Elvio E. Gandolfo
COMO ES ALTO, cortés, porta barba y siente un goce juvenil en hablar con calma, precisión y un sereno sentido del humor de mil temas relacionados con la cultura, el fútbol, México y el mundo en general, hace recordar hasta cierto punto a Julio Cortázar, a quien admiró mucho en su momento. Una diferencia es hasta qué punto Villoro se ha dedicado al periodismo, primero como editor del suplemento cultural del diario La Jornada de México, después en una producción tan múltiple y variada que escasean las revistas o suplementos culturales que no hayan reproducido algunas de sus notas y relatos. Piensa cada respuesta unos segundos y después contesta con tal claridad que casi puede desgrabarse cada palabra, agregando solo la puntuación. Estuvo en Montevideo para ofrecer una conferencia sobre la Ciudad de México, y presentar la edición local de La alcoba dormida, una antología de sus relatos.
entre alemanes
-En algunos de tus textos hay referencias a una infancia un poco desdichada. ¿En qué zona de México fue?
-Tuve una infancia que no fue particularmente sufrida, en la que padeciera yo el exilio, la pobreza, la guerra. Pero de las diversas edades que he tenido es la que nunca me gustaría repetir. Fue una infancia muy insegura, mis padres se divorciaron. Yo vivía en un barrio de la Ciudad de México que se llama Mixcoac, que quiere decir "el lugar de las serpientes". Tenía una mala relación con la escuela, porque estudié en un colegio alemán que me resultaba muy complejo, muy difícil. Por alguna razón extraña me pusieron a mí en el grupo de los alemanes: mis compañeros eran todos ellos o bien alemanes o bien hijos de alemanes. Se les daba mucho más fácil una enseñanza en la cual todas las materias, salvo Lengua Nacional, eran en alemán. Aprendí a escribir primero en alemán, luego en español. Todas esas cosas hicieron que me sintiera inadaptado, inseguro, tonto directamente, porque me parecía que me costaba mayor esfuerzo aprender.
-¿Tenías hermanos?
-Yo soy el mayor: tengo una hermana, dos años menor. Luego mi padre se volvió a casar, y tengo hermanastros por ese lado.
-¿Cuánto estuviste en el colegio alemán?
-Fueron nueve años. Empecé con el kindergarten, hasta terminar la primaria. Era solo medio día, como suele ser la escuela en México, pero muy severo en cuanto a la disciplina. Entré quince años después de la Segunda Guerra Mundial, y varios de mis maestros habían combatido en esa guerra. El colegio alemán había sido el centro de la propaganda nazi para todo México, y buena parte de América. Había estado cerrado durante la guerra por el gobierno. Tenía una actitud disciplinaria pangermánica muy potente, que naturalmente quince años después de la guerra se había mitigado, pero no era un ámbito muy tolerante o estimulante.
-¿Cómo era en esos años tu relación con la ciudad?
-Crecí en una ciudad en donde era perfectamente concebible salir a la calle y vivir en la calle. Hice mucha vida de barrio. Mi madre nunca sabía dónde estaba yo. Salía ella a la hora de cenar y le decía a algún conocido: "si ves a Juan, dile por favor que venga a casa". Nunca se tomaba la molestia de buscarme. Me encantaba esa ciudad, pero desgraciadamente cambió todo. La gente de mi generación ha padecido una expansión inaudita de la ciudad que pocas generaciones han vivido. Pasó de cuatro millones, cuando yo nací, a los probablemente dieciocho millones que tiene ahora. Es otro tipo de ciudad, más violenta. La casa donde nací en Mixcoac está en una calle donde prácticamente todas las casas de la cuadra han desaparecido. Es una ciudad que ha cambiado como las dunas del desierto bajo la tormenta. Te desafía mucho, porque es tu lugar de pertenencia, y al mismo tiempo un sitio donde te preguntas todo el tiempo por qué estás ahí, si debes seguir ahí. Desde la literatura, en alguna novela y algunos cuentos, he reaccionado con esta mezcla de irritación y aprecio que tienes por el lugar de residencia. Hay contrastes muy marcados, y ya el propósito de hacer una novela con una imagen unitaria de la ciudad, como La región más transparente, [de Carlos Fuentes] es absurdo.
