HUGO FONTANA
JONATHAN FRANZEN nació en Illinois, Estados Unidos, en 1959. Ha ganado algunos de los premios literarios más importantes de su país, entre ellos el National Book Award en 2001 por su novela Las correcciones. Antes de ella, había publicado otras dos (Ciudad veintisiete en 1988, recientemente traducida al castellano, y Strong Motion en 1992). En español se editaron además dos volúmenes que reúnen artículos periodísticos y ensayos: Cómo estar solo y Zona templada, este último aún no distribuido en Uruguay. Por su edad y por las características de su obra, es fácil ubicarlo en la nueva generación de escritores que también integran Chuck Palahniuk y David Foster Wallace, alumnos dilectos de ese gran maestro de la literatura estadounidense contemporánea que es Don DeLillo y que, simultáneamente, también se sienten herederos -y así lo proclaman- del minimalismo de los 80.
Los muchachos -cuarentones largos ya- llegaron al siglo XXI envueltos en los humos del postmodernismo y con la sospecha de que la crisis y la fractura social que atraviesa su país es mucho mayor de la que los medios masivos presentan, más allá de la fiebre bélica y los tropiezos económicos distintivos de la administración Bush. Y también llegaron a esta primera década con la intención de escribir la tan mentada y siempre perseguida "gran novela americana", por más que se empecinen en negarlo.
ACTORES PRINCIPALES. En Las correcciones, (Seix Barral, 2002) novela que en pocos meses vendió en Estados Unidos un millón de ejemplares, Franzen traza la historia de los Lambert, una familia típica compuesta por padres y tres hijos, dos varones y una mujer, que transitan los más diversos caminos, mientras a sus espaldas sus progenitores se encuentran asediados por la enfermedad y la inseguridad económica.
Gary, el mayor de los tres, es un individuo exitoso que trabaja en un banco de inversiones, tiene una bella esposa hipocondríaca y tres hijos varones. Chip, el mediano, tropieza de un lado a otro de Nueva York sin un trabajo seguro y con una cantidad de deudas, intenta escribir el guión de una película que corrige de modo perseverante, y finalmente decide acompañar a un lituano en una aventura fraudulenta y casi imposible. Denise, bellísima y también exitosa en lo suyo -es experta gastronómica-, se debate entre una heterosexualidad que solo le ha dado un esposo mayor, del que ya se ha divorciado, y una homosexualidad que le ha ofrecido incontables orgasmos pero no menos dolores de cabeza. Entre tanto, Enid, la madre, debe cuidar de Alfred, ex ingeniero de una compañía ferroviaria del Medio Oeste, hombre depresivo, caprichoso e insulso, que ha comenzado a padecer las desventuras de la enfermedad de Parkinson.
La novela es voluminosa -casi 600 páginas en caja ancha y cuerpo pequeño - y hace recordar a Ruido de fondo, de DeLillo, a El periodista deportivo de Richard Ford, pero también a muchos de los breves y rotundos cuentos de John Cheever. Con un lenguaje exquisito y un brillante manejo de diálogos y descripciones, desbordado a veces por demasiados detalles médicos o científicos que pueden fatigar al lector, Franzen disecciona un grupo de familia que, como en toda gran novela que se precie, se transforma en una metáfora despiadada de una sociedad y su tiempo: miedos y chantajes, éxitos y fracasos, esperanzas y decepciones, vida y muerte.
En estas páginas todo parece girar en torno a la voluntad de Enid de que la familia pase la cercana Navidad en St. Jude, en la casa paterna, y en los conflