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Franco versus Roosevelt
La guerra que pudo haber sido

Juan de Marsilio

ES FÁCIL DECIR, a décadas de concluida la Segunda Guerra Mundial, que una Alemania sin petróleo, ni barcos, ni puertos, no podía vencer. Con el diario del lunes, cualquiera explica el partido.

Pero hasta fines del 1942, creer en la victoria aliada requería una fe y un optimismo sobrehumanos. Para poder alentar esa esperanza, era imprescindible la ayuda económica brindada a Inglaterra -y luego a Rusia- por los Estados Unidos, empresa en la que el Presidente Roosevelt enfrentaba la constante oposición del sector "aislacionista" de la opinión pública y de su propio Partido Demócrata, contrarios a que su país entrara en la Guerra. También era necesario que la España de Franco siguiese "neutral", privando a Alemania de un paso para que sus ejércitos tomasen Gibraltar, cerrasen la entrada del Mediterráneo y pudiesen invadir las posesiones francesas de África del Norte. El libro de Joan Thomàs brinda una clara y documentada exposición de las complejas gestiones diplomáticas de los Estados Unidos para lograr este objetivo.

LA GUERRA CIVIL. La guerra de España había dividido a la opinión pública norteamericana y también al gobierno de Roosevelt. Jugarse en defensa de la República significaba darle argumentos a sus opositores, pues el peso del sector conservador y aislacionista era grande en la opinión pública y en el mismo Partido Demócrata (más adelante, al ayudar a Gran Bretaña contra el Eje, Roosevelt tendría más apoyo de algunos republicanos "progresistas" que de varios demócratas conservadores). El Presidente ya era blanco de duros ataques por su política de inversión pública, tendiente a reducir el desempleo de la "Gran Depresión". De querer ser reelecto, Roosevelt debía ser cuidadoso.

Apoyar el embargo de armas impuesto para ambos bandos por el "Comité Internacional de No Intervención", como indicaba el Secretario de Estado Cordell Hull, parecía lo más juicioso. Pero Alemania e Italia dieron ayuda militar a los franquistas con todo desparpajo. Al final, la observancia del embargo por las democracias occidentales benefició a Franco. Si bien Roosevelt, que era antitotalitario y no lo ocultaba, intentó desde 1938 acciones a favor de la República, el resultado fue negativo: el sector pro-republicano de la opinión pública y de su propio gobierno y entorno cercano le reprocharían el error hasta su muerte, su país no se evitaría el enfrentamiento con unas potencias totalitarias envalentonadas por su éxito español y, aunque de hecho su política neutralista hubiera beneficiado a Franco, éste vería como enemigos a los Estados Unidos y su presidente.

NEGOCIOS DE ENTREGUERRAS. Durante la Guerra Civil, el Embajador Claude G. Bowers, partidario de la República, había cumplido su misión desde la ciudad francesa de San Juan de Luz, por razones de seguridad. Era un embajador político, designado por el Presidente, pero su reclamo de ayudar al gobierno republicano fue desoído por el Departamento de Estado. Roosevelt buscaba tener un gobierno de equilibrio, con integrantes más jugados a una fuerte intervención de los Estados Unidos contra las potencias totalitarias y otros más partidarios de la neutralidad. Hull era de estos últimos y Roosevelt tendía a seguir su consejo en política internacional, incluso estando en discrepancia ideológica con él.

Vencedor Franco, se imponía pensar en la defensa de los ciudadanos e intereses norteamericanos en España. Pese al antifranquismo de muchos norteamericanos, había que reconocer al nuevo gobierno y entrar en relaciones diplomáticas y comerciales con él. Desde abril de 1939 y hasta bastante entrado 1940, los mayores problemas serían la liberación de los norteamericanos que habían combatido por la República y el permiso para que la International Telephone & Telegraph (ITT), accionista mayoritaria de la telefónica de España, pudiese hacerse cargo de sus negocios. Con muchas dificultades, las gestiones del encargado de negocios H. Freeman Matthews y a partir del otoño de 1939 del embajador Alexander W. Weddell, serían exitosas.