-¿Qué decidiste al terminar con el colegio alemán?
-Estuve allí de los cuatro a los trece años. A esa altura había un examen especial para pasar a la segunda ronda del colegio, y lo reprobé adrede. Porque mi padre quería que yo siguiera allí, y al hacer eso me cerraba la posibilidad: tenía que repetir el año. Ante esa perspectiva, me negué.
- Ahí empezaste secundaria.
- Sí: estuve primero en un colegio del barrio, y luego terminé el bachillerato en una escuela de refugiados de la República española, el colegio Madrid. Todo lo contrario al colegio alemán: una escuela muy abierta, muy liberal, con mucho estímulo para las humanidades, mucha participación de los alumnos. Allí me sentí muy relajado.
-¿A esa altura qué vocación te parecía tener?
-Tenía la duda entre ser médico o ser escritor. Empecé a leer tardíamente, pero una vez que leí por gusto, que fue justamente en las vacaciones entre el secundario y el bachillerato, a los quince años, leí una novela que transcurre justamente entre la secundaria y el bachillerato. Se llama De perfil, de José Agustín. Fue un escritor muy importante para mi generación, porque introdujo elementos de la cultura pop, un lenguaje muy cercano a lo coloquial. Leí esa novela y me identifiqué plenamente con él: los padres del protagonista se han divorciado, él se enamora de una cantante de rock... En fin, es lo que era o yo quería que fuera mi vida. A tal extremo que el protagonista no tiene nombre, y yo creía que lo había hecho para que no me reconocieran a mí. Hice una lectura en espejo. Esa lectura que hice del libro de José Agustín me hizo sentir que la literatura formaba parte de mi experiencia, sin que yo hubiera leído libros. Lo que hasta entonces veía como una existencia insegura, gris, sin rumbo fijo, me pareció que podía ser sustancia narrable. Si yo tuviera que escoger un lector ideal, sería un lector que nunca ha leído por gusto, que de repente entiende que la literatura no es un medio para aprobar materias en la escuela sino un fin en sí mismo que acepta ese rapto.
-Le pasó a Fontanarrosa con Dar la cara, de David Viñas. Hasta ahí él creía que no se podía escribir con el lenguaje de la calle.
-Es eso. En cuanto leí De perfil, de inmediato escribí un cuento. Me convertí en el lector más inculto de la lengua, que había leído un libro y ya escribía. Empecé a leer, a escribir: entonces era el gran auge de Cortázar, Bioy Casares, Onetti. Era lo del "boom" y lo anterior, redescubierto. Había ediciones fáciles de conseguir y entré en un taller literario primero con un escritor ecuatoriano, que vivió en México: Miguel Donoso Pareja. Y luego con Augusto Monterroso. Ya en el bachillerato estaba totalmente volcado a la escritura y dudando entre ser escritor y ser médico. Era una carrera que me gustaba, pero me acobardé y no la estudié, porque es muy larga. Vivir en la Ciudad de México ya es como un trabajo de medio tiempo: desplazarte, moverte. Me pareció que no podría escribir y estudiar al mismo tiempo; me resultaba un problema muy complejo.
-Te atrajo más la otra vía.
-Ya me sentía escritor, por el hecho de llevar tres años escribiendo cuentos. En cambio médico no: solo podría sentirme después de diez años de estudio. Fue una vocación trunca. Mi mejor amigo de la época también dudaba entre ser médico y ser escritor: él fue médico. Como que nos repartimos las carreras.
-¿A qué edad publicaste tu primer libro?
-En 1980, tenía 24 años. Se llama La noche navegable, un libro de cuentos que salió en la editorial Joaquín Mortiz.
LA JORNADA MÚLTIPLE
-Durante mucho tiempo bajé notas en Internet de un suplemento mexicano de cultura: el de La Jornada. Me asombraba lo adelantado que estaba a lo que vino después. Más adelante supe que estabas en el equipo editor. ¿Cómo lograban ese dinamismo y a la vez esa densidad? No fue un período largo.
