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Viernes 14.11.2008, 22:31 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural

Libros del Mundo

László Erdélyi Virginia Martínez

TERRORISMO ISLÁMICO. Antes del 9/11 se había destacado el periodista pakistaní Ahmed Rashid (n. 1948) con el libro Los Talibán, publicado en febrero de 2001 en español (Península). Era un alud de datos de primera mano, obtenidos en el terreno y que, desde su publicación, ha crecido como un trabajo de referencia. Siguió trabajando con el mismo rigor. Publicó Yihad, El auge del islamismo en Asia Central (Quinteto, 2003). Ahora sale en inglés Descent into Chaos (Allen Lane).

Rashid recurre a los testimonios de jefes tribales, militantes islámicos, políticos, militares y periodistas para ilustrar en forma precisa el descenso en el caos que está ocurriendo en Afganistán, Pakistán y el resto de Asia Central. Por ejemplo, el capítulo 13, "El refugio de Al Qaeda", describe el territorio pakistaní fronterizo conocido como FATA en inglés (Áreas Tribales Federalmente Administradas). Es un territorio de 100 km de ancho por 500 km de largo, pegado a Afganistán, poblado por unos 3 millones de pashtún, que se suman a los 27 millones de pashtún del resto de Pakistán y a los 15 millones que viven en Afganistán. Estas tribus no toman en cuenta la frontera: se casan entre ellos, comercian, y hasta celebran en conjunto diversas festividades. Todos adhieren al pashtunwali, código tribal de honor y comportamiento que incluye melmastia (hospita- lidad), nanawati (noción de que la hospitalidad nunca puede ser negada a un fugitivo) y badal (el derecho a la venganza). Como se pelean en forma diaria por las cosas que los pashtún consideran vitales (zar, zan y zamin: oro, mujeres y tierras), el pashtunwali es de aplicación cotidiana.

La organización administrativa del FATA no es actual: persiste intacta desde tiempo del Raj británico (1858-1947), y le da una virtual autonomía del mundo, un lugar a donde no entra el ejército pakistaní (han intentando, con bajas espantosas), y es al día de hoy el semillero por excelencia de Al Qaeda. A esa zona liberada escapó Bin Laden. Allí se aplican ahora las leyes islámicas en base al terror islámico más puro, se asesinan opositores, y desde esa zona se planificaron los atentados de Londres, Madrid, y tantos otros. Ahí mandan y lucran individuos como Abdullah Massud, de treinta años, un nuevo líder talibán con una pierna ortopédica, que va a la batalla siempre a caballo. Fue capturado por las fuerzas norteamericanas en Afganistán en 2001, y llevado a Guantánamo, donde luego de cuatro años de reclusión convenció a sus interrogadores de que era "subnormal", que no representaba un peligro, y fue dejado en libertad. Hoy es un temible líder tribal en una de las zonas más conflictivas del FATA, el Waziristán del Norte.

FANTASMAS DE INGLATERRA. En tiempos de vampiros cibernéticos, zombies y computadoras asesinas, el clásico fantasma traslúcido y levemente iluminado de los cuentos de los abuelos parece haber pasado de moda. Aunque fueron los precursores de toda esta parafernalia moderna, y reflejaron los temores y frustraciones colectivas de muchas épocas. Por eso resulta necesario The Penguin Book of Ghosts de Westwood & Simpson (Penguin), un riguroso viaje ordenado en forma alfabética por regiones de los espectros, apariciones y fantasmas que asolaron (y asolan aún) los parajes de Inglaterra.

