Amílcar Nochetti
UNA VEZ MÁS Don Oscar se equivocó. 2007 fue para Hollywood el año de los hermanos Coen, después del éxito de Sin lugar para los débiles. Lejos de todo el fragor mediático, y con la mente más serena, esa película no parece mejor que otras anteriores de los Coen, cineastas que filman muy bien pero cuyas ideas caben dentro de una caja de zapatos. En cambio, Oscar parece haber desechado a un verdadero creador, Paul Thomas Anderson. Ese nombre quizás no diga mucho al lector, pero sí los de sus dos obras mayores: Magnolia y Petróleo sangriento. Con ellas Anderson arribó a una cima artística que ningún colega de su generación (ni siquiera el publicitado Tarantino) logró alcanzar.
PRIMERA ETAPA. Anderson nació el 26 de junio de 1970 en un lugar privilegiado para cualquier cineasta, el Valle de San Fernando, en el área suburbana de Los Ángeles. O sea, un lugar muy cerca de Hollywood, pero que no es Hollywood, lo que permite un buen conocimiento del terreno laboral y humano, y a la vez la suficiente distancia como para mirar las cosas con una perspectiva más crítica. Debutó con el corto amateur The Dirk Diggler Story (1988), falso documental sobre una ex estrella de cine porno. Después de asistir al curso de cine de la Universidad de Nueva York, un segundo corto realizado en condiciones más profesionales (Cigarettes & Coffee, 1993) llamó la atención sobre Anderson, que se desempeñó luego como asistente de producción en comerciales y videos musicales. Pero estaba visto que la estética clipera no era lo suyo, y se apartó de esas áreas para debutar en el largo con Sydney: juego, prostitución y muerte (1996), financiado por el Sundance Institute. La película, fugazmente exhibida en Montevideo por Cine Universitario, es la historia de un veterano y experto apostador que inicia una amistad con un joven que lo admira. Pero ese muchacho se enamora de una prostituta de Las Vegas, y allí comienzan los problemas, con asesinatos y venganzas visibles, pero también con una filosofía de vida encadenada a la importancia del azar, un elemento riesgoso que será una constante en el posterior cine de Anderson. El film fue bien recibido por la crítica pero tuvo escasa repercusión en la taquilla.
Sin amedrentarse por ello, el joven director encaró una tarea más ambiciosa: Juegos de placer (1997), que sólo llegó en video a Uruguay, contó en 150 minutos los avatares de la producción de cine pornográfico en los años 70 y 80, e hizo hincapié en la vida de una familia enorme, la de los actores-directores-técnicos de la pornografía, que casi sin conocerse convivían en la más terrible soledad compartida. Es un retrato compasivo y realista, pero no se detiene solamente en el análisis de caracteres, sino que es además una lección de cómo debe rodarse un material riesgoso: Anderson filma como al pasar, con una cámara suelta, sin subrayados, y con un dominio absoluto del amplio material que le proporciona esa veintena de personajes entremezclados y a la vez distanciados unos de otros en esencia y presencia. Y hay también dos largos planos-secuencia de siete minutos cada uno (el primero al inicio en un night club, el segundo en una fiesta con asesinato y suicidio incluidos) que son una lección de cine y muestran el talento de un joven que parecía salir de la nada.
La confirmación de sus excelencias como cineasta llegó con Magnolia (1999), historia coral sobre la crisis afectiva, física y moral de un amplio grupo de seres humanos que atraviesan situaciones límite. Durante 188 minutos esa gente pronuncia confesiones de una crudeza y profundidad desacostumbradas para los parámetros de Hollywood, pero a ello debe agregarse una veintena de actores de primera línea (la impactante Julianne Moore, el crepuscular Jason Robards, un sorprendente Tom Cruise, etc.) y una puesta en escena de notable virtuosismo, arriesgada hasta la desmesura, con moribundos que cantan y un bíblico diluvio de sapos cerca del final. Magnolia impacta por su nervioso montaje, por la suma de situaciones de avasallante y conmovedora potencia dramática, y por la irreverencia con que escarba en el patetismo y las miserias de unos personajes torturados que se debaten entre la falta de contención emocional, las presiones y represiones del medio, el adulterio, el incesto y el cáncer terminal. Incapaz de controlar su creatividad y su osadía, Anderson utiliza a esos agonistas para conmover, ruborizar o indignar al más distraído de los espectadores.
