Jorge Gutiérrez
AUNQUE SU FAMA está cimentada en novelas como Guerra y Paz y Ana Karenina, el ruso Lev Tolstói escribió numerosos relatos cortos que en su mayoría fueron originalmente publicados (a menudo en entregas y con ilustraciones) en las pujantes revistas que durante el siglo XIX representaron el principal medio de difusión de la literatura rusa. La editorial Debolsillo acaba de publicar una selección de estos relatos realizada por Víctor Gallego Ballestero, quien también estuvo a cargo de la traducción. La muestra abarca prácticamente toda la vida literaria activa de Tolstói e incluye textos de disímil extensión, estilo e intenciones aunque, en general, de alta calidad.
LA SIMPLICIDAD. Con la edad, pero sobre todo a partir de la crisis espiritual que comenzó a experimentar a los cuarenta años, Tolstói sintió un profundo rechazo por las creencias, sentimientos y estilo de vida de sus pares sociales (era conde y propietario rural) y por el lenguaje literario y el tipo de ficción que producían y consumían. Este rechazo estuvo acompañado de admiración por el lenguaje popular (que a su juicio imposibilitaba "decir algo superfluo, ampuloso, enfermizo") y el cuento y la poesía folklóricas: "yo simplemente amo lo que es nítido y claro y bello y moderado y todo esto lo encuentro en la poesía popular y en el lenguaje y la vida del pueblo", confesó.
El resultado fue un programa de simplificación de su literatura cuyo objetivo era que ésta pudiera conmover y ser comprendida por todos. En consecuencia, en el período previo a la crisis espiritual, escribió sobre todo narraciones dirigidas a un público adulto literariamente educado, en las que empleó todo el arsenal técnico y el lenguaje de la corriente principal de su época, mientras que en el período posterior se dedicó principalmente a textos escritos para niños o "para el pueblo", en los que buscó la máxima sencillez de lenguaje y estructura. En 1872 afirmó a favor de esto último: "todo lo que es simple se leerá mientras la lengua rusa exista". No obstante, nunca llevó su programa de simplificación al extremo de dejar de escribir para personas con alto nivel educativo y entrenamiento en la lectura.
Como cuentista, la búsqueda de una mayor simplicidad favoreció a Tolstói porque puso límites a su tendencia a explayarse en detalles y reflexiones, algo que puede enriquecer una novela pero ahoga a un relato breve. De hecho, los cuentos pertenecientes a la corriente principal dan la sensación de fragmentos ("Las memorias de un loco"), o resultan reiterativos y pretenciosos ("De las memorias del príncipe D. Nejliúdov", "Albert"), o tienen finales apurados ("El diablo").
Los relatos simples, en cambio, siempre son buenos (en algunos casos memorables) y de una frescura infrecuente en la literatura de los dos últimos siglos. Hay, por supuesto, algunos relatos que pueden calificarse de intermedios, entre ellos la estupenda fábula "Jolstomer (Historia de un caballo)".
PARA NIÑOS Y ADULTOS. Entre 1872 y 1875, Tolstói en parte escribió y en parte recopiló textos con los que conformó seis libros para niños, el Abecedario, el Nuevo Abecedario y los cuatro Libros rusos de lectura, con la esperanza de que tanto los hijos de la familia del zar como los de los mujiks aprendieran a leer con ellos. Trabajados con un amor que nunca sintió por sus novelas (a las que tarde o temprano acababa despreciando) y dirigidos al público que más valoraba (los niños, esos que "quieren saber si somos honrados, si somos veraces, buenos, compasivos, si tenemos conciencia"), al principio fueron un fracaso de ventas pero en pocos años se convirtieron en best-sellers. La muestra de textos de estos libros realizada por Gallego Ballestero sólo incluye originales de Tolstói o adaptaciones de éste de cuentos orientales o rusos. En su mayoría muy breves (menos de una carilla), son rápidos, sólo se detienen en lo esencial y pueden ser perfectamente disfrutados por un adulto. Los Libros rusos de lectura, sin embargo, contienen dos relatos extensos que Tolstói colocaba entre lo mejor que había escrito: "Dios ve la verdad pero tarda en decirla", acerca de un mercader que pasa 26 años en un penal de Siberia por un crimen que no cometió, y "El prisionero del Cáucaso", que describe las peripecias de un oficial del ejército ruso que cae en manos de los tártaros.
Los relatos simples escritos para adultos (más extensos y detallados que los escritos para niños) ahondan en lo que quizá fue la principal preocupación de Tolstói: la mejor manera de vivir el tiempo que nos ha tocado; en sus palabras: "la misión del artista no es la de resolver con éxito un problema, sino la de hacer que la gente ame la vida en todas sus infinitas, en sus inagotables manifestaciones".
Hombre complejo, siempre insatisfecho, profundamente religioso (entre los 100 mejores libros de la historia incluyó los Evangelios, el Lalita Vistara y una obra francesa sobre el Tao Te King y calificó la influencia que tuvieron sobre él de "enorme"), creyó saber cual es la manera: amar y servir a los demás y a Dios. Su vida fue una lucha constante por alcanzar este objetivo y buena parte de su literatura un intento de comunicarlo artísticamente. En consecuencia, sus relatos para adultos son "obras con mensaje", pero también literatura de alta calidad que se mantiene lejos del panfleto o la exégesis y no resulta molesta para quienes no comparten sus convicciones. La mayoría se centra en la relación entre personajes simples, humildes y bondadosos con otros cuya vida está fuertemente guiada por los imperativos sociales, en particular la búsqueda de riquezas, honores o recompensas (expresión, para Tolstói, del deseo de obtener y conservar el reconocimiento de los demás, uno de los principales obstáculos que se interponen entre el individuo y Dios). El cochero de "Amo y criado" que, en medio de una peligrosa tormenta de nieve, obedece las estúpidas órdenes de su patrón (ansioso por comprar un bosque que se vende barato); "Los tres eremitas" que viven en un islote solitario y casi han perdido la memoria y el lenguaje pero que, para sorpresa del obispo que pretende enseñarles a rezar correctamente, son capaces de caminar sobre el mar; el zapatero de "Qué hace vivir a los hombres", que ayuda a un hombre que resulta ser un ángel temporariamente expulsado del cielo; "Aliosha Puchero", el campesino que vive y muere sirviendo alegremente a los demás; o "Kornei Vasiliev", que abandona su casa y su mujer después de que ésta lo engaña con otro y, al cabo de muchos años de sufrimiento, acaba perdonándola, son todos individuos que han perdido, en mayor o menor grado, el ego que los separaba de sus congéneres y se han vuelto capaces de amar desinteresadamente.
Muchos escritores consideran sus mejores obras a algunas que no lo son para los lectores. Tolstói fue uno de ellos. No obstante, también es frecuente que lo que se escribe con amor resulte de buena calidad (Tolstói, que calificaría a Ana Karenina como "algo tan ordinario y tan insignificante", escribió del Abecedario: "le he puesto más trabajo y más amor que a cualquier otra cosa que haya hecho y sé que esta es la única obra importante de mi vida").
Los relatos de esta selección no son mejores que Guerra y paz, Resurrección o La sonata a Kreutzer, pero en su mayoría tampoco son peores y, en cualquier caso, merecían su recuperación en nuevas ediciones.
RELATOS, de Lev Tolstói. Debolsillo, Buenos Aires, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 617 págs.
Cartas de un gladiador
J. G.
ESTE VOLUMEN reúne 387 cartas de las aproximadamente diez mil que Tolstói escribió en el transcurso de su vida. La primera data de 1842, cuando tenía 13 años, y la última de 1910, cuando había cumplido ochenta y dos y le faltaban pocos días para morir. En la primera, destinada a su "tía" Tatiana (una de las principales figuras femeninas de su infancia), cuenta que tiene fiebre y describe la ciudad de Kazán después de un gran incendio. En la última (que tuvo que dictar pues estaba agonizando) les dice a dos de sus hijos que "una vida sin una explicación de su significado y su sentido, y sin la guía inalterable que de ella se desprende, es una existencia lamentable" y les pide que tranquilicen a su esposa Sofía, con la que vivió durante casi 50 años (felices al principio y luego cada vez más amargos) y a quien no quiso ver en sus últimos momentos. Entre ambos extremos, la selección de Selma Ancira, dividida en nueve tramos ordenados cronológicamente, cada uno precedido de una reseña de la vida de Tolstói en el período, permite formarse una buena idea de los pensamientos y sentimientos de un hombre vital, contradictorio, socialmente privilegiado y a menudo inflexible, que trabajó incansablemente para mejorarse. Las notas al pie de página, precisas y pertinentes, y las breves biografías de los corresponsales al final del libro, completan una edición cuidada y al mismo tiempo práctica para el lector.
SINCERIDAD Y CONTUNDENCIA. Tolstói pasó la vida intentando cerrar la brecha entre lo que se quiere ser y lo que se es, en su caso particularmente ancha, consciente y desesperante. Porque aquello por lo que trabajó (ser un hombre totalmente bueno que sirviera a los demás y a Dios) era más difícil de alcanzar que la fama mundial que obtuvo en vida con su obra o la cómoda posición social y económica que heredó de sus padres. Su elevada moral nunca se puso de acuerdo con las "irrefrenables pasiones" o "incongruencias" de su juventud (que incluyeron amantes, prostitutas, hijos naturales, borracheras, comilonas y timba) ni, en la vejez, con la vida mundana que llevaban su mujer y sus hijos y que era financiada por la venta de sus libros y, sobre todo, por el trabajo de los campesinos de sus propiedades rurales.
