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Cinegética del ómnibus

Alfred Jarry

DE TODAS las especies de bestias feroces y paquidermos aún no extinguidas en el territorio parisino ninguna, sin lugar a dudas, ofrece tantas sorpresas y emociones al cazador como la de los ómnibus.

Algunas empresas se han reservado el monopolio de esa cacería. Su prosperidad resulta inexplicable a primera vista; en efecto, la piel del ómnibus carece de valor y su carne no es comestible.

A juzgar por su color, hay numerosas variedades de ómnibus; pero son sólo diferencias circunstanciales motivadas por el área donde viven y la influencia del medio. Si bien el cuero del "Batignolles-Clichy-Odéon", por ejemplo, tiene un matiz que recuerda al de ese enorme rinoceronte blanco del África del Sur, el "borelé", ello se debe únicamente a las migraciones periódicas del animal. Tal fenómeno de mimetismo no es más anormal que el que se manifiesta entre los cuadrúpedos de las regiones polares.

Propondremos una clasificación científica en dos variedades cuya persistencia es bien conocida: 1º, la que disimula sus pisadas y 2º, la que deja una pista evidente. Las marcas dejadas por esta última especie están muy cerca las unas de las otras, como si fuesen producidas por una reptación, y pueden confundirse fácilmente con la huella dejada por el paso de una rueda. Los naturalistas siguen discutiendo si la primera variedad es la más antigua o si sólo ha evolucionado hacia una existencia más salvaje. Sea como fuere, lo que resulta incuestionable es que la segunda variedad es la más estúpida, puesto que desconoce el arte de disimular su pista. Pero según las apariencias, parece ser la más feroz -y esto explicaría que aún no haya sido exterminada totalmente- a juzgar por su grito que hace huir a los hombres, a su paso, en aterrado tropel, y que sólo puede ser comparado con el del pato o el del ornitorrinco.

Dada la gran facilidad para descubrir la pista del animal, facilidad multiplicada por su curiosa costumbre de pasar y repasar exactamente por el mismo camino en sus migraciones periódicas, la especie humana se las ha ingeniado para ultimarlo mediante trampas armadas en su recorrido. Con un sorprendente instinto, al llegar la pesada masa al punto peligroso, da siempre media vuelta sobre sí misma, emprendiendo el regreso y tratando, ahora sí, de borrar sus huellas, haciéndolas coincidir con sus precedentes pisadas.

Se han ensayado otros sistemas de trampas, especies de chozas dispuestas a intervalos regulares a lo largo de su camino, parecidas a las que se utiliza para cazar en los pantanos. Allí se emboscan grupos atrevidos y valientes a la espera del animal. La mayor parte de las veces éste pasa como una exhalación y huye dando muestras de su furor mediante la contracción de la parte posterior de su piel, azul como la de algunos monos y fosforescente de noche, en una mueca cuyas arrugas blancas forman bastante claramente los signos de una palabra de nuestro idioma: "completo".

Sin embargo, algunos ejemplares de la especie se han dejado domesticar; obedecen bastante dócilmente a su cornaca que los hace avanzar o detenerse, tirándoles de la cola. Este apéndice difiere poco del de los elefantes. La Sociedad Protectora de Animales ha obtenido que, así como a ciertos corderos del Tibet se les sostiene la adiposa cola sobre pequeños carritos, a la del ómnibus se la proteja con un mango de madera.

Pero esta considerada medida no es suficientemente agradecida por estos salvajes individuos que devoran a los hombres atrayéndolos con la fascinación de una serpiente. Por una complicada adaptación de su aparato digestivo excretan aún vivas a sus víctimas, luego de asimilar las parcelas de níquel que pudieron sacarles. Lo que prueba que existe digestión es el hecho de que la absorción de monedas en la superficie -epidermis dorsal- es un cincuenta por ciento menor que la asimilación en el interior.

Cabe relacionar este fenómeno con una especie de alegres hipos de ruido metálico, que preceden invariablemente a sus comidas.

Algunos viven en extraña simbiosis con el caballo que parece ser un peligroso parásito para ellos; en efecto, su presencia se caracteriza por una rápida pérdida de fuerza de locomoción, notable, por el contrario, en los individuos sanos.

Nada se sabe acerca de sus amores salvo que, a semejanza de algunas plantas cuyo polen es transportado de una a otra por los insectos que penetran en su interior, se reproducen por combinación.

Parece ser que la ley francesa considera a estas fieras muy perjudiciales, pues no interrumpe su cacería con ningún período de prohibición.

El autor

ALFRED JARRY nació en Laval (Francia) en 1873 y murió en París en 1907. Escribió mucho periodismo con humor, renovó como pocos el teatro, y se ubicó en un sitio peculiar de la cultura francesa, entre Rabelais y los surrealistas que lo sucederían, basado en algunos aspectos del simbolismo. Su obra Ubú rey parecía una simple estudiantina, pero resultó mucho más, anunciando tendencias del teatro del absurdo del siglo XX. La continuó en Ubú encadenado. Su novela El supermacho renovó la prosa. Sus textos dispersos fueron recogidos en Hechos y dichos del Doctor Faustroll, donde se plantean los cimientos de la Patafísica o "ciencia de las excepciones".

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