Superados estos temas, las relaciones entre ambos gobiernos estarían marcadas por la penuria española. Faltaba petróleo, trigo y otras materias básicas que los Estados Unidos podían vender. Era difícil: buena parte del gobierno Roosevelt no era proclive a abastecer a un país totalitario. Además se temía que España reexportase parte de las mercancías a Alemania o Italia. Weddell vio con claridad que no ayudar a España era presionarla a pelear por el Eje. Propuso ayudarla, condicionando la ayuda a la neutralidad, rumbo que terminó imponiéndose, aunque para su enojo con el Departamento de Estado, muy despacio. En Madrid se veía la miseria de los españoles, en Washington, las complicaciones políticas de venderle petróleo a un país que simpatizaba con el Eje.

A diferencia de Bowers, Weddell tenía un alto concepto de Franco. Lo creía un estadista bien inspirado, partidario de la neutralidad y el libre comercio. Deja bien claro Thomàs que éste es el mayor error que puede reprochársele a Weddell: el haber contribuido a fortalecer la imagen de un Franco neutralista y humano, así como también la idea de que había en el gobierno español personajes moderados, opuestos al Eje y mejor dispuestos a un acuerdo con las democracias en general y los Estados Unidos en particular. Thomàs explora bien ese error, compartido y difundido también por el embajador británico, Sir Samuel Hoare, y si bien documenta las diferencias y rencillas entre diversos sectores de la España "Nacional", deja bien claro que hasta bien entrada la Guerra y mientras no fuese evidente la derrota alemana, la gran mayoría de los gobernantes y generales españoles eran favorables al Eje, debiéndose los progresivos neutralismo y aliadofilia de varios de ellos a razones de conveniencia, cuando no al soborno por parte de agentes británicos. Pero Weddell no lo veía: para él, entre los franquistas había señores y bestias. A la cabeza de las segundas, el concuñado del Caudillo, Ramón Serrano Suñer.

LOS "CUÑADÍSIMOS". Serrano era germanófilo. Franco también, como lo evidencian sus varios intentos de llegar a acuerdo con Hitler para entrar en la guerra y, entre 1939 y 1942, varios discursos públicos a favor del Eje y contra las democracias. Weddell y Serrano se odiaban, pero el problema los trascendía. Franco creyó en la victoria del Eje hasta 1944. Al final se impusieron el realismo y la necesidad: por un lado, los Estados Unidos vieron la conveniencia política, económica y militar de comerciar con España y Franco tuvo que asumir que aunque los suministros de combustible norteamericano eran mínimos, menos podía darle Alemania por carecer de petróleo.

España no entró a la guerra del lado del Eje porque Hitler nunca quiso o pudo ofrecer a Franco y Serrano suministros y un imperio colonial en África. Alemania no ocupó España porque no pudo, aunque hubo planes. Los Aliados no ocuparon territorio español porque no lo necesitaron, si bien los planes existieron, y también los contactos con varios generales españoles.

Si en setiembre de 1942 Franco destituyó a Serrano, no fue por haberse vuelto un ápice más demócrata, sino porque era hábil para sacarse de encima a quienes le disputaran el poder y su concuñado lo hacía en el seno del gobierno y del partido único del régimen.

Pero hubo una razón más trivial: el affaire extramarital de Serrano y la marquesa de Llanzol, con quien tuvo una hija, gota que desbordó la paciencia de Doña Carmen Polo de Franco, esposa del Caudillo y hermana de Ramona, la humillada señora de Serrano Suñer.

SE ENCIENDE LA ANTORCHA. Weddell no disfrutó la caída de Serrano: en marzo lo había reemplazado el Prof. Carlton J. H. Hayes, católico y partidario del Movimiento Nacional desde el inicio de la Guerra Civil. Este acercamiento buscaba preparar el terreno para que España no se opusiese a la "Operación Antorcha": el desembarco aliado en el África Noroccidental Francesa, para tomar entre dos frentes a las tropas de Rommel, en lo que Churchill llamaría "el fin del principio" en la Segunda Guerra Mundial.

La misión fue exitosa: con garantías de los Aliados, España no se opuso a "Antorcha". Lentamente, las relaciones de España con Estados Unidos y Gran Bretaña se fueron normalizando. Tanto que, luego de la Guerra, ambas potencias asumirían al régimen franquista como un dato más de la realidad europea.

ROOSEVELT Y FRANCO: DE LA GUERRA CIVIL A PEARL HARBOR, de Joan María Thomàs. Edhasa, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 672 págs.

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Foto: El País. 
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