Entre los rasgos de Tolstói se encontraba el repudio a la mentira. Su necesidad de vivir de acuerdo a una doctrina moral absoluta y su convicción de que amar consiste, entre otras cosas, "en pensar juntos, en sentir juntos", lo llevaron a rechazar la mentira en todas sus formas, incluso en aquellas que la mayoría justifica, como la omisión cariñosa o el silencio piadoso. En su pretensión de no engañar a nadie, frecuentemente hacía caso omiso de los sentimientos ajenos. Por eso le mostró a su futura esposa (una chica de 18 años a la que casi doblaba en edad) sus diarios íntimos, en los que detallaba sus "irrefrenables pasiones". Este sinceramiento sin anestesia fue uno de los factores que contribuyeron a la degradación de su matrimonio, aunque quizá no tanto como el deseo (para su mujer una locura) de legar sus tierras a los campesinos y llevar una vida de pobreza y trabajo duro entre éstos. En cualquier caso, la fe en la verdad a rajatabla y la claridad con que expuso sus ideas y sentimientos hacen que sus cartas, con pocas excepciones, tengan una contundencia que no depende del corresponsal ni del tema y que también se encuentra en muchos pasajes de su obra de ficción.
DOS PERíODOS. Las cartas alegres o esperanzadas que abundan en los primeros cincuenta años de la vida de Tolstói prácticamente desaparecen en los últimos treinta. La divisoria es la profunda crisis espiritual que empezó a cambiarlo en la década de 1870, mientras escribía Ana Karenina. El terrateniente más o menos satisfecho que en la década anterior había escrito Guerra y paz se transformó en alguien que trataba infructuosamente de inducir a su mujer e hijos a abandonar sus privilegios de clase y soñaba ser uno de esos ascetas inocentes e incapaces de hacer un mal a los que los rusos llamaban yuródivy.
Del primer período, las cartas más cariñosamente sinceras son las que dirigió a Alexandra, tía segunda suya, integrante de la corte de los zares y, sobre todo, la gran amiga de su vida (la llamaba, en broma y sin que ella se molestara, "abuelita", a pesar de que sólo tenía once años más que él). En ellas Tolstói profundiza en sus preocupaciones religiosas, para él más importantes que las cuestiones literarias y educativas (Tolstói fundó escuelas y desarrolló métodos y material educativo para los campesinos), y manifiesta con mayor claridad que con ningún otro corresponsal de esa época la insatisfacción consigo mismo que lo desgarró siempre. También son especialmente interesantes las cartas que dirigió a Valeria Arsénieva, de quien, cuando estaba próximo a los 30 años, trató de enamorarse. La pobre Valeria, jovencita y probablemente encandilada por un hombre "mayor" y escritor conocido, tuvo que soportar la franqueza brutal de su novio ("conozco muchas mujeres más inteligentes que usted, pero más honradas no conozco ninguna") y sus reiterados consejos destinados a mejorarla (le recomienda que todas las noches al acostarse pueda decirse "hice una buena acción, me volví un poquito mejor". Las cartas a Valeria son una muestra temprana de algunos principios y contradicciones de Tolstói: "la felicidad suprema y eterna se consigue sólo a base de tres cosas: el trabajo, la abnegación y el amor (…), pero no vivo según esta convicción más de dos horas al año". También muestran lo exigente que era con las mujeres con las que planeaba una relación seria. Esta necesidad de moldear a su futura esposa y madre de sus hijos no sorprende si se tiene en cuenta que en la primera mitad de su vida proyectó empecinadamente una vida familiar casi idílica en el campo (su hermano Serguei le pronosticó con acierto que su sueño de la familia perfecta, que incluía una esposa perfecta, acabaría siéndole odioso).
De los últimos treinta años, en los que se dedicó sobre todo a practicar y divulgar en numerosos escritos su peculiar enfoque del cristianismo (en muchos países se fundaron comunidades tolstoianas), se destacan las cartas con Vladímir Chertkov, su principal discípulo y apoyo espiritual, y con su mujer. Chertkov era un aristócrata que dedicó cuarenta años de su vida a propagar las ideas de Tolstói. Fundó con éste una editorial que publicaba libros "para el pueblo" compatibles con los ideales cristianos y se interpuso frecuentemente entre su ídolo y la incomprensiva y desobediente familia de éste. Las cartas a Sofía, por su parte, rebosan del encono propio de un hombre casado con una mujer decidida y enérgica que considera sus convicciones y proyecto de vida completamente equivocados. Son manifestaciones del largo infierno familiar que terminó cuando Tolstói, a los 82 años, abandonó su casa para morir menos de un mes después en un vagón detenido en una vía muerta de la estación ferroviaria de Astápovo, sin querer ver a su mujer. Unos diez días antes ella le había escrito suplicándole que volviera. Él le respondió "es absolutamente imposible un encuentro entre nosotros". Y añadió: "te amo y te compadezco con toda el alma".
CORRESPONDENCIA, de Lev Tolstói. Selección, edición y traducción de Selma Ancira. Acantilado, Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 854 págs.