-Fueron tres años. Un trabajo extenuante, porque trabajábamos muchísimo. El equipo básico eran dos correctores, una diagramadora, un jefe de redacción, Ricardo Cayuela, y yo. Ricardo tiene más madera de editor que yo, es un editor de raza, y lo sigue siendo. Ahora es el jefe de redacción de la revista Letras libres, incluso la edición española, que llevó durante cinco años. Él primordialmente quiere ser editor. Mi problema era que quería escribir.
-El perfil era muy variado, y a la vez recogía lo que podría llamarse la "cultura de punta".
-Tratábamos de hacer contrastes. Porque en el mundo de la cultura las noticias vienen de muchas épocas y de muchos lados. Por ejemplo: había un inédito de Sor Juana, y en la portada estaba ella, pero el subtema era Laurie Anderson, que había hecho un proyecto artístico y musical que se llamaba La Biblia eléctrica. Eran como dos chicas rebeldes dedicadas a Dios. Tratábamos de establecer esas concordancias.
-¿Te fuiste para tratar de aumentar tu zona literaria?
-Me fui por muchas razones. La primera de ellas es que me parecía muy importante defender ese espacio para todos nosotros y dar algo a cambio de lo mucho que había recibido como colaborador publicando en otros espacios, pero me quitaba mucho tiempo. En el periodismo, si lo estás coordinando, te tienes que dedicar muy a fondo. A mí me cuesta mucho trabajo decir que no, administrar el talento ajeno, todas esas cosas.
-¿Cómo fuiste reemplazando el trabajo, lo que ganabas?
-El sueldo era lo suficientemente bajo como para que no fuera un gran problema. Sabía que como colaborador iba a ganar más. A partir de que salí de La Jornada me propuse vivir exclusivamente como colaborador. En México hay muchas becas: tuve una de ellas. Me propuse vivir sin solicitar mucho apoyo.
-Ese paso por La Jornada, ¿influyó en tus ensayos? Porque son muy complejos, cruzan muchos hilos.
-Es posible. Había allí una búsqueda de saberes específicos, que me parecían muy interesantes. Por ejemplo, el abad de la Basílica de Guadalupe, cuando estábamos ahí, dijo que el milagro de la aparición de la Virgen no estaba aprobado. El abad desmintió la aparición de la Virgen, en un país eminentemente guadalupano. Era un tema interesantísimo.
-Pensaste: esto va a tapa.
-Exacto. ¿Pero quién lo hace? ¿Quién puede escribir sin que sea una cosa hagiográfica de la Virgen? ¿Cómo convertimos a la Virgen en la chica de portada, y que eso tenga un valor cultural, etc.? Esa búsqueda repetida (por los distintos temas) me sirvió mucho para conocer muchas cosas.
EL CIELO SOBRE BERLÍN
- Estuviste un tiempo en Berlín, que a veces aparece mencionado en tus textos.
-Sí, entre los 24 y los 27 años. Por mi relación con el lenguaje alemán, yo tenía un vínculo alérgico y también bastante ingenuo con esa cultura. Pensaba en el Colegio solamente como un universo concentracionario: sus maestros, su disciplina. Cuando salí, juré nunca volver a hablar alemán. En ocasiones soñaba en alemán, y era un castigo en el sueño, empezaba a angustiarme, me despertaba bañado en sudor y pensaba: qué maravilla, era solo un sueño. Era algo muy neurótico y muy absurdo. Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que una de las literaturas más interesantes es, por supuesto, la alemana. Así que me interesó volver a ella, y reaprendí el alemán, empecé a estudiarlo otra vez. Surgió la oportunidad de ir a Berlín. Precisamente porque había estado en el Colegio alemán, trabajando en una oficina cultural en la universidad, y era un momento en que México se había convertido en el cuarto productor mundial de petróleo. El presidente López Portillo había lanzado una consigna, que era "la administración de la abundancia". Éramos una especie de emirato árabe. Nadie quería ir al servicio exterior, a los puestos que no son de carrera: proporcionalmente se ganaba muy poco. Además era un país comunista. Habían tenido tres agregados en tres años, y no estaban conformes. Se dijeron: vamos a mandar una gente joven. Para esa persona sí será un gran estímulo. Me eligieron, y me quedé allí tres años.
