Enrique Hetzel
CONSIDERADO como el más talentoso de los pianistas de jazz de raza blanca en la segunda mitad del siglo XX, Bill Evans (1929-1980) mantiene una apreciable influencia en muchos músicos actuales. Sus discos siguen reeditándose con toda regularidad y la admiración de sus seguidores no decrece a casi tres décadas de su desaparición.
Dueño de una técnica formidable, poseedor a temprana edad de sólidos conocimientos de música clásica, lector de partituras a primera vista y ejecutante consumado de obras de Beethoven, Brahms, Mozart y Schubert, la sorpresiva inclinación hacia el jazz, el impecable sentido de sus armonizaciones, su acendrado lirismo y una natural destreza para la improvisación, lo convirtieron en el multipremiado artista que dejó un legado de maravillosas grabaciones.
Su vida, los discos, las composiciones musicales y actuaciones en giras y conciertos, son analizados con profundidad en un magnífico libro de Peter Pettinger, un concertista de piano que, siendo adolescente, escuchó a Evans y quedó flechado de por vida. Esto se nota en el fanatismo y la pasión con que escribe sobre su ídolo.
PRECOCIDAD Y TALENTO. Después de detallar los antecedentes familiares de Evans, Pettinger relata que el niño estudió flauta y violín a los siete años pero siempre mostró sus preferencias por el piano. Escuchaba la radio, absorbía todo tipo de música, estudiaba sin descanso y a los trece tocaba sin errores cualquier partitura que le pusieran por delante.
Una noche, tocando con la banda del instituto en el que estaba matriculado, tiene un golpe de inspiración y ejecuta una pequeña variante de blues que no figuraba en el pentagrama. Fue una revelación para el adolescente y a partir de ese día empieza a improvisar.
Lo contratan para animar bodas, bailes y funciones teatrales. Compra discos de Bud Powell, Earl Hines y admira a Nat "King" Cole. No deja de perfeccionarse en teoría musical y composición, y provoca los elogios de sus profesores.
Entre 1951 y 1954 tiene que cumplir con el servicio militar obligatorio, que por fortuna no le deja secuelas negativas. Y decide radicarse en New York, convencido de que sabría abrirse paso entre los brillantes jazzistas de esa ciudad.
CAMINO A LA FAMA. Evans trabaja con Mundell Lowe, Tony Scott, Jerry Wald y realiza giras con Herbie Fields. En la célebre calle 52, donde se concentraban los mejores clubes de jazz, escucha ávidamente a Art Tatum, Thelonious Monk y otros grandes.
El director y compositor George Russell queda impresionado por su talento y le enseña el concepto cromático de organización tonal, que Evans incorpora a su lenguaje musical y que será uno de los puntos fuertes de su participación en Kind of Blue, el magistral disco que produjo la banda de Miles Davis en 1959. Parte del capítulo siete está dedicado a la génesis y realización de esa obra maestra.
A esa altura Evans ya era solicitado por una gran mayoría de músicos, tocaba en casi todos los clubes, hacía giras bastante agotadoras, actuaba en festivales de jazz y había empezado a grabar sus primeros discos como líder. Pettinger dedica detallados análisis a esas grabaciones. En cuatro ocasiones transcribe partituras para demostrar sus asertos y recurre con frecuencia a la terminología musical para explicar la evolución del estilo del pianista.
También señala que una hepatitis mal curada empieza a minar la salud del músico y que la situación se agrava con el creciente consumo de heroína.
NUEVOS CONCEPTOS PARA TRÍO. En 1959 Evans quería formar un trío que se alejara de la rutinaria noción de pianista dominante y el simple acompañamiento rítmico de contrabajo y batería. Pettinger describe las unificadoras ideas de Evans y cómo éste logra obtener el concurso de Scott LaFaro y Paul Motian.
Desde el primer disco que editan, las encuestas de las revistas de jazz internacionales marcan las preferencias de críticos y aficionados por el nuevo trío. Pero un accidente automovilístico termina con la vida de LaFaro en julio de 1961 y a partir de ese momento Evans pasará el resto de su vida buscando reemplazantes que mantengan la filosofía original del grupo.
Los encuentra en contrabajistas como Chuck Israels, Eddie Gómez y Marc Johnson, y bateristas como Philly Joe Jones, Marty Morell y Joe LaBarbera. Con cada trío nuevo, el pianista despliega una creatividad poética mayor.
El éxito creciente obliga a los sucesivos tríos a cumplir con trabajos diarios cada vez más exigentes. Pettinger narra en detalle las sesiones de grabación, las giras internacionales (una de ellas trae a Evans a Montevideo en 1973, pero el autor no la menciona), los interminables conciertos y, consiguientemente, los problemas familiares, la pésima alimentación, la falta de descanso, el empeoramiento de la salud por causa de la hepatitis y el consumo de cocaína.
La noche del 10 de setiembre de 1980 no puede terminar la actuación. Sus amigos lo llevan hasta un hospital de Manhattan, donde muere cinco días después.
DISCOGRAFÍA COMPLETA. El libro incluye un índice onomástico y la documentación utilizada, pero lo más valioso son las cuarenta y seis páginas con la discografía de Evans, con las fechas y lugar de las grabaciones, elenco de músicos, lista de temas ejecutados y tomas dobles. Se corrigen errores de discografías anteriores y de notas impresas que acompañan a los discos y se indican los nombres de los productores e ingenieros de sonido en aquellos casos en que se conocen. Por las dudas aclara Pettinger: "En el pantanoso terreno de los discos pirata, la lista no pretende ser exhaustiva".
La traducción de Ferran Esteve es impecable.
VIDA Y MÚSICA DE BILL EVANS, de Peter Pettinger. Editorial Global Rhythm Press. Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 419 páginas.
(NOTA: dos artículos sobre Bill Evans fueron publicados en los números 417 y 653 de El País Cultural, con fechas 31-10-1997 y 10-5-2002 respectivamente).
En Montevideo
EL VIERNES 22 de junio de 1973 actuó el trío de Bill Evans en el Teatro Solís. La deficiente promoción del espectáculo y el alto precio de las localidades motivaron una escasísima concurrencia de espectadores. A las 22 horas, la gerencia del teatro decidió habilitar solamente la platea, que resultó más que suficiente para acoger al medio centenar de asistentes que ovacionó a los tres jazzistas por el espléndido concierto.
Pero los elogios no fueron unánimes. Unos días después, el diario La Mañana publicó una esmirriada columna de apenas once centímetros en la que el crítico Julio Novoa escribió el siguiente comentario:
"Concierto de jazz por el Trío de Bill Evans. Marty Morell (batería), Eddie Gómez (contrabajo) y Bill Evans (piano). En el Teatro Solís, junio 22.
Ante muy escaso público, realizó el viernes de noche en el Solís una única presentación Bill Evans Trío, integrado por excelentes instrumentistas, especialmente el bajista Gómez, de muy buenos dedos y ritmo.
Si el nivel fue satisfactorio, parece evidente que la orientación estética del conjunto representa un arcaísmo en el desarrollo actual del jaz. Esto luce como ambientación para club nocturno, como fondo musical que no justifica una actuación en escenario grande, y a cuatro mil pesos la platea (claro que de los concurrentes, apenas un 10 % debe haber cumplido con tal requisito). Y aquí no pasó nada".
Todo sic, con faltas de ortografía.