Último jaque mate

JUAN DE MARSILIO

EL NORTEAMERICANO Bobby Fischer, campeón mundial de ajedrez en 1972 al vencer a Boris Spassky y cortar un cuarto de siglo de hegemonía soviética ante el tablero, murió asilado en Islandia, sede del match que lo consagró como celebridad.

El libro Bobby Fischer se fue a la guerra no es un comentario ajedrecístico del match. De hecho, las referencias concretas a partidas son pocas y breves, algunas de ellas tan confusas que el lector debe consultar la transcripción de la partida para entender qué le han querido decir los autores o el traductor. Este libro enfoca los aspectos no ajedrecísticos de la partida: cuánto tuvo y cuánto no tuvo de batalla propagandística dentro del marco de la Guerra Fría, las intervenciones de los gobiernos soviético y norteamericano, los sufrimientos de los organizadores islandeses ante las maniáticas exigencias de Fischer y, por sobre todo, las psicologías de los dos grandes maestros que se enfrentaron.

Ambos campeones fueron niños prodigio, aunque Fischer de modo más espectacular. Ambos usaron el ajedrez para huir de una niñez difícil: Spassky, de la posguerra en una Leningrado arrasada; y Fischer, de la condición de hijo sin padre y con una madre de carácter fuerte. Ambos llegaban a la disputa tras haber tenido brillantes carreras.

Spassky era y es un caballero, mientras que la actitud de Fischer era en extremo arrogante y sus maneras harto descorteses, tanto que el público islandés, que llegó a amar a Fischer al punto de darle asilo cuando estuvo prófugo de su gobierno, estuvo del lado del ruso hasta bien entrado el encuentro. Luego de coronarse, Fischer desatendió su carrera, se obsesionó por lo religioso y exacerbó a tal punto sus exigencias para jugar que su retador, Anatoly Karpov, fue coronado por la Federación Internacional de Ajedrez sin disputar el match. Si bien Spassky no recuperó su título, varias veces en la década del `70 fue firme aspirante a ganar el derecho a pelear el campeonato mundial.

La mayor semejanza entre ambos contendientes radica en que ninguno de los dos era lo que su gobierno y su pueblo esperaban que fuese. Spassky, más ruso que soviético -se mostraba orgulloso de que entre sus ancestros hubiese varios popes ortodoxos y afirmaba que las repúblicas bálticas eran países ocupados- veía en el enfrentamiento una fiesta del ajedrez y no el combate entre sistemas políticos que querían las autoridades soviéticas. Fischer, profundamente antisoviético, lo era por razones personales más que patrióticas.

Cuando un magnate serbio invitó a los dos maestros a una revancha veinte años después en Yugoslavia, en medio de las masacres de la guerra en Bosnia, Fischer no tuvo en cuenta la prohibición de su gobierno de jugar el match allí, lo que le valió una orden de captura y lo obligó a vivir prófugo hasta que Islandia le concedió asilo. Sus dos consuelos deben haber sido el dinero del premio y el haber vuelto a vencer al ruso.

La figura de Fischer y el propio encuentro marcaron el ajedrez mundial. No sólo por poner al deporte intelectual en los medios masivos, sino por subir el nivel de los premios de los torneos, lo que ha elevado el profesionalismo de los competidores a nivel magistral. Lo que los amantes del juego-ciencia lamentarán por siempre es que la arrogancia y excentricidad de Bobby Fischer los haya privado de la maravilla que seguramente hubieran sido las partidas que no jugó contra el maestro Anatoly Karpov.

BOBBY FISCHER SE FUE A LA GUERRA, de David Edmonds y John Eidinow. Debate, Buenos Aires, 2006. Distribuye Sudamericana. 384 págs.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar