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Jorge Abbondanza
JOHANNES Vermeer (1632-1675) es una de las celebridades mayores de la pintura holandesa del siglo XVII, a pesar de haber dejado solamente treinta y seis obras al abandonar este mundo. Desde hace algo más de cien años ha figurado asimismo como uno de los maestros europeos más cotizados en el mercado del arte, un privilegio que se entiende cuando se contemplan sus deliciosos paisajes de Delft o sus escenas de interiores maravillosamente cinceladas. Esa aureola explica que su pintura haya sido falsificada con tenacidad, confundiendo no sólo a los virtuales compradores sino también a marchands, grandes coleccionistas, estudiosos y curadores de museos. Las técnicas de laboratorio para detectar esos fraudes no se desarrollaron mucho hasta estos últimos tiempos, por lo cual las mejores falsificaciones pudieron circular exitosamente desde fines del siglo XIX y venderse a precios astronómicos. Como ejemplo de ese turbio panorama, la National Gallery of Art de Washington D.C. mantuvo en exhibición hasta comienzos de la década del 50 dos pinturas que se consideraban de Vermeer, acompañadas del correspondiente membrete, que habían sido donadas a la institución por el banquero Andrew Mellon, uno de los coleccionistas más prestigiosos de Estados Unidos, hombre que por cierto no compraba cualquier cosa ni se la compraba a cualquiera.
Pero ocurre que ciertas falsificaciones (no sólo de Vermeer) estaban tan bien hechas que lograron embaucar a los especialistas europeos que extendían certificados de autenticidad y a las galerías de arte que las comercializaban, de manera que figuras de la talla de Mellon no solamente las compraban de buena fe sino además convencidos de la legitimidad del objeto que les vendían con el respaldo de tantos intermediarios lustrosos. En la posguerra de 1945, cuando se destapó el escándalo de los falsos Vermeer -algunos de los cuales se habían vendido en cifras difícilmente alcanzadas por auténticas obras maestras- hubo un revuelo mundial y poco después hasta la National Gallery modificó aquellos dos membretes con la advertencia "atribuido a Vermeer". Un año más tarde archivó definitivamente ambas obras en sus depósitos. La historia de esa estafa y de otras similares en torno al pintor holandés, es lo que cuenta estupendamente el libro The Man Who Made Vermeers (Harcourt, 2008) del norteamericano Jonathan Lopez.
Todo comenzó con otro pintor holandés, Han van Meegeren (1889-1947), individuo de moderado talento que en el mejor de los casos llegó a tener un auge pasajero como retratista de algunos aristócratas de su país en el período de entreguerras. Lo malo es que Meegeren aspiraba no sólo a una mayor fama sino a obtener los elogios de la crítica que nunca le llegaron. También perseguía con su obra la prosperidad económica que no tenía y que le resultaba imprescindible para el tren de vida más bien dispendioso que se acostumbró a llevar. Entonces descubrió un método más eficaz para llegar a la fortuna, aunque sólo estuviera acompañado de una fama vicaria, derivada del resplandor de otros. Ese método fue la falsificación de pintura de grandes firmas, alternativa que en el caso de Meegeren se inició a comienzos de los años 20 con algunos Frans Hals adulterados, que a través de hábiles agentes consiguió colocar en el mercado con provechosos resultados.
ENGAÑOS. Para un pintor que haya desarrollado cierto nivel de oficio y soltura expresiva, la imitación de estilos ajenos no es una prueba demasiado dificultosa, como tampoco lo es para un escritor experimentado la duplicación de la modalidad literaria de otro (y hasta de su caligrafía), recurso que ha permitido la venta de diarios apócrifos de Hitler, sin ir más lejos. Detrás de todos esos casos hay un buen negocio, pero si bien en 1923 Meegeren alcanzó los primeros triunfos de su carrera como falsificador (vendió un supuesto Frans Hals en 50.000 florines holandeses, suma que equivalía a catorce años de salario de un trabajador común) no estaba inventando la pólvora. Le habían ganado de mano unos cuantos competidores aventajados en la industria clandestina y apasionante de las falsificaciones, que encontró su cantera más productiva en el surgimiento de una oleada de millonarios norteamericanos empeñados en poseer -además de ferrocarriles, acero, bancos o petróleo- una gran colección de arte, ornamento indispensable para acompañar su categoría social.
