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Trovadoras medievales
Las brujas de Dios

Soledad Platero

ESTE ES UN libro difícil de clasificar: no es una obra de divulgación, no es un libro de historia, y tampoco un alegato de género, aunque la estrategia editorial parece querer ubicarlo en ese estante. En realidad se trata de un ensayo entre teológico y literario que rescata la obra de varias místicas medievales enfatizando su particular forma de aproximación a la divinidad. A la traducción del título original, la edición de Paidós agrega un paratítulo que, como siempre en estos casos, busca explicar de qué va el asunto: "Una tradición silenciada de la Europa medieval".

El libro que se propone iluminar un aspecto de la historia que ha sido oscurecido por el racionalismo, por la tiranía del logos, por el imperio de la autoridad patriarcal, por el despotismo de la modernidad. La tradición silenciada, por su parte, no es otra que la de las místicas visionarias, una especie prodigiosamente fértil durante el medioevo y cuyas prolongaciones en nuestros días deben buscarse en los hospitales psiquiátricos (o tal vez en las iglesias carismáticas de diversas confesiones).

La mujer medieval no podía tener acceso al conocimiento con ayuda de la razón, porque no había sido muy dotada en ese sentido. Así, algo tonta, pobre en inteligencia, manchada desde el comienzo por el pecado de Eva, la mujer sólo podía aspirar a la sabiduría que le llegara directamente de Dios, de su presencia inmediata y avasallante, de su abrazo totalizador y ubicuo. Sin autoridad para ejercer el sacerdocio, sin independencia económica y sin posibilidad de ejercer algún oficio, las mujeres de la aristocracia encontraban en la vida religiosa la única alternativa a un matrimonio de conveniencia. Y si bien es cierto que no podían aspirar a los frutos de la razón y del conocimiento académico, también hay que decir que recibían una educación esmerada en las disciplinas que su pobre intelecto les dejaba penetrar. No se les permitía mantener una discusión teológica en latín con los padres de la Iglesia, pero podían dar testimonio de su propia experiencia mística y fortalecer así el contrato de la fe entre Dios y los hombres. Difícilmente el cristianismo habría logrado imponerse en Europa sin la participación de esas mujeres traspasadas por el fervor divino, siempre dispuestas a exhibir sus llagas, a pasar hambre y sed, a dejarse abrasar por el fuego de la fruición y a volver al mundo para dar cuenta del poder de Dios.

La sibila del Rin. Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue una monja benedictina que llegó a ser abadesa del convento de Rupertsberg. Escribió obras de contenido científico, Liber Simplicis Medicinae o Physica, sobre la naturaleza y con elementos de botánica y zoología, y Liber Compositae Medicinae o Causae et curae, sobre el origen y tratamiento de ciertas enfermedades. Compuso numerosas piezas musicales y hasta creó la primera lengua artificial de la historia: la lingua ignota, basada en un alfabeto de poco más de veinte letras. Pero su obra más monumental es de carácter teológico, e incluye las obras conocidas como Scivias o Conoce los caminos (1141-1158), Liber vitae meritorum o Libro de la retribución del bien y del mal (1158-1163) y Liber divinorum operum o Libro de las obras divinas (1163-1173). Su privilegiado conocimiento de Dios y de sus misterios provenía directamente de visiones, experimentadas en estado de vigilia y sin caer en éxtasis místico, es decir, sin perder el sentido. Hildegarda describe esta peculiar manifestación de la divinidad como una "sombra de luz viva" en la que puede ver "aquello de lo que hablo a menudo y lo que respondo a quienes me preguntan".

Nada menos que el misterio de la Trinidad, el lugar del hombre y de la mujer en la creación, la correspondencia entre el hombre y el cosmos, y la fecundidad de la mujer, equivalente a la naturaleza, le son revelados en visiones de gran claridad, que ella expone en lengua latina "no culta", porque no ha tenido acceso a la educación que reciben los hombres doctos.

Claro que la astuta Hildegarda vive en un mundo que todavía respeta el saber revelado, y en el que el sustrato místico pagano no ha sido barrido por completo de la imaginación popular. Esa circunstancia le permite asumir una posición fuerte a la hora de defender ciertas costumbres que la Iglesia desaprueba o prohibe, e incluso desobedecer órdenes directas de la autoridad eclesiástica, diciendo que las órdenes que ella debe obedecer le llegan de más arriba, y sin intermediarios.

Las amantes de Dama Amor. Las místicas de la Baja Edad Media no siempre pudieron imponerse a la Iglesia como lo hizo Hildegarda. Algunas pagaron con el suplicio y la hoguera su particular forma de recibir a Dios y, sobre todo, la decidida voluntad de compartir ese don con los demás. El libro de Épiney-Burgard y Zum Brunn recorre brevemente la historia de Matilde de Magdeburgo (1207/1210-1282/1294), beguina que, como Hildegarda, experimentó visiones de gran expresividad simbólica; Beatriz de Nazaret (1200-1268), monja cisterciense autora de una obra escrita en neerlandés medio y titulada Siete maneras de amor; Hadewijch de Amberes (hacia 1240) y Hadewijch II, verdaderas iniciadoras de la poesía lírica flamenca que cantaron, en términos de amor cortés, el encuentro del Alma con el Amor (Dios); y de Margarita Porete, beguina acusada de herejía por la Inquisición, quemada viva en 1310, y autora del Espejo de las almas simples anonadadas, obra que circuló por toda Europa en versiones en latín y lengua vulgar, a pesar de la prohibición impuesta por la Iglesia.

No todas estas místicas recibieron a Dios de la misma manera, y tampoco son iguales las formas que encontraron para dar cuenta de sus experiencias. En algunas se percibe la influencia escolástica, en otras la tradición caballeresca, mientras que las primeras, Hildegarda y Margarita, parecen más cercanas al Cantar de los Cantares y a las doctrinas de los Padres Griegos, pero también muestran -especialmente Hildegarda- una poderosa cercanía con las concepciones paganas de armonía con la naturaleza.

La espiritualidad femenina. La pertinencia de este libro, en español y en una edición de bolsillo, es difícil de sostener. Demasiado profundo para ofrecer un simple panorama sobre estas autoras con las que muy pocos, seguramente, están familiarizados. Es un material que parece escrito para iniciados en teología medieval (más, incluso, que en literatura religiosa de la época), capaces de entender sutilezas simbólicas, históricas y doctrinarias bastante oscuras para los legos en la materia. Sin embargo, es notorio que se intenta hacer pasar el libro como parte de un tesoro recuperado de espiritualidad femenina sojuzgada y menospreciada por la violenta tiranía del racionalismo clásico. En ese sentido, Hildegarda, Matilde y todas nuestras místicas jugarían en el mismo equipo que las curanderas tribales, las brujas y demás mujeres portadoras de saberes antiquísimos y secretos, hoy valerosamente reivindicados por los estudios de género. No está mal, pero es bastante superficial. Da la impresión de que a las mujeres les estuviera negado el conocimiento por vía de la razón, y que, en un mundo nuevo -y más deseable, según se puede inferir de esa línea de pensamiento- deberían desempeñar el papel de sismógrafos divinos, dejarse atravesar y poseer por el Gran Espíritu y consagrarse al servicio de la humanidad. Habría que ver a cuántas mujeres les resulta tentadora esa posibilidad.

MUJERES TROVADORAS DE DIOS, de Georgette Épiney-Burgard y Émilie Zum Brunn, Barcelona, Paidós, 2007. Distribuye Planeta. 275 págs.

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Foto: El País. 
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