Una sociedad escindida

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El País

Mario Trajtenberg

IRÁN ES un gigante regional que produce mucho petróleo. En 1976 festejó dos milenios y medio de monarquía y ahora, convertido en una república, su búsqueda de energía nuclear se enfrenta a la hostilidad de Estados Unidos. Enclavado entre las zonas de influencia de Rusia y el viejo imperialismo británico, comparte fronteras sensibles y, en pleno mundo islámico, reivindica una versión propia y oficial de la religión musulmana, el chiísmo, que suele estar en conflicto abierto con las otras.

Un profesor de historia de la Universidad de Connecticut, Fajreddin Azimi, contribuye en The quest for democracy in Iran (Harvard University Press, 2008, 492 págs.) a que la situación actual del país sea mejor conocida y comprendida. Azimi es iraní y, para su crónica de cien años de conflictos internos y avasallamiento externo, maneja con soltura los documentos del idioma, además de tener acceso a una nutrida documentación diplomática norteamericana.

Su tema declarado es "la supresión y búsqueda de la democracia en Irán", fórmula que puede provocar escepticismo en quienes no crean en esa búsqueda ni en su resultado. La empresa sirve al mismo tiempo para situar mejor dos episodios traumáticos de la historia iraní en el siglo XX: la gesta nacionalista de Mosaddeq y la revolución encabezada por el ayatola Jomeini, que derrotó a la monarquía e impuso un gobierno teocrático.

El calvario de un tercermundista. Reza Sha, creador de la última dinastía real iraní, muere en 1944 y es sucedido por su hijo Mohammad Reza Pahlevi, un joven de 21 años, con educación europea y poco carácter. Teherán ha dejado de ser el pueblo polvoriento que era y se transforma en una ciudad moderna, con pavimento, tiendas, cines, librerías y cafés, asociaciones políticas y el Tudeh, un partido marxista. También aparece el extremismo islámico de los Fada`iyan, contrarios a la modernidad, el secularismo, el comunismo, el pluralismo y el nacionalismo cívico. Hasta el golpe de 1953 puede decirse que hay un período de protodemocracia. Las fuerzas extranjeras que ocuparon el país durante la Segunda Guerra Mundial van evacuándose gradualmente y, desde el parlamento, se siente la voz de Mohammed Mosaddeq, un abogado educado en Suiza y contrario a las pretensiones absolutistas del soberano.

La cuestión del petróleo pasa a dominar la política. Mosaddeq promueve elecciones libres y el fin de la ley marcial. El nacionalismo llega al poder en 1951 cuando Mosaddeq es nombrado primer ministro con sólido respaldo popular, y procede a nacionalizar el petróleo. La élite social lo considera un demagogo y el Sha no puede soportarlo. El clero ha pasado a apoyar al Sha, con la complicidad de Inglaterra, que sobornaba diputados e intentaba desestabilizar al gobierno. Luego de haber renunciado, Mosaddeq volvió al mando en 1952, en medio de un levantamiento popular, y recibió del Sha la autoridad sobre las fuerzas armadas.

Azimi juzga implacablemente la actividad de la CIA y los servicios secretos británicos, que conspiraron abiertamente contra Mosaddeq, en medio de una campaña de desinformación facilitada por la nueva libertad de prensa. Mosaddeq estaba guiado por la idea fija de que el Sha debía "reinar pero no gobernar". La desventura de esta idea arroja luz sobre el fracasado experimento de gobernabilidad democrática en Irán, poniendo de manifiesto las debilidades y contradicciones de su constitución (1906).

Mosaddeq fue un pionero del tercermundismo. Depuesto en 1953, en una operación militar financiada por la CIA, fue condenado a tres años de cárcel y luego arresto domiciliario, hasta su muerte en 1967. Terminó así quien, en plena Guerra Fría, se atrevió a que lo consideraran un aliado objetivo del comunismo. En 1954 se formó un consorcio petrolero que anuló la nacionalización de 1951 y derivó hacia Estados Unidos el 40 % de las acciones del consorcio, y otro tanto al Reino Unido. Creció el aparato de coerción de un estado policial, con lo cual la Guerra Fría perpetuó el monarquismo autocrático del Sha, "baluarte contra el comunismo", a expensas de las aspiraciones democráticas. Con todo, en 1962 se implantó en Irán una reforma agraria, posterior a las de Egipto (1952) y Siria (1958). También se concedió en 1963 el voto a las mujeres, resistido por el clero. En 1976 se festejaron, "2.500 años de la monarquía persa".