-¿Cómo fue la experiencia?
-Recuperé el alemán. Militaba en el Partido Mexicano de los Trabajadores, de izquierda no ortodoxa, una búsqueda mexicana del socialismo, dirigido por Heberto Castillo. Era un ingeniero muy notable, una figura moral importantísima, que había estado en la cárcel, un hombre nada dogmático, crítico. Muy distinto a lo que era la izquierda de barricada. Me interesó mucho conocer el socialismo. También por primera vez tomé conciencia de lo latinoamericano, al estar afuera. Los mexicanos somos autosuficientes: nos encanta que vayan los extranjeros a México, que estén presentes, que les guste México, incluso que critiquen México. Tenemos una muy buena relación con las novelas que se han escrito sobre México y mencionan el infierno y el paraíso, como Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Incluso hay muchísimos lectores mexicanos de esas novelas de Graham Greene como El poder y la gloria o incluso Caminos sin ley, que es una denuncia muy fuerte de la persecución religiosa en México. Nos gusta todo eso, pero a condición de que estemos en la dinámica mexicana, que todo circule entre guacamole, tequila y mariachis, que tengamos nuestro entorno dominado. En general el mexicano emigra muy poco y ve con poco anhelo y con poco deseo de elaboración conjunta a los demás países de América Latina.
-Es un país que tiene como mundos apilados: lo indígena, lo español, lo revolucionario, lo típico.
-Por un lado eso. Y por otro está ese complejo como de hermano menor: consideramos que por estar cerca de Estados Unidos, nos va a tratar mejor si demostramos que somos fieles a esa imagen. O lo mismo España, ahora que ha vuelto a ser un país tan importante o determinante en la vida latinoamericana. Se mira más fácilmente hacia España o hacia Estados Unidos, que hacia América Latina. En Berlín encontré muchos chilenos, argentinos, uruguayos que vivían allí, ecuatorianos, peruanos... Por primera vez esta cofradía de afectos, esta facilidad de contacto, apareció claramente.
-Después de ese período, ¿volviste a Alemania en esa función?
-No, no. Ahí descubrí que tampoco tenía vocación diplomática. Quería estar allí esa vez. Hice una antología de autores mexicanos en alemán, empecé a traducir del alemán. Una vez cumplido el objetivo de recuperar lo alemán me di cuenta de que yo no quería estar en la diplomacia. Surgió una oportunidad de que me fuera a Praga, con Sergio Pitol, que es un muy buen amigo y él era embajador allá. Le dije que sí, pero luego me arrepentí totalmente. Volví a México y empecé a trabajar en una agencia de noticias. Empecé a mantenerme más en el periodismo.
-¿Allí comenzó tu contacto con el fútbol?
-Un poquito después. No siempre he sido un gran aficionado. A pesar de los ejemplos muy notables de Vázquez Montalbán, Galeano, Fontanarrosa, Soriano, en México no era muy habitual el periodismo de color sobre el fútbol. En mi infancia escuchaba al gran relator Ángel Fernández, que pobló mi cabeza de jugadas legendarias, de metáforas. Rebautizaba a los jugadores. A un jugador que fallaba goles, pero sonreía a la manera de Ronaldinho, le puso "el hombre de la sonrisa fácil".
-¿Cuándo comenzó entonces tu trabajo concreto con el fútbol?
-Quería ir al mundial del `90 a cubrirlo. Estando en esa agencia me presenté a un periódico, El Nacional, un periódico oficial, pero que estaba en un proceso de renovación, se había vuelto más próximo a la crónica. Los convencí de que me pagaran el pasaje de avión. Tenía un amigo que vivía en Roma: les dije que me quedaba con él, no tenían que pagarme alojamiento, ni sueldo, me conformaba con el avión y con las entradas. Fue como un regalo para mí.
ulises en méxico
-El personaje de tu novela El testigo regresa a México después de casi veinte años fuera. ¿Habías tenido algún período largo fuera de México?