Uno de los primeros aventureros europeos que cayeron como aves de rapiña sobre la clase alta de Estados Unidos fue Leo Nardus, elegante y políglota, campeón de esgrima y ajedrez dotado además de legendaria simpatía. Ese estafador descubrió velozmente que podía vender a ricachones yanquis lo que habría sido impracticable en Europa, y así hizo una fortuna colocando entre magnates de Nueva York y Filadelfia simples copias de Rembrandt o Velázquez que cobraba como originales, junto a falsificaciones recién hechas que ofrecía como trabajos del Renacimiento y cuadritos de tercer orden adquiridos por él en casas de antigüedades y que encajaba a los norteamericanos como obras de Botticelli o Rafael. Esa mina de oro se vino abajo en 1908, cuando el poderoso dueño de empresas de tranvías P.A.Widener sospechó que los tres Vermeer que le había vendido Nardus no eran auténticos. A esa altura ya le había comprado 93 cuadros a lo largo de catorce años. Para saber la verdad, Widener convocó a su caserón de 110 habitaciones en las afueras de Filadelfia a tres expertos europeos y a través de esos invitados supo que su colección de maestros imaginarios valía el 5% de lo que había pagado por ella. Aunque Nardus no fue preso, su fabulosa carrera de engaños se terminó.
Pero aún frente a antecesores tan fulgurantes como Nardus, conviene saber que Meegeren llegó más lejos que cualquier otro en el remolino de las estafas pictóricas. También conviene pensar que ese delito de las falsificaciones ha sido reflejo de la voracidad mercantil y que se hizo posible por una credulidad inseparable del materialismo de esta época, donde la gente poderosa no adquiere una pintura porque sea bella sino porque al pie de la misma aparece una firma consagrada, cuyo destello el comprador aprecia más que la hermosura del producto. Sagazmente, Meegeren supo sacar provecho de esa codicia y luego de sus primeros Frans Hals comenzó a fabricar algunos Vermeer, con éxito tan inesperado que uno de ellos fue exhibido temporariamente en el sitio de honor del museo Kaiser Friedrich de Berlín. El conservador del museo estaba convencido de haber hecho un hallazgo histórico, pero lo que en verdad estaba haciendo era pavimentar la futura trayectoria de fraudes de Han van Meegeren, a quien ni siquiera conocía.
INTIMIDADES. Y así se abrió la etapa culminante en la industria unipersonal de Meegeren, un hombre extraño cuya dedicación como falsario no debe interpretarse únicamente a través del bolsillo. En esa tendencia también influyó su despecho como artista fracasado, por lo menos ante el nivel de gloria que perseguía, de manera que en adelante se conformó con una trasposición de identidad, sintiéndose aclamado como el Vermeer que no era y de paso burlándose de los especialistas que no lo habían tenido en cuenta cuando firmaba con su propio nombre y apellido. Poco a poco, empero, esa alienación se transformó en una brillante operación que permitiría a Meegeren mudarse de La Haya a una espléndida casa en la Riviera francesa, producir nuevos Vermeer y otras falsificaciones de Pieter de Hooch, mientras fundaba una revista cultural, De Kemphaan (que quiere decir gallo de riña) para destilar veneno contra las corrientes de vanguardia artística, comenzando a mostrar allí los primeros indicios de una mentalidad reaccionaria, afiliada en más de un sentido al fascismo que prosperaba en Europa y al movimiento nazi que se acercaba al poder en Alemania. En la vida privada, Meegeren se casó dos veces aunque era un mujeriego inclinado a organizar fiestas nocturnas con prostitutas y era asimismo un dipsómano, pero esas expansiones no perturbaron el profesionalismo con que planificó y llevó a cabo el espejismo de Vermeer.
Cuando estaba por comenzar la Segunda Guerra Mundial, resolvió abandonar la Costa Azul y volver a Holanda, cuya neutralidad muchos confundieron con un refugio. Compró una gran casa en un suburbio de Amsterdam y luego se mudó a otra mejor en pleno centro de la ciudad. En esa etapa ya había lanzado lo que sería su campaña mayor con Vermeer, la invención de una línea de pinturas bíblicas - -tema que Vermeer apenas había rozado en su producción- sugiriendo que como el pintor se había casado con una católica había pintado esas obras para decorar el culto secreto de la Iglesia romana en un país que lo reprimía, y por ello tales pinturas habían permanecido ocultas durante largo tiempo. La especulación bíblica de Meegeren -en especial su capolavoro titulado La cena en Emaús- fue un acontecimiento no sólo por el precio en que vendió los trabajos, sino porque esa obra principal se convirtió en la gran atracción del museo Boijmans de Rotterdam, que la compró son chistar.
