Juan E. Fernández Romar
EN EL NORESTE de Etiopía, entre 1998 y 2000, una persistente sequía produjo pérdidas estimadas en 266 dólares por familia; la cifra supera el ingreso medio anual de más del 75% de las familias de la región.
Esa sequía también desencadenó conflictos armados entre pastores y ganaderos de Uganda y Kenia, y el ejército etíope desplazó sus tropas hacia el norte para impedir el ingreso al país de una turba de somalíes sedientos. La guerra por el agua ya empezó hace años en algunos lugares del planeta.
Los especialistas denominan a esa situación "estrés hídrico severo", y estiman como necesidades básicas humanas unos 50 litros de agua por día, incluyendo la que se utiliza para la cocina y el baño. Por debajo de ese margen la gente se desespera.
En Bombay (India) en agosto de 2005 llovió como nunca. En un solo día hubo precipitaciones de 1.000 litros por metro cuadrado. En pocas horas algunas zonas de la ciudad quedaron sumergidas bajo una capa de agua de tres metros de profundidad.
Ese mismo año, el huracán Katrina ocasionó la catástrofe más costosa de la que hay registro. Murieron más de 1.300 personas y más de un millón se vieron desplazadas de sus hogares. Se estima que las pérdidas económicas ascendieron a 125.000 millones de dólares, el 1,2 % del Producto Bruto Interno (PBI) estadounidense.
Si bien los fenómenos meteorológicos extremos han ocurrido siempre, su frecuencia de aparición es actualmente mucho mayor y va a continuar en aumento.
Economía del clima futuro. A fines de 2007 el gobierno británico difundió los resultados del mayor informe político sobre cambio climático.
A diferencia de estudios anteriores como los producidos por Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático mediante un amplio consenso científico de especialistas, el Tesoro británico le encargó en el 2005 a Sir. Nicholas Stern, (economista, ex-director del Banco Mundial, y actual asesor del ex Primer Ministro Tony Blair), un pormenorizado informe sobre el impacto económico del cambio climático a nivel global.
Dos años después, luego de una cuidadosa revisión de la literatura científica existente y de numerosas entrevistas e intercambios en todo el mundo, Stern y su equipo presentaron un alarmante informe sobre el costo global que representa seguir aumentando los niveles de CO2 en la atmósfera.
Al traducir la dimensión medioambiental a plata constante y sonante, muchos políticos y empresarios empezaron a sensibilizarse de otro modo. Valiéndose de consultas a expertos de todo el mundo, se pudo establecer un nuevo modelo macroeconómico para cuantificar el problema, calculando lo que costaría no hacer nada al respecto y lo que saldría intentar contener el desastre.
Desde la última era glacial (en la cual el nivel de los océanos se encontraba unos 120 metros más abajo) hasta ahora han pasado unos 11.000 años, lapso en el que se verificó un calentamiento global de tan sólo 5º C.
Si se mantiene la desidia medioambiental imperante y continúan las tendencias actuales, las temperaturas globales medias podrían incrementarse en 2 o 3º C en pocas décadas, y algunos grados más antes de finalizar el siglo, con efectos globales catastróficos.
El informe Stern evalúa los factores en juego, explica minuciosamente las fuentes de sus afirmaciones y la lógica de sus conclusiones, y en forma implícita condena las políticas imperantes en el FMI, el Banco Mundial, y el gobierno de Washington. Se trata de un texto que cuida la adjetivación y evita los discursos apocalípticos. En ese sentido es muy flemático, al estilo inglés. Sin embargo, la lectura de este texto riguroso y académico asusta, porque presenta un panorama a corto y mediano plazo mucho más desalentador que la peor crisis financiera.
Como buen economista, Stern jerarquiza el impacto del cambio climático sobre las posibilidades de crecimiento y sus implicaciones para el nivel de la renta y de la salud, analizando el aumento gradual en la frecuencia de aparición de sucesos meteorológicos extremos y las transformaciones irreversibles de los ecosistemas.
Efectos combinados. Las emisiones de CO2 responsables del efecto invernadero provienen de varias fuentes; la producción de energía eléctrica ocasiona cerca del 24% de las mismas; la industria y el transporte representan un 14% cada una; los aparatos de regulación térmica como estufas y equipos de aire-acondicionado generan un 8%; y los pequeños motores, un 5% más. No obstante, hay otros factores importantes no conectados con la producción de energía, como las vinculadas al uso de la tierra, que suman otro 35%. Tales son los casos de la deforestación, la quema de los campos para incrementar sus ciclos productivos, la agricultura y el tratamiento de residuos orgánicos.
Antes de la revolución industrial existían 280 ppm (partes por millón) de CO2 a nivel atmosférico. Actualmente hay 430 ppm, con un incremento superior a 2 ppm por año.