SEGUNDA ETAPA. Hubo cuatro años de silencio, para volver desconcertando a todo el mundo con la comedia Embriagado de amor (2003), que en pocas palabras parece la historia maníaco-depresiva de un personaje al límite de la salud mental. Con momentos de sátira despiadada e instancias de edulcorado cuento de hadas, el film es el agridulce retrato de un hombre solitario y patético, fóbico y con súbitos arranques de violencia, que se enamora de una divorciada que trabaja para una de sus siete tiránicas hermanas. Anderson se apartó del gigantismo de Juegos de placer y Magnolia para volver a una estructura descriptiva y bastante contenida, emparentada con Sydney.... En ella tiene cabida un provocativo andamiaje estético y técnico en el que combinó una cautivante fotografía en CinemaScope, un sensacional uso del sonido Dolby y una premeditada sofisticación para los movimientos de cámara, que convirtieron al film en un ejemplo delirante, casi surrealista, que puede cautivar o exasperar según la sensibilidad de cada espectador. En Estados Unidos fue un éxito de público. En Uruguay pocos la vieron, y a casi nadie le gustó.
Petróleo sangriento (2007) poco tiene que ver con la novela socialista de Upton Sinclair, y es en cambio una descripción apasionante y aterradora acerca de la contracara del sueño americano, de la ambición y la violencia más primitivas, de las consecuencias del capitalismo salvaje, de los efectos del fanatismo religioso y de la manipulación de vidas humanas, con las cuales se han construido siempre los grandes imperios. Amparado por una antológica labor de Daniel Day-Lewis, Anderson apela a una narración premeditadamente clásica (excepto un riesgoso y espléndido quiebre sobre el final), se apoya una vez más en largos planos-secuencia, y recibe los aportes fundamentales del decorador Jack Fisk y el fotógrafo Robert Elswit, que logran que una película de modesto presupuesto parezca una verdadera superproducción.
Muchos críticos han comparado al director con Jean Renoir y Max Ophüls por su obsesivo manejo de las cámaras, con Francois Truffaut y Martin Scorsese por su "cultura" como cineasta, y con Tim Burton por la confección de personajes presuntamente bizarros. Más que comparación habría que hablar de influencias, y allí sí habría razón para confiar en la famosa "cinefilia" del director. Pero a mi entender los nombres serían otros. En las películas de Anderson se detectan episodios de narración clásica dignos de John Ford, un uso conceptual del paisaje que proviene de George Stevens y un férreo manejo de vastos elencos, deudor de William Wyler. También hay retratos de ambición desmedida equiparables a los de Erich von Stroheim en Avaricia, Orson Welles en El ciudadano y John Huston en El tesoro de la Sierra Madre. El gusto por las historias corales vincularía a Anderson con Robert Altman, y su suntuoso manejo de la cámara a Stanley Kubrick. Incluso podría emparentarse al director con Steven Spielberg, algo que a simple vista puede resultar descabellado: bien mirado el dato tendría que ver con el inicio de sus carreras, en las que ambos surgieron muy jóvenes logrando éxitos de público (bien diferentes, eso sí) y el favor de la crítica especializada. Más allá de nombres, Anderson, con 38 años de edad y apenas cinco largos en su haber, ya no parece un joven talento que alcanzó una temprana madurez, sino un artista mayor cuya dimensión real sólo se apreciará debidamente cuando el impacto de esas películas decante y su carrera prosiga. Los amantes del buen cine esperan ansiosos.