Constantino Bértolo
SYLLABUS es un relato firmado por Juan Benet editado por primera vez en el libro Cinco narraciones y dos fábulas que publicó la editorial La Gaya Ciencia en 1972. Las cinco narraciones que se recogen en el libro pertenecen al género de literatura de misterio y demuestran el dominio que Benet, buen conocedor de la tradición gótica inglesa, tenía en ese campo. En estos tiempos donde algún sacristán o monaguillo literario puede decir pública e impunemente que la prosa de Benet es un ladrillo o algo semejante, sería bueno volver a estas narraciones que tan claramente muestran el talento del autor de Volverás a región. "Syllabus" no es, entre las narraciones que el libro recoge, la más prototípica en cuanto a literatura de terror o misterio y ni siquiera es la más perfecta desde un punto de vista técnico. Parece representativa de un modo de hacer literario muy particular a la hora de mostrar o enseñar los territorios del terror en la literatura española contemporánea y las posibilidades de vehicular otras cuestiones desde el interior del género.
LA HISTORIA. El profesor Canals, un reputado y sólido catedrático de Historia ha sido jubilado recientemente y una institución privada le ofrece la posibilidad de impartir un curso restringido. Acepta llevado por su necesidad de volver a sentirse ocupado y sobre todo por el deseo de "desarrollar aquellas lecciones -extracto y contradicción de muchos años de disciplinada labor- que hasta entonces su propia ortodoxia académica no le había permitido exponer en un aula pública". En efecto el curso empieza y el profesor, en las primeras clases, inicia para sorpresa de los selectos asistentes todo "un giro a su trayectoria precedente, llevando al ánimo de su reducido auditorio un espíritu de censura e ironía respecto a sus propios logros como para darles a entender que solo con aquella burlesca nota contradictoria y regocijante podía coronar una obra para la que hasta entonces no se había permitido la menor de las licencias".
El curso es un éxito y mucha gente se quiere incorporar pero el Profesor se niega a ampliar la matrícula salvo en un caso: "Tan sólo hizo una excepción con un joven estudioso de una provincia lejana que, rechazando para sí el vehículo de las cartas de recomendación o la influyente intervención de un tercero, le hubo de escribir una carta tan medida y sincera que el Profesor no dudó en enviarle, a vuelta de correo, la tarjeta de admisión tras haber rellenado y abonado él mismo la ficha de inscripción". El éxito del curso prosigue, los asistentes festejan el talento, la ironía y el ingenio del profesor. A este, en pleno estado de autosatisfacción, tan sólo le extraña que el solicitante aceptado no acabe de aparecer por las clases. Al fin éste aparece, "un hombre que por su aspecto y por su tardanza no podía ser otro que su corresponsal de provincias; se trataba de un hombre joven, prematuramente calvo", y se sentó en un lugar distante del resto de la concurrencia. Pasan las clases y el Profesor empieza a inquietarse al comprobar que el joven no se integra al ambiente del curso; no se ríe, no cabecea dando muestras de asentimiento, no festeja sus ironías ni al terminar las clases se acerca para felicitarle.
El Profesor, frente a esta actitud reacciona en un principio buscando la complicidad del extraño asistente; lo escoge como destinatario preferente y compone sus discursos buscando su benevolencia. Todo es inútil. El joven permanece educado pero indiferente y el profesor cree ver en su actitud gestos de insolencia y de sentimientos de superioridad. Al tiempo su propio desasosiego hace que el resto del auditorio perciba su inseguridad, su confusión, el descenso de su atractivo profesoral. Cuanto más inseguro se siente, más pesadas se vuelven sus clases. Un día, el joven no está presente al inicio de la clase. El profesor vuelve a ser el de siempre: brillante, ágil, seductor, ingenioso, presentando de nuevo su "un tanto impúdica concepción de la historia, aderezada con la benevolencia necesaria para hacer pasable todo el rosario de abusos y tragedias que constituían la esencia de su relato". En esto se oye crujir el suelo y el profesor ve como el oyente de provincias, con gesto de fastidio y suficiencia, toma asiento. Hay un momento de silencio y después de un aparente desconcierto el profesor reanuda la exposición con nuevos bríos aunque de manera un tanto confusa hasta que en un determinado momento y dirigiendo la mirada al joven le dirige una frase de Tucidides: "la retirada del más sabio de los atenienses de la escena pública, a fin de preservar la armonía de quienes no sabían ver tan lejos como él". El profesor termina la cita y se quita las gafas para observar el efecto que la exposición haya podido hacer en el molesto oyente, esperando verle desenmascarado. Este sin embargo: "se levantó con flema y, tras dirigir al profesor una mirada cargada con su mejor menosprecio, abandonó el local sigilosamente en el momento en que el conferenciante -de nuevo absorto, boquiabierto e hipnotizado- se incorporaba de su asiento en un frustrado e inútil intento de detención y acompañamiento, antes de desplomarse sobre la mesa y abatir el flexo".