De ahí que si no se instrumentan medidas, para mediados de este siglo se habrá superado las 550 ppm; y si no se frena el comportamiento irresponsable esto puede ocurrir en menos de veinte años.
Aunque los efectos del calentamiento global ya se sufren, a medida que aumenta la temperatura el impacto es mayor debido a una conjunción de factores.
Un aumento de tan sólo 1º C en la temperatura global generaría, entre muchísimas otras cosas, la desaparición de los pequeños glaciares de los Andes, amenazando el suministro de agua de 50 millones de personas; la extinción de más del 10% de las especies terrestres; el blanqueamiento del 80% de los arrecifes de coral, cosa que altera el ecosistema marítimo; y también múltiples cambios en la corrientes marítimas.
La combinación de estos elementos produce además otros efectos difíciles de prever. Por ejemplo, en la situación reseñada, el deshielo de los glaciares acentúa el riesgo de inundaciones en las estaciones húmedas y reduce drásticamente las reservas de agua durante la estación seca, afectando así a una sexta parte de la población mundial.
A la par, el derretimiento de los hielos continentales eleva los niveles de las aguas marinas haciendo peligrar a las poblaciones costeras, al tiempo que cambian las corrientes marítimas y se alteran radicalmente los regímenes metereológicos regionales, como en el caso de los monzones.
En simultánea, el incremento de los niveles de dióxido de carbono acidifica el agua del mar comprometiendo la supervivencia de numerosas especies marinas y trastocando las cadenas alimenticias.
Asimismo, al crecer los mares, la superficie terrestre que refleja las radiaciones solares disminuye, creando un proceso negativo que acelera el calentamiento.
Por otra parte, ese calentamiento no sólo propicia incendios forestales, sequías, inundaciones y olas de calor sino que también favorece el crecimiento de los vectores de transmisión de enfermedades tropicales, permitiéndoles extender su radio de acción y trasladando epidemias hasta zonas nunca afectadas.
El informe Stern presenta un cuadro prospectivo sobre los efectos estimados de acuerdo con los diferentes escenarios posibles si el aumento es de 1º a 4º C. Por encima de ese nivel es tan catastrófico y cambiaría tan dramáticamente la geografía física y humana que sus consecuencias son incalculables.
La ciencia del cambio climático ha llegado a un nivel de desarrollo que le confiere gran poder predictivo, integrando en forma transdisciplinaria las interacciones de los factores en juego, lo que le confiere una gran exactitud a todas sus prospecciones.
Al ritmo y modo actual de producción existe un 50% de probabilidades de que el aumento térmico supere los 4º C antes del fin de siglo.
Se estima en términos económicos que la consecuencia más inmediata de la inacción y la displicencia en relación con el deterioro medioambiental sería un descenso del PBI mundial del orden del 3 % aunque el mismo no se daría de manera uniforme. Los países más pobres se verán afectados en forma más marcada que los ricos. Mientras que grandes poblaciones del Tercer Mundo comiencen a vivir un infierno, los habitantes de los países ricos no van a sufrir de igual modo las consecuencias debido a diversas compensaciones tecnológicas. Sin embargo, a mediano plazo nadie escaparía del desastre generalizado.
Las estimaciones económicas con proyecciones de algunas décadas señalan que la economía global puede comenzar a perder más del 20% del PBI mundial anual de forma indefinida debido a la variabilidad climática y sus fenómenos extremos; cálculo que no contempla las pérdidas de millones de vidas humanas, ni los costos sociales de migraciones masivas de más de cien millones de personas empujadas por los desastres ecológicos.
La esperanza. Pese a todo, este informe alumbra una esperanza, posible, factible, económica, aunque difícil de instrumentar debido a que requiere de cooperación internacional y conjunción de voluntades políticas.
El escenario descrito podría evitarse tomando ciertas medidas globales e inmediatas, estableciendo acuerdos mundiales a por lo menos veinte años, e invirtiendo tan sólo el 1% del Producto Bruto Mundial. Estas medidas urgentes, asumidas parcialmente por algunas naciones, exigen cambios idiosincrásicos sustanciales tales como reducir la demanda de bienes muy contaminantes, el desarrollo de alternativas a los combustibles fósiles, un suministro de energía más eficiente, y la detención de la deforestación salvaje en lugares como Brasil, Nueva Guinea o Costa Rica.
La actual ecuación costo-beneficio es tan dramática que incluso una alternativa energética al petróleo y al carbón, tan discutible y riesgosa como la energía nuclear, se observa como una de las más viables a corto plazo.