-No, nunca. Estaba escribiendo El testigo y la primera parte que hice, todavía viviendo en México, era la posibilidad de considerar que Ramón López Velarde para algunos lectores en México podía ser un poeta sagrado. Quería explorar el misterio de un poeta que es leído por otras personas en distintas claves: para unos es un poeta transgresor, de la modernidad, con formas muy libres, muy sensual, pecador incluso. Y para otros es un poeta católico, devoto, etcétera. A su manera, López Velarde es las dos cosas. Él mismo hablaba de esas dualidades, y quizá por eso es tan atractivo para los lectores mexicanos, porque resume dos modos extremos de mirar lo mexicano. El personaje, que es un investigador literario, está en una vieja hacienda mexicana, donde se conservan muchas cosas. Aparecen por ahí unos papeles perdidos de un sacerdote muy culto, un ilustrado, que empieza a decir que López Velarde no solo es un poeta sagrado sino que es un santo, ha hecho milagros. Era la parte que me interesaba. Después se fue abriendo el tema. Me fui a vivir a Barcelona. Allí tuve más tiempo que en México, y empezó a crecer la novela. Me interesaba que fuera narrada por un mexicano que regresaba al país con el síndrome de Ulises. En eso fue muy importante el contacto con los latinoamericanos en Barcelona. En un momento Cristina Peri Rossi, que llevaba un tiempo en Barcelona, me dijo: "mira, pase el tiempo que pase, y sea cual sea la situación del exiliado, la fantasía siempre es la del regreso. Si el exiliado no puede volver, está fantaseando con volver". Originalmente se llamaba El regreso, con ese nombre la envié al premio Herralde. Luego mi amigo Ricardo Cayuela fue el que me dijo "ponle El testigo, que es más rico simbólicamente". Y como toda la novela reflexionaba sobre la figura del testigo, en qué medida rendimos testimonio cierto de los hechos, le puse ese nombre.
-El premio Herralde ha destacado a varios escritores latinoamericanos seguidos a partir del premio a Roberto Bolaño, con Los detectives salvajes. ¿En tu caso, te sentís identificado de algún modo con él?
-Fui muy, muy amigo de Roberto. Nos conocimos en México, cuando yo tenía 15 años, y él tenía 18. Los dos participamos en un concurso para principiantes, que se llamaba "Punto de partida". Él en poesía obtuvo el tercer lugar, yo en cuento obtuve el segundo lugar, y mi cuento tenía unos ecos de Antonio Skármeta, de sus primeros relatos, los de Desnudo en el tejado, que yo admiraba. Roberto también lo admiraba mucho entonces. El que continuó esa línea inicial excelente de él fue el propio Roberto, porque Los detectives salvajes tiene algo del Skármeta inicial. Con Roberto compartí a partir de allí la misma educación sentimental, y él se fue, desapareció durante mucho tiempo y yo me mantuve muy amigo de Mario Santiago, el poeta que aparece en Los detectives... con el nombre de Ulises Lima. Cuando murió Mario escribí un obituario, que fue una de las pocas cosas que salieron sobre él, y Roberto me llamó desde España y empezamos a recuperar la amistad, en el `95 o `96, hasta su muerte en el 2003. Era realmente un hermano mayor. Me siento muy cerca del tipo de literatura que hace. Creo que hay una renovación fuerte en su literatura, pero es una renovación que no abandona la narratividad, la historia, los personajes. Yo admiro a escritores que rompen con la historia, con la trama: me pueden gustar mucho. Pero yo no hago eso.
-Llamadas de Amsterdam, la novela corta que salió en Buenos Aires, ¿es reciente?
-La escribí mientras estaba escribiendo El testigo, creo que en el 2003, 2004, por ahí. La guardé, pensé que formaría parte de un libro de relatos largos o novelas cortas. Y Damián Tabarovsky me dijo: "¿Por qué no me enseñas lo que estás haciendo?". Le dije que estaba armando ese libro, y se lo di. Me dijo entonces que Llamadas... podía funcionar sola.
el libro chúcaro
-¿En qué estás trabajando ahora?
-Acabo de terminar una novelita para niños.
-Es una faceta tuya menos conocida en el Río de la Plata.