Los hay de todo color y linaje. Los ricos, en particular, son protagonistas en la vida y en la muerte, sobre todo los terratenientes odiados, que seguirán cabalgando hasta tiempos inmemoriales frente a los descendientes de los otrora oprimidos. Las versiones de este fantasma clásico son múltiples, ya sea en carruajes tirados por caballos que escupen fuego, o con caballos sin cabeza, o más insólito aún, en carro tirado por elefantes, con el que merodea aún Sir Robert Chichester por Round Martinhoe, Devon, sin poder descansar jamás por culpa de sus innumerables crímenes. Los pájaros tienen también muy mala reputación como fantasmas, pero ninguno le gana al perro negro, gran protagonista de estas leyendas con resultados devastadores, como el que apareció en Bungay, Suffolk, el 4 de agosto de 1577, mutilando gente de manera horripilante. O también como protector, como el perro Shock, de Sheringham, Norfolk, del siglo XVIII, nunca asociado a desastres ni cosas espantosas, y considerado por muchos como un fantasma guardián (en una zona que ya tiene otros fantasmas: marineros ahogados, viejos capitanes de barcos encallados, mujeres gritonas, y otros espectros deliciosos). También hay ejércitos fantasmas que aún cabalgan por los campos donde fueron derrotados, como ocurre en Edgehill, en Warwickshire, donde los espectros de las tropas realistas masacradas durante una batalla en la Guerra Civil (23 de octubre de 1642) aún buscan las razones de su miseria. Otros se hicieron pasar por fantasmas, como el señor de Netherbury, Dorset, que cansado de escuchar a una niña cantar salmos en el porche de una iglesia (no lo dejaba dormir) se disfrazó de fantasma y fue a asustarla, pero a ella le encantó, le habló y le contó de otros espectros, tanto que lo enloqueció. Huyó despavorido.

Sophia Kingshill y Jennifer Westwood trabajaron citando, en cada caso, las fuentes escritas más antiguas de una tradición que es, sobre todo, de transmisión oral, muy cambiante y adaptable según cada época y lugar.

VIDA DE STENDHAL. El novelista, ensayista y traductor Thierry Laget (1959) relata en Portraits de Stendhal (Gallimard) momentos de la vida de Stendhal, pero su libro no propone una biografía convencional de las que abren con el nacimiento del protagonista y concluyen con su muerte. Se trata de una evocación poética y visual, organizada en textos breves y sin continuidad temporal, en la que cada capítulo relata un acontecimiento de la vida de Henri Beyle, nombre del autor de Rojo y Negro, y La cartuja de Parma.

Un Stendhal calvo, miope y congestionado, dicta en cincuenta y tres días La cartuja de Parma a un secretario del que apenas quedó registrado el apellido. "Las ideas me galopan", exclama el Caballero de la Legión de Honor a "monsieur Bonavie", el copista que escribe al dictado y a razón de un centésimo por línea. También encontramos al pequeño Henri, que sufre la muerte de su madre, una joven curiosa y lectora apasionada. Por las noches el niño se cuela en la habitación de la difunta para leer a Dante y sumergirse en los tesoros literarios de su biblioteca.

Hay un Stendhal que entra a Moscú con la "Grande Armée" y recorre al galope las calles desiertas: "Dios, Bonaparte y yo". El escritor se vanagloria de haber robado un libro a Rostopchin, alcalde de Moscú, mientras la ciudad ardía. Reescribirá el episodio a su antojo; a veces el botín es un tratado sobre la existencia de Dios y otras un texto de Voltaire, pero siempre reivindicará la intrepidez del acto, prueba de su amor por los libros. Se dice amigo del Emperador y afirma que caminó junto a él durante la penosa campaña de Rusia; sin embargo años después niega el hecho: nunca estuvo en Moscú.

Registra minuciosamente en su diario personal el día del año en que comienza a usar pantalón blanco -símbolo de la felicidad- y cuándo el cambio de estación lo obliga a dejar la prenda. Admirador de Montesquieu, acude a su castillo de la Brede animado por la devoción del peregrino.

Hay otro Stendhal que pocos años antes de morir pide a Dios dos deseos. El primero es humano y corriente: salud. El otro es maravilloso e irrealizable: desea para sí el don del olvido. Quiere olvidar Italia para visitarla todos los años con la frescura del primer viaje y quiere olvidar Las Mil y Una Noches, y el Quijote para releerlos con la pasión de la primera vez.

El título elegido por Laget refleja la propuesta del autor. Los suyos son retratos vivos, como hechos a mano alzada. El libro se lee con el placer con que se recorre una galería.

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