De todos modos, la coordinación de esfuerzos es el primer paso básico. Es necesario establecer metas en la reducción de emisiones contaminantes; instrumentar tratados de compensación económica para financiar globalmente los recambios de las matrices energéticas; promulgar nuevas legislaciones e instrumentar una diversidad de nuevos recursos que incluyen el desarrollo de una nueva conciencia ecológica y planetaria. En tal sentido, el informe Stern recomienda la creación de un nuevo fondo de 20.000 millones de dólares de ayuda a los países más pobres para afrontar los cambios requeridos.
Resulta tan imprescindible mitigar los efectos del desastre ecológico como desarrollar nuevas estrategias adaptativas frente a lo inevitable, y por tanto crear nuevos modelos económicos que consideren variables y costos asociados al cambio climático; nuevas tecnologías más limpias y seguras; nuevos marcos regulatorios de las emisiones de gases invernadero; nuevos seguros para las poblaciones en situaciones de riesgo climático; nuevos incentivos a las industrias ecológicas; nuevas vías de información de lo que está ocurriendo; y por lo tanto un nuevo régimen de producción de deseo y una nueva conciencia planetaria.
Aunque las emisiones nocivas se detuvieran hoy, la inercia acumulada por las concentraciones ya alcanzadas aseguraría que las temperaturas medias globales seguirían aumentando en los próximos cuarenta o cincuenta años.
Recomendaciones. Si bien es imposible resumir las consideraciones establecidas para diferentes ámbitos y escenarios, el informe Stern propone algunas políticas que guardan relación con el debate energético que se desarrolla en Uruguay.
Una de las recomendaciones más claras refiere a las tecnologías de la microgeneración de energía térmica o eléctrica mediante instalaciones de tipo eólico, solar, o hidráulicas, así como bombas de calor y calentadores solares de agua. Estas tecnologías no sólo reducen la dependencia del carbono en edificios y extensiones industriales o comerciales tanto públicos como residenciales, sino que reducen el desperdicio de energía en comparación con los sistemas centralizados.
No obstante, muchas de estas tecnologías son caras en relación con las fuentes convencionales de energía. De ahí que sea necesario incentivar a suministradores y consumidores de energía alternativa para acelerar la reducción de los costos tecnológicos y fomentar su difusión.
Otras medidas recomendadas son la regulación de la construcción mediante la legislación de ciertos códigos que doten a las estructuras de mayor eficiencia energética; la planificación estratégica en el diseño urbanístico; y la introducción de estándares más exigentes para electrodomésticos y vehículos motorizados.
Se estima por ejemplo que para el 2010 la Unión Europea alcanzará un ahorro eficiente de energía del 22% en relación con los consumos de 2006 en los edificios públicos y privados gracias a la acción combinada de estas medidas.
China, al establecer estándares más estrictos en frigoríficos, bombitas de iluminación, lámparas fluorescentes y aparatos de aire acondicionado logró en el último quinquenio un ahorro del 9 % en la electricidad residencial.
Cuando las miradas del mundo parecen centrarse en las fluctuaciones bursátiles y las caídas de las bolsas, un riesgo material mucho más grave que cualquier recesión imaginable se cierne sobre el planeta exigiendo un cambio radical de mentalidades y formas de vida.
EL INFORME STERN. LA VERDAD DEL CAMBIO CLIMÁTICO, de Nicholas Stern, Paidós, Barcelona, 2008. Distribuye Planeta. 390 págs.
La ciudad ecológica de Dongtan
J. E. F. R.
EN LA ISLA de Chongming, en la desembocadura del río Yangtsé con el océano Pacífico, justo frente a la costa de Shangai (China) se encuentra Dongtan, actualmente en proceso de construcción en un predio de 86 km cuadrados. La primera "ciudad inteligente"del mundo ha sido diseñada en forma experimental para lograr un equilibrio sustentable entre economía, sociedad y naturaleza.
Desarrollada en fases, se espera que para el 2010 albergue 25.000 habitantes y que diez años después cuente con una población estable de 80.000. Se la considera también la primera ecociudad y constituye un nuevo intento de proyectar una urbe perfecta, limpia, y funcional.
La dirección del proyecto se encuentra en manos del arquitecto chileno Alejandro Gutiérrez, consultor de la compañía inglesa Arup, y de un gran equipo interdisciplinario de profesionales de muy diversos campos para instrumentar la primera parte de la construcción, la cual insumirá cerca de mil millones de dólares.
Las edificaciones de Dongtan, emplazadas a poco más de tres kilómetros de una reserva ecológica que alberga a los últimos ejemplares de especies en extinción, presentarán la más alta eficiencia energética que la tecnología actual permite y se alimentarán exclusivamente de fuentes renovables como la solar, la eólica o los biocombustibles.
