Los asaltos de un hombre piadoso

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El País

Carlos María Domínguez

AUTOR DE los célebres cuentos del padre Brown, G. K. Chesterton también brilló en los géneros del periodismo, el ensayo y el panfleto. Fue agnóstico, luego anglicano y finalmente católico. Buena parte de su obra la dedicó a estudios medievales y a la defensa del cristianismo, con la consecuencia de ser "injustamente celebrado por los católicos -señaló Borges-, y reprobado por los librepensadores".

Herejes es su exhortación a debatir el sustento moral del progreso en la política, la filosofía y la literatura. Discute con sus amigos Bernard Shaw y H. G. Wells, también con Ibsen y Rudyard Kipling, con el liberalismo y la aristocracia inglesa, por lo que entre sus adversarios debe incluirse a casi toda la Cámara de los Lores. Pasados más de cien años, su libro padece el anacronismo de la claridad, el humor y una notable agudeza para expresar problemas esenciales que el siglo XX logró oscurecer con infatigables saberes. Chesterton es directo, veloz y certero. Su arte es la paradoja, la destreza para reducir a sus oponentes por el absurdo, desarmar el sentido común y argumentar hasta el exceso. Medía 1,93 metros y pesaba 134 kilos, como la mayoría de sus ideas.

El esgrimista. Dice Chesterton que lo más práctico en un hombre es su comprensión del universo, pero cuando los viejos liberales quitaron la mordaza a las herejías, pudieron explorarse millones de cosas menos el sentido de la búsqueda, y las teorías generales fueron despreciadas como un hombre devuelve al mar un pez incomible. Así como se impuso la hegemonía de "el arte por el arte", la política se convirtió en "la política por la política", y la consagración de "la eficiencia" trajo por consecuencia un abandono de los fines en manos de hombres cada vez más pequeños.

El progreso fue el lema supremo, afirma, por oposición a ideales morales precisos. Mientras rigieron, el católico siglo XII o el filosófico siglo XVIII, aún en la diferencia acordaron una dirección y tuvieron la sensación de progresar. "Pero nosotros estamos en desacuerdo precisamente sobre la dirección. Si la excelencia futura consiste en más ley o menos ley, en más libertad o menos libertad; si la propiedad privada debe ser finalmente concentrada o finalmente desmenuzada; si la pasión sexual alcanzará su mayor salud en un intelectualismo casi virgen o en una total libertad animal; si debemos amar a todo el mundo con Tolstói o no perdonar a nadie con Nietzsche… No sólo es cierto que la época que menos ha determinado qué es el progreso es esta época `progresista`. Además, es verdad que las personas que menos han definido qué es el progreso son las personas más `progresistas` de ella".

Defensor de la religión, el dogma y la familia, Chesterton hizo gala de la anticipación en el ataque, con la inteligencia de un buen esgrimista. No es sencillo negar que los símbolos religiosos pertenecen a la primaria poesía humana mientras que los rituales de la vida moderna se consuman en los felpudos, los artículos de moda o las corbatas blancas para la noche, revelando su condición de puros rituales. Tampoco que la familia es el gran desafío de la diversidad puesto que nunca es pacífica ni agradable ni unánime, mientras las camarillas de las ciudades buscan la estrechez de una afinidad que borra las intolerables diferencias entre los hombres. A todo ello, Chesterton suma la herida del progreso: "No podemos volver a un ideal de razón y cordura. Porque la humanidad ha descubierto que la razón no conduce a la cordura. No podemos volver a un ideal de orgullo y goce, porque la humanidad ha descubierto que el orgullo no conduce al goce".

Son tantos los argumentos y los problemas concentrados bajo la unidad de su inteligencia que la lectura de estos ensayos convierte su discusión en una generosa experiencia, acaso porque Chesterton nunca pide que el lector esté de acuerdo con él. Sólo pide que lo desmientan.