LITERATURA DE TERROR. El Diccionario de la Real Academia define no muy afortunadamente la palabra terror como miedo intenso y la palabra miedo como "Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario". Esta definición justifica ubicar este relato de Benet como un ejemplo de literatura de terror. Pues genera angustia y angustia intensa -el final del texto parece incluso interpretar que el profesor fallece- con los síntomas que la acompañan: inquietud, sudores, dificultades en el habla, pérdida de la concentración, confusión, desesperación, es lo que detalla la narración. El miedo como una perturbación que impide el control de la situación, el funcionamiento correcto de la inteligencia para responder adecuadamente al entorno.
Aun contando con esos pequeños ingredientes: inquietud, angustia, sudores, descontrol, desfallecimiento o muerte, tan típicos y tópicos de tantos y tantos relatos de terror frontal o emocional, indudablemente la historia que Benet nos cuenta pertenece a la variante de terror oblicuo o intelectual casi de manera emblemática pues un intelectual es un protagonista y es la inteligencia, su herramienta profesional, aquello que lo no-esperado ataca e invade. Lo no-esperado, en este caso, representado por una actitud, la del joven provinciano que irrumpe y rompe el horizonte de expectativas que el relato y el profesor se habían forjado.
Del cuento parece deducirse que aquello que el joven acabará por despreciar es la estrategia de seducción que caracterizan las disertaciones del profesor: lo que tienen de sorpresivas, de inesperadas, de contradictorias con su trayectoria anterior, es decir, lo que tienen de halagüeñas para el público. El joven parece reprocharle que haya huido del rigor para buscar el éxito, la complicidad con los asistentes. Esta parece la única interpretación posible, pero tal cábala ha de quedar en mera elucubración porque evidentemente al lector le faltan datos. Y entre los datos que faltan al menos uno está escamoteado por ese narrador que se presenta como impersonal aunque cuando quiere desciende a interpretar lo que considera oportuno: el contenido de la carta que el joven provinciano le envía para solicitar su admisión, a pesar de haberse cerrado el plazo de matrícula para curso. Carta hurtada al lector de manera gratuita desde el punto de vista narrativo. Habrá quien interprete que el contenido de esa carta debe rellenarla el lector con su propia imaginación y que precisamente el hecho de que el lector deba o pueda participar de este modo en la lectura es un dato de calidad o "modernidad" literaria que sumar al haber del cuento.
Tan "democrática" opinión, muy extendida entre la academia de la crítica y el reseñismo, parece falaz y capciosa. Para lo único que sirve la ausencia del contenido de esa carta es para conferir debilidad a la historia. Si ese contenido hubiera sido dado se podría entender mejor y más certeramente la actitud de ese oyente que, paradójicamente, logra en esa carta convencer o "seducir" al conferenciante. Sin él, sólo queda elucubrar gratuitamente. La lectura no es un proceso de recreación del texto por parte del lector, por mucho que tal entendimiento pudiera halagar. Es un proceso creativo, si se quiere utilizar el término -en el sentido de que la lectura exige la utilización de una variable considerable de operaciones (siempre mucho menores que las que exige el trabajo de escritura)- pero de índole diferente. La lectura exige interpretación y por tanto imaginación, pero no elucubración arbitraria.