Se procura allí reducir al mínimo indispensable la dependencia energética mediante el aprovechamiento de sistemas pasivos, haciendo un uso pleno de la luz natural para iluminar tanto espacios públicos como privados, regulando las alturas de los edificios para reducir sus calentamientos y enfriamientos según las condiciones atmosféricas, y reciclando de diversas formas útiles los desperdicios.
El suministro de agua ha sido ideado para un uso doble de la misma, primero como agua potable y luego como fuente de regadíos. El crecimiento de la ciudad está pautado en torno a una red de rutas peatonales y ciclovías pensadas para disminuir la demanda de transportes privados motorizados, pudiendo sólo circular rodados que funcionen con hidrógeno u otro tipo de energía limpia. El desafío técnico consiste en lograr una reducción del 20% en la relación entre demanda de energía y producción de bienes y servicios en el lapso de cinco años. Dongtan ha sido concebida como una articulación gradual de villas de no más de 30.000 habitantes cada una, hasta llegar en 2040 al medio millón de habitantes. Está pensada para albergar centros de formación e investigación vinculados con la energía, la ecología, el turismo y la producción agrícola. El proyecto ha gustado tanto a las autoridades chinas que están considerando clonarlo en cuatro localidades del territorio continental.
El agro y las granizadas
H. F.
EL PERÍODO que va de 1805 a 1820 fue el más frío de la Pequeña Edad de Hielo. Charles Dickens nació en 1812 y padeció, por tanto, una niñez aterida. Ello dejó profundas huellas en su memoria, con las que luego nutriría algunos de sus mejores textos como "Canción de Navidad" y otros cuentos.
1816 fue bautizado en el Hemisferio Norte como "el año sin verano". Encerrado en una villa en Ginebra, Lord Byron, lejos de su compañera, a quien había dejado en Londres, escribió algunos de sus mejores poemas. Lo acompañaban en su residencia Percy Bysse Shelley y su esposa Mary. Una noche gélida se desafiaron a inventar y escribir una historia. Afuera, los hambrientos vagaban de un lado a otro y cuando tenían mucha suerte lograban comer musgo o atrapar a algún gato que enseguida iba a parar a la olla. A quienes apresaban por robar o provocar un incendio, se los castigaba con la decapitación. Mientras el horror parecía no tener fin en calles y campos, Mary Shelley escribió, protegida del frío, un clásico del género gótico: Frankenstein.
El meteorólogo Hans Neuberger, hombre paciente si los hay, se tomó hace poco el trabajo de investigar las nubes de 6.500 cuadros pintados entre 1400 y 1967. Entre aquellos de comienzos del siglo XV y mediados del XVI pudo detectar un incremento en la nubosidad. De 1550 a 1850, las obras de los artistas analizados revelan un predominio de nubes bajas, características de climas fríos. Durante todo la Pequeña Edad de Hielo, las escasas escenas veraniegas muestran cielos casi siempre nublados. Las nubes recién comienzan a desaparecer a partir de 1850, aunque el azul del cielo ya no es tan intenso como en siglos anteriores.
Los niños de la patria. En Francia, la primavera de 1788 prácticamente no registró lluvias. A ello le siguió un verano donde se conjugaron una extensa sequía y permanentes tormentas eléctricas. El 13 de julio París fue azotado por una feroz granizada. En el campo, la tormenta derribó árboles y casas y arrasó con las plantaciones de cereales y con los viñedos. Los productos textiles franceses dejaron de exportarse a varios de sus clientes europeos, y un cambio en las modas femeninas hundió la industria de la seda de Lyon. La escasez de trigo y harina multiplicó el hambre en ciudades y villas, y obligó al rey Luis XVI a subvencionar el precio del pan. Los vagabundos inundaron París y fueron habituales los motines y asonadas.
Al siguiente año, la crisis rural se había expandido por todo el país. La sequía continuó haciendo estragos, se secaron los ríos, los molinos de agua quedaron inutilizados y subió el precio de los alimentos. A comienzos de octubre, las mujeres encabezaron varias marchas, una de ellas hacia el palacio de Versalles. En medio de tanto caos y pánico, el monarca dio orden de ratificar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, redactada en agosto por la Asamblea Nacional. Pero ya era tarde: el Ancien Régime estaba llegando a su fin.
"Es probable que la Revolución francesa no hubiese existido si el odio a las vetustas instituciones feudales no hubiera unido al campesinado y a la burguesía en su afán por destruirlas", comenta Brian Fagan en La pequeña edad de hielo. Pero agrega que en parte los acontecimientos de 1789 "se originaron por la vulnerabilidad de los agricultores a los ciclos alternados de lluvia y frío, sequía y calor, aunque esa relación haya pasado inadvertida. Como escribía con visión profética Sébastien Mercier en 1770: `El grano que alimenta al hombre es, además, su verdugo´".