Claro que Meegeren era precavido y no solamente reproducía fielmente el lenguaje visual de Vermeer sino que cuidaba al detalle la técnica aplicada por pintores del siglo XVII, como la composición del azul ultramarino que juega un papel dentro del radiante cromatismo de la obra de Vermeer. Pero además debía estar atento al comportamiento de esa pintura fresca ante las pruebas a que podía ser sometida por investigadores empeñados en descubrir si se trataba o no de obras con 300 años de edad. Y así Meegeren, con el apoyo de astutos colaboradores, empleó mezclas de gelatina y luego derivados de la baquelita para desafiar con éxito esas pruebas y salir adelante con su operativo. De hecho, llegó a ser tan rico que en los años de la guerra -que fueron los de la ocupación alemana de Holanda- ya era dueño de 57 propiedades inmuebles, además de varios negocios (incluido un hotel), una deslumbrante bodega de vinos y opulentas cuentas bancarias, aparte de valioso mobiliario y un depósito de joyas que compraba como inversión adicional en esos tiempos azarosos.
PELIGROS. Faltaba lo más alucinante, empero. Hacia 1943, Meegeren ofreció en venta -como de costumbre a través de una tercera persona- otro Vermeer, pero su intermediario resolvió plantearle el negocio a Hermann Goering, el número dos de la jerarquía nazi, jefe de la Luftwaffe, mariscal del Reich y notorio coleccionista de pintura. Luego de alguna dificultad (porque Goering era un gordo muy desconfiado) ese jerarca terminó comprando el falso Vermeer en una cifra sideral, incorporándolo a su galería de maestros, en parte proveniente de saqueos cometidos durante la guerra, que mantenía en su propiedad campestre al norte de Berlín. En verdad, hacer negocios con Goering no era la intención de Meegeren, que se asustó bastante ante la identidad del comprador, pero la transacción funcionó y aquel Vermeer fue luego embalado junto con el resto de los tesoros de Goering cuando los soviéticos se acercaban a la capital alemana.
El episodio no era sin embargo del todo casual, porque Meegeren no sólo tenía cierta afinidad con el nazismo sino que había comerciado ventajosamente con los alemanes durante la ocupación de Holanda, de forma tal que la estafa a Goering -aunque involuntaria- parecía la desembocadura de ese colaboracionismo, una suerte de revancha que sin querer compensaba la complicidad del holandés. La caída de Alemania salvó a Meegeren de las sospechas que pudiera tener Goering, pero no lo salvó en cambio de otra consecuencia. Con la liberación de Holanda, el falsificador fue detenido por cargos de colaboración con el enemigo, y en el curso de esa investigación saltó el dudoso origen del Vermeer y de otras pinturas. Entonces quedó al descubierto el negocio secreto que Meegeren había mantenido durante dos décadas y comenzó el capítulo final de una historia que parece novelesca pero fue muy real.
Porque el estafador era investigado por el teniente Joseph Piller, un holandés que había actuado de manera heroica en la resistencia antinazi y con el que Meegeren estableció increíblemente una relación cordial. En su libro, Jonathan Lopez sugiere que esa cordialidad podía derivar del hecho de que Piller -que además era judío- había sobrevivido en la clandestinidad y que Meegeren a su manera también había emprendido con sus falsificaciones una campaña clandestina. El hecho es que Piller, cuando se comprobó finalmente la fabricación de los Vermeer, propuso un desafío espectacular. Mudó a Meegeren desde la cárcel hasta una galería de arte de Amsterdam y lo intimó a pintar otro Vermeer de la serie bíblica para que demostrara al mundo lo que era capaz, confirmando de paso todo el fraude. Por cierto que Meegeren pintó esa última obra -Cristo en el templo- a continuación de lo cual fue sometido a juicio y finalmente condenado a un año de prisión, que sin embargo no llegó a cumplir porque murió de manera repentina en diciembre de 1947.
Ya era una celebridad internacional de contornos más bien sórdidos, cuyas actividades se habían convertido en un manjar para el mundo de las noticias. Llegó a ocupar titulares en The New York Times y hasta enfureció al eminente coleccionista Heinrich Thyssen, que también había comprado uno de sus Vermeer. En aquella paranoia de sentirse otro -de "ser" un Vermeer resucitado- el cincuentón Meegeren podía estar bastante satisfecho, ya que era finalmente famoso y hasta admirado, porque mucha gente creyó en su proeza de estafar a Goering dándole gato por liebre. Esa nunca había sido su intención, pero Meegeren se las arregló después de todo para pasar a la historia. Quedó como el mejor de una estirpe de falsificadores de pintura en la que deben figurar el alemán Christian Goller (especializado en Durero), el belga Jef van der Veken (que pintaba falsos Van Eyck), el italiano Icilio Joni (experto en artistas primitivos) o el inglés John Myatt (capaz de producir obras de Matisse, Chagall y Dubuffet). Por encima de esos colegas, la mejor prueba de la maestría de Meegeren es que -gracias a Jonathan Lopez y a sus años de notable investigación en torno al caso- se siga escribiendo sobre él en un diario uruguayo.
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