EL RELATO ABIERTO. Pero dejando aparte este reparo narrativo (quizá fuera mejor llamarle pereza narrativa o comodidad del narrador), el cuento de Benet permite ver un paradigmático acercamiento en nuestra literatura al género de terror y misterio en clave intelectual. Escrito con la maestría en la graduación informativa que exige, de manera especial, el efectismo que lo constituye y ya teorizado por Poe, el relato queda abierto -pero no libre- para múltiples interpretaciones: desde los que quieran ver en él una metáfora de la traición literaria que supone el buscar el halago fácil al público, hasta los que quieran verlo como una metáfora del famoso "terror a la página en blanco" o como un "eixemplo" narrativo de las difíciles relaciones entre autor y público o más concretamente entre el autor y la crítica. Un buen texto para entender los cambios, no terroríficos aunque sí al menos inquietantes, que se han producido en nuestra narrativa desde que cualquier posible público ha sido sustituido por la única expectativa de un mercado ideológicamente monopolista, dominante y predecible.
Esta narración, como cualquier otra, trata de lo mismo, de lo que tratan todas las narraciones: "Alguien cuenta algo y quiere que lo escuchemos". En eso los discursos literarios no se apartan de tantas experiencias que cada día se repiten en nuestras vidas: alguien que nos cuenta algo.
En el relato firmado por Benet ese alguien, un narrador impersonal, cuenta que otro alguien -el Profesor Canals- cuenta algo: sus novedosas teorías sobre la ciencia histórica. En realidad el Profesor Canals no cuenta: explica. Estos pequeños matices cobran una relevancia extraordinaria para nuestras averiguaciones. Ese alguien que cuenta es para nosotros casi un total desconocido. Sólo sabremos de él a través de su lenguaje y de su actitud frente a lo que nos cuenta. En realidad ese alguien actúa como un juez que nos presenta un juicio en el que el protagonista, el Profesor Canals, sale castigado. Y el narrador nos cuenta ese juicio con gusto. Al ser un narrador en tercera persona parece independiente de la historia que cuenta pero no quiere ser imparcial. Es él quien dice, malignamente, que el Profesor Canals adereza, es decir, adorna sus discursos con florituras, con brillantes ingeniosidades que en definitiva sólo buscan el aplauso fácil. El narrador se sitúa en la cabeza y en el ánimo del Profesor, nos narra su proceso de caída en el desconcierto, en la angustia, en el terror pero su actitud, su punto de vista es semejante al de ese oyente que juzga desde su silencio activo tan duramente al profesor y le reprocha su coquetería científica, sus veleidades con el aplauso. Lo condena porque, al final de su vida ha caído en el mayor pecado que puede cometer aquel que habla en público: el deseo de seducir. En ese sentido es un cuento civil, moral si se quiere, porque nos pone delante un "mal ejemplo" y lo condena, necesita condenarlo y al mostrar esa necesidad toma partido por la responsabilidad. Es, en definitiva, un cuento metaliterario porque en la medida en que la literatura es un discurso público, lo que viene a decir es que no se puede escribir en vano, que la función de los discursos públicos no es la de entretener o seducir.
En estos tiempos literarios en los que el terror de tantos y tantos escritores es precisamente el miedo a no seducir, "Syllabus" no deja de ser un cuento necesario.
La obra
JUAN BENET (1927-1993) Nace y muere en Madrid. En 1954 se recibe de Ingeniero. En los 60 publica Nunca llegarás a nada, su primer libro de relatos, y el ensayo La inspiración y el estilo. Colabora en Revista de Occidente y Cuadernos Hispanoamericanos. En 1969 obtiene el Premio Biblioteca Breve con la novela Una meditación. Desde 1976 colabora en El País de Madrid. En 1980 publica Saúl ante Samuel, con reminiscencias bíblicas y clásicas. Es finalista del Premio Planeta con El aire de un crimen, novela superada por Volavérunt, del uruguayo Antonio Larreta. En 1990 y 1991 publica La construcción de la torre de Babel y El caballero de Sajonia. En 1993, el Times lo comparó con Proust, Joyce y Faulkner.