólogo debe tener el temple necesario para soportar las dificultades de trabajar expuesto a las inclemencias del tiempo. Aunque las recompensas suelen ser muy gratificantes. Pero luego del trabajo de campo el investigador en su laboratorio debe limpiar, identificar y restaurar los fósiles para luego darlos a conocer al público. Etapa que según Daniel Perea, "es una de las más reconfortantes".
Los paleontólogos que aportaron sus trabajos para la confección del libro forman parte de una tradición que en Uruguay se remonta a principios del siglo XIX, con las descripciones de fósiles que hiciera Dámaso Antonio Larrañaga, o con los fósiles que recolectó Charles Darwin durante su estadía de seis meses en esta tierra, entre 1832 y 1833.
En el primer tercio del siglo XX el geólogo alemán Karl Walter y el paleontólogo argentino Lucas Kraglievich investigaron en territorio uruguayo y describieron sus fósiles. A ellos le siguió una generación de paleontólogos uruguayos ya desaparecidos, como Rodolfo Méndez Alzola, Alfredo Figueiras y Julio César Francis. Actualmente la mayor parte de la investigación paleontológica se desarrolla en la Facultad de Ciencias y en el Museo Nacional de Historia Natural. Por fortuna, a pesar del rigor con el que se debe encarar la tarea de desenterrar los fósiles, Uruguay ha tenido y tiene a muchos paleontólogos aficionados. Su aporte a la reconstrucción del pasado remoto puede apreciarse en las ricas colecciones de muchos museos departamentales, como los de Colonia del Sacramento.
Los lugares donde se pueden encontrar fósiles son aquellos donde las rocas sedimentarias aparecen descubiertas y limpias de vegetación, como en las barrancas de la costa o de ríos y arroyos. También en canteras o a la orilla de un camino rural. Algunos de ellos aparecen documentados en varias fotografías del libro, como en las calizas de las canteras del Cerro de Verdún, en las arcillas de la Formación Cordobés en las márgenes del arroyo del mismo nombre o en las Barrancas de Arazatí de la Formación Camacho, a orillas del Río de la Plata. De igual manera se encuentran fósiles en las areniscas de la Formación Tacuarembó o en los conglomerados de origen glaciar de la Formación San Gregorio, ubicada en la margen izquierda del Río Negro, frente a dicha localidad. A su vez el lector encontrará información sobre la misión de un equipo de paleontólogos uruguayos a la Isla Rey Jorge, donde se encuentra la Base Científica Antártica Artigas.
MARES Y DESIERTOS. Hace 400 millones de años, en el período Devónico, durante el Paleozoico, un mar poco profundo cubría un sector del territorio de lo que hoy es Uruguay. En ese entonces la gran masa continental de la que formaba parte ocupaba las regiones polares del hemisferio sur. Las rocas sedimentarias de ese período se encuentran en el departamento de Durazno, perteneciendo a las formaciones Cerrezuelo, Cordobés y La Paloma. En ellas se han hallado fósiles de una fauna marina compuesta por trilobites, moluscos y equinodermos.
La siguiente era, conocida como Mesozoica, llamada la era de los dinosaurios, está representada en Uruguay por los depósitos sedimentarios denominados formaciones Tacuarembó, Guichón y Mercedes. Los fósiles más antiguos de dinosaurios hallados en el país se encuentran en Tacuarembó, donde hace 150 millones de años existía un gran desierto. En ese ambiente árido la vida se aferraba a algunos grandes lagos y ríos efímeros. La fauna que pobló ese ecosistema estaba compuesta de peces, grandes almejas como la Tacuaremboia, tiburones de agua dulce y dinosaurios carnívoros
En rocas de la Formación Guichón, en Paysandú, se encontraron restos de Uruguaysuchus, un cocodrilo corredor, y en la Formación Mercedes, fósiles de saurópodos (enormes dinosaurios de largo cuello), de sus huevos y nidos.
Pero estos registros de la Era de los Reptiles se interrumpen abruptamente debido a la extinción masiva ocurrida hace 65 millones de años. Este límite, llamado "K-T" (Cretáceo - Terciario), marca el fin del Mesozoico y el comienzo del dominio de los mamíferos sobre la Tierra.
GRAN DIVERSIDAD. Después de la debacle de los dinosaurios, los continentes, que casi habían alcanzado la configuración actual, empezaron a ser poblados por los mamíferos. La Era Cenozoica, que engloba las denominaciones de los períodos Terciario y Cuaternario, está representada por rocas de la parte superior de la Formación Mercedes, así como de las formaciones Queguay, Fray Bentos (donde se encuentran los fósiles de mamíferos más antiguos), en parte de la Formación Raigón y en la Formación Camacho. En esta última, sobre las costas de Colonia y San José, los paleontólogos encontraron fósiles de una fauna que por su variedad, fue una de las más vistosas que han existido. En aquellas llanuras habitaban macrauquenias, similares a camellos, gliptodontes y megaterios (armadillos y perezosos gigantes) y notungulados, más parecidos a un roedor pero grandes como rinocerontes.
Estos herbívoros eran acechados por depredadores como el Thylacomilus, un marsupial muy parecido al tigre dientes de sable. Un fósil de este animal fue encontrado por el paleontólogo aficionado Luis Castiglioni en Arazatí. Tan letal o quizá más era Devicenzia, un ave carnívora corredora de casi tres metros de alto, capaz de matar a animales medianos. A esta fauna excepcional se ha añadido el reciente hallazgo del Josephoartigasia monesi, el roedor más grande de todos los tiempos, encontrado en sedimentos de la Formación Raigón, no lejos del balneario Kiyú (ver El País Cultural N. 967).
Durante la mayor parte del Cenozoico, Sudamérica fue una isla, permitiendo que se desarrollara una fauna autóctona. A partir del Mioceno comenzaron a ingresar mamíferos desde América del Norte, pero fue hace tres millones de años durante el Pleistoceno, con la unión de los dos continentes por el Istmo de Panamá, que ambas faunas se mezclaron. Es así que en el registro fósil uruguayo perteneciente a esa época se encuentran mastodontes, osos, guanacos y caballos. Siguiendo las manadas de estos animales, se supone que hace unos 17 mil años vinieron los primeros pobladores humanos sudamericanos o paleoindios. Aún se discute cuál fue su incidencia en la extinción de aquella megafauna.
De la gran riqueza en fósiles que posee Uruguay apenas se ha encontrado una ínfima parte. Será cuestión de tiempo y mucho trabajo que surjan nuevos hallazgos, pero también dependerá de los futuros paleontólogos. La clave está en atraer a los estudiantes de Secundaria y al público en general hacia las renovadas Ciencias de la Tierra. Libros como éste quizá lo consigan.
FÓSILES DE URUGUAY, editado por Daniel Perea. Autores varios. DIRAC, Montevideo, 2008. Distribuye Editorial Byblos. 346 págs.