-Pasa que los libros para niños se vuelven como bastante locales. Hay un prejuicio de los editores, que piensan que los niños se desconciertan mucho con una palabra extraña. Por ejemplo nosotros en vez de "arveja" decimos "chícharo". En España es "guisante". Así que en la famosa historia de la princesa que siente el guisante a través de todos los colchones, en un país tiene que servir la arveja, y en otro el chícharo. He escrito libros para niños de cuatro años, un libro que se llama Cazadores de profetas. Pero la que terminé tiene como doscientas páginas. Ya es para preadolescentes, 12 años o más. El protagonista tiene 12 años. Sale en el Fondo de Cultura Económica, y eso hace que espere que circule más que otros de mis libros para niños. Se llama El libro salvaje. Yo siento que los libros se mueven hacia los lectores, o huyen de los lectores. A todos nos ha pasado que buscas un libro en tu casa, te preguntas dónde lo pusiste. Son los libros que se nos ocultan y luego aparecen. O vas a una librería a buscar un libro, y no lo encuentras. Entras en otra, y tampoco. Al fin te resignas, ya no lo buscas, y vas a una librería de provincia, escondida, y de pronto aparece el libro, como si te estuviera esperando: es increíble. Basado en esta idea, aquí se trata de la historia de un libro que nunca ha querido ser leído, por nadie.
-¿Cuál es tu actividad laboral en este momento?
-Vivo de dos contratos de prensa básicos que tengo: uno con el periódico Reforma en la Ciudad de México, y otro con el periódico Catalunya en Barcelona. Tengo que entregarles una cuota mensual de textos a ambos.
El multiprocesador
E. E. G.
LA NOVELA LARGA, la novela corta, el ensayo, la columna, la crónica, el cuento, el reportaje (y la entrevista), el libro de tema único (el fútbol), el relato infantil, incluso el teatro: casi no hay género o formato que Juan Villoro no haya usado para expresarse. Salvo, tal vez, la poesía.
En el Río de la Plata han circulado su ficción y sus ensayos, aunque el libro que hizo más ruido, por su tema, fue Dios es redondo (Anagrama/Gussi). Hay que subrayar que se trata de uno de sus mejores libros, aunque el tema -el fútbol- pueda hacer que algunos lectores se pierdan el placer de leerlo, si no gustan del popular deporte, o si gustan demasiado, y piensan que la incursión de un hombre ilustrado será engolada o aburrida. De toda su extensión, justamente la sexta parte, que cubre el mundial del 2002, es la más fijada en el tiempo, por emplear el formato periodístico convencional de avance en el tiempo de un evento deportivo de nivel internacional. Las cinco partes anteriores son un disfrute puro, porque a menudo enfocan temas tan amplios y radicales como las carambolas de la fama de Maradona, o aprovechan el popular deporte para deslizarse con elegancia, contundencia y frases de explosiva eficacia sobre esa mezcla de excusa y base esencial. Un eje rendidor son las numerosas precisiones sobre el fútbol mexicano, a partir de una hipotética final México/Escocia, "países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios". Otra, el placer de usar su capacidad plena de escritor para referirse a jugadores, estilos nacionales, cuadros o situaciones: "El extraño ascetismo del fútbol italiano (el placer dosificado al máximo, como las decantadas gotas del café ristretto, hace que los delanteros sean solitarios que corren mucho en punta"; "Sabemos por Tolstoi que las familias felices no producen novelas. Tampoco producen futbolistas"; "[en el partido Holanda/Alemania del `74] los alemanes llegaron a la final como deportados del frente ruso. Naturalmente, ganaron el partido".
Buena parte del gusto por mezclar el deporte y el lenguaje, Villoro la aprendió de un relator mexicano genial, Ángel Fernández, sobre quien incluye un texto más bien breve en su libro. Sin embargo basta conseguir Los once de la tribu (Punto de lectura de México, aún no distribuido) para leer un extenso reportaje, y apreciar el grado extremo de minucia y felicidad con que Fernández fue relator, y ahora mito. El mismo libro, que lleva como subtítulo "crónicas" (pero que incluye varios formatos), recoge una genial reconstrucción periodística del encuentro de los "zapatistas" con sus seguidores y "fans", donde no escasean la lucidez ni la ironía, y un perfil también minucioso y logrado del subcomandante Marcos. También hay ensayos (sobre Warhol) o reportajes (a William Golding, a Jane Fonda, a Sergio Pitol, a Günter Grass).
En el plano del ensayo, hay dos recopilaciones excelentes, Efectos personales (Anagrama/Gussi) y De eso se trata (Universidad Diego Portales de Chile, aún no distribuido). Cuando se conoce en persona a Villoro se explican algunos efectos de sus ensayos. Atenidos a la forma clásica del ensayo inglés por su variedad de enfoques, el tono personal y la extensión media, asombran por lo compacto del estilo. No sólo se sigue de cerca, sino que además el estilo es aforístico en abundancia: el lápiz no para de marcar frases. Un plus importante es la naturalidad con que hace referencias a la cultura alemana, gracias a su formación. Entre los grandes textos se cuentan sus trabajos sobre Giacomo Casanova, sobre Arthur Schnitzler, sobre Chéjov, sobre Juan Carlos Onetti (que fue prólogo del primer tomo de sus obras completas en Galaxia Gutenberg), sobre Tirano Banderas.
Parte de las preocupaciones ensayísticas de Villoro se trasladaron a sus novelas largas: El disparo de argón (Alfaguara/Santillana) y sobre todo El testigo (Anagrama/Gussi). Ambas están muy enraizadas en México y entregan parte de su probable carga narrativa a cambio de un ensayismo dialogado que recuerda al mismo tiempo a Octavio Paz y a cierto Carlos Fuentes, que en buena parte de su obra ejecutó el mismo movimiento.
En dos de sus libros de cuentos, Los culpables (Interzona, aún sin distribuir), y La alcoba dormida (Hum/Gussi), aparece la influencia reparadora de Chéjov, Onetti o Schnitzler, maestros de la forma. El que da título a la edición uruguaya, es un relato que recuerda al otro Fuentes, el orfebre de historias entre góticas y fantásticas, sofocantes; en "El silencio de los cristales" Villoro logra una visión a la vez hipernítida y ambigua de Nueva York, que recuerda al Capote que tradujo (los cuentos de Un árbol de la noche). En los relatos más extensos tanto de este libro como de Los culpables ("El verano y sus mosquitos", "Coyote", "Mariachi", "Amigos mexicanos") se produce la fusión de sus capacidades de periodista y ensayista con el retrato acuciante, sitiador, de personajes que bordean el esperpento, a veces retratados con su propio lenguaje.
La medida del cuento largo desborda a novela corta en Llamadas de Ámsterdam (Interzona, aún no distribuido) para recrear el dolor y a la vez el recóndito placer de la separación afectiva (Villoro expresa a menudo el fracaso, la distancia, la limitación existente o buscada). Allí la calle Ámsterdam se convierte directamente en Ámsterdam, y permite un alargue del contacto telefónico, si no del vínculo.
Onetti
CUANDO LA PRENSA lo "redescubrió" en los años sesenta, el amparo del impulso mediático del boom, sorprendió que numerosos recursos de moda estuvieran presentes en él desde 1939. En las altas y bajas que tuvo la aceptación de su escritura, no redujo sus exigencias al lector ni buscó la descafeinada solución de las concesiones para el gran público. Siguió adelante, obstinado, audaz, casi trágico. Emir Rodríguez Monegal se refirió de este modo a la extraña recepción de su obra impar: "El fracaso de Onetti, aquí está la paradoja, no es el de la calidad sino el de la oportunidad". En 1970, en el prólogo a una nueva edición de El astillero, José Donoso lamentaba que treinta años antes Onetti hubiera perdido un certamen ante la fuerza telúrica de Ciro Alegría. No mencionó que apenas tres años atrás, en 1967, había vuelto a perder ante otro peruano, Mario Vargas Llosa. El jurado del Rómulo Gallegos prefirió La casa verde a Juntacadáveres. Con resignado humor, Onetti atribuyó el hecho a que ambas novelas trataban de burdeles, pero el de Vargas Llosa tenía orquesta.
(En La fisonomía del desorden. De El pozo a Los Adioses).