El clero al poder. Lo que viene después dejó a Irán sin política laica ni democracia. En un año, centrado en el "viernes negro" del 8 de setiembre de 1978, cae la monarquía y vuelve triunfalmente Jomeini desde París, después de 17 años. Mientras tanto el Sha Mohammad Reza Pahlevi, en un estado de desesperación, paranoia y una enfermedad que se revelaría mortal, parte a Egipto y no volverá más.

El "paredón" que se organizó después terminaría con militares, opositores políticos y "delincuentes morales". Fueron 53 años de un régimen basado en el engaño y el favoritismo, que con frecuencia alejó a los más valiosos y se quedó con una corte cómplice y aduladora, sin gente capaz. Para los jomeinistas, empezaba "una era de virtud" que pondría fin a la búsqueda desenfrenada del placer y los bienes materiales.

La nueva constitución aprobada por referéndum en 1979 consagra el predominio del clero; Jomeini ha expulsado al último presidente civil, Bani-Sadr, cuyo sucesor clerical será el ayatola Sayyed Ali Jamenei, apoyado en un presidente del parlamento igualmente religioso, el patricio Ali-Akbar Hashemi Rafsanyani. El Tudeh, a pesar de su servilismo, es suprimido en 1983. Mientras tanto, desde setiembre de 1980, Irán libra una guerra sin cuartel con Iraq, que le costará un millón de muertos y sólo terminará en 1988 con un cese el fuego tramitado por la ONU. Jomeini muere al año siguiente.

Sin la mayoría del electorado. Sayed-Mohammad Jatami gana la presidencia por amplia mayoría, y al principio parece un firme opositor de la vieja guardia y el statu quo. Pero pierde impulso ante los ataques de que es objeto y debe ceder el paso a los conservadores en la persona de Mahmud Ahmadi-Neyad, elegido en 2005 sólo en segunda vuelta. Tiene 49 años y es un ingeniero provinciano, hijo de un herrero. Su ascenso refleja el éxodo de la población rural a las ciudades. En cierto sentido, representa una reacción del "país profundo". El nuevo presidente adopta un lenguaje populista de tono mesiánico y contenido autoritario, inspirado por un combate contra la desigualdad. Con sus modales plebeyos, su religiosidad y su frugalidad, crea la imagen de un dirigente salido del pueblo, que divulga opiniones simplistas sobre la gobernabilidad, la economía y el mundo moderno. Aboga por un concepto clave en el movimiento revolucionario, la justicia, que el jomeinismo fue incapaz de implantar. Después de más de un cuarto de siglo de la revolución, subsistían brutales desigualdades y las decisiones seguían en manos del Guía espiritual, Jamenei. La nueva constitución ha perpetuado así una crisis de autoridad entre los protagonistas civiles y religiosos.

Azimi hace notar que los que no votaron a Ahmadi-Neyad, 30 millones de iraníes, representan la mayoría del electorado. Considera que el país está en un paréntesis del camino a la democracia, del que puede salir con la acción de gente presa por sus ideas como Akbar Ganji. El futuro le motiva "un optimismo moderado, pero cierto".

Una voz subterránea

"EL DISIDENTE más famoso" de Irán, Akbar Ganji, escribió en la cárcel y en medio de una huelga de hambre la requisitoria que ha publicado la Boston Review, The road to democracy in Iran (MIT Press, 2008). Es una defensa ardiente de los derechos negados por el régimen, y traza un camino hacia la democracia, mucho más pasional que el diseñado por Fajreddin Azimi. Cuando habla de los derechos humanos en el contexto de un "régimen violento y coercitivo" Ganji pisa firme. Se extiende, por ejemplo, sobre la situación de la mujer, víctima de lo que llama un "apartheid" de género. En la actualidad es peligroso discutir esta situación, a riesgo de caer en la herejía. Y debe saberse que en Irán es lícito matar a una persona si se prueba que es un hereje.

El Occidente, concluye Ganji, debe cuidarse de adoptar dos pesos y medidas: por ejemplo olvidar las bombas nucleares de Israel mientras insiste que Irán no tiene el derecho de enriquecer uranio para producir energía nuclear. Defiende la idea de un Islam "polifónico", liberado de un apego excesivo a su memoria histórica, y unido al Occidente en la tarea de crear un nuevo orden mundial espiritual y moral.

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