Una extraña claridad devoradora. Es particularmente oportuno el cuestionamiento moral de Chesterton a los límites de la literatura moderna porque una vez más, la coloca en la encrucijada de una ética que la supera. "Lo que hoy se resiente, y creo que con justicia, en esa gran literatura moderna de la que Ibsen es un ejemplo típico, es que mientras el ojo capaz de percibir lo errado adquiere una extraña claridad devoradora cada vez mayor, el ojo que ve lo que está bien se va enturbiando a cada instante, hasta volverse casi ciego de duda… Para nosotros la luz debe ser de aquí en adelante lo oscuro, aquello de lo que no podemos hablar. Para nosotros, como para los demonios de Milton en el Pandemonium, lo visible es la oscuridad. La raza humana, según la religión, cayó una vez, y al caer adquirió el conocimiento del bien y del mal. Ahora hemos caído por segunda vez, y sólo nos queda el conocimiento del mal".

El extremo de Milton le resulta apropiado para sostener que la amoralidad del arte "sólo ha producido unas cuantas redondillas", mientras que Milton no sólo gana en su religiosidad, "también en su propia irreverencia". "En todos esos libritos de versos no hallaréis un desafío a Dios mejor que el del Satán de Milton", dice, porque si la blasfemia es un efecto artístico, es que "depende de una convicción filosófica".

Hoy puede leerse con desdén esta afirmación que reclama una representación del bien, pero la novela contemporánea ha saturado tantas formas de la crueldad y el crimen que, a inicios del siglo XXI no habría una audacia más portentosa y transgresora que la dramatización inteligente del bien. Cualquier novelista echa mano a un asunto ominoso y aterra y triunfa con su capacidad de ir más lejos en la crueldad que todos sus colegas, pero no puede pasar desapercibida la invisibilidad del bien, el horror a caer en la "sensiblería", el "buenísimo" y la "baratura" de dar forma a un espíritu positivo. No sólo tiene razón Chesterton cuando afirma que hemos perdido el ideal del bien, es innegable que da terror su vacío más allá de tímidas y modestas expresiones. Las buenas novelas de desamor han sustituido a las buenas novelas de amor, los malditos a los héroes y el refinamiento del mal a la experiencia de lo sublime.

Inglaterra. La mayor paradoja de estos ensayos es que encarnan un espíritu conservador tan originalmente asumido que valen por su notable audacia. Nada más lejos de las reflexiones de Chesterton que la concesión al lugar común de los malentendidos. Como se trata de un provocador nato, son muchos los prejuicios que desmiente; entre ellos, la supuesta frialdad del carácter inglés. "Una invención del duque de Wellington -asegura-, que era irlandés". Para probarlo, recuerda varios episodios emotivos de la historia de Inglaterra y las últimas palabras del Almirante Nelson al capitán de la nave donde yacía, rodeado de oficiales, luego de la batalla de Trafalgar: "Déme un beso, Hardy".

Feliz de entrar a saco en las convenciones de todo género, concede que la autorrepresión es un producto de la aristocracia, ausente en el vigor de las masas inglesas que hallaron en Dickens a su mejor retratista.

Un ensayo dedicado a los novelistas que adjudicaron una inteligencia desmedida a los aristócratas, ilustra que el conservadurismo de Chesterton no debe ser entendido en términos políticos. Es tan imposible reseñar sus agudezas como resistir la tentación de citarlo una vez más: "Las clases bajas de Inglaterra no temen en absoluto a las clases altas; es imposible temerlas. Simplemente las veneran, libre y sentimentalmente… El carácter oligárquico de la comunidad inglesa actual no se basa, como en muchas oligarquías, en la crueldad de los ricos con los pobres. Ni siquiera se basa en la bondad de los ricos con los pobres. Se basa en la perenne e infalible bondad de los pobres con los ricos".

Son veinte los ensayos de este libro y muchas las estocadas. Por tratarse de un género que prueba las ideas, su virtuosismo es prodigioso.

HEREJES, de G. K. Chesterton, Acantilado, Barcelona, 2007. Distribuye Gussi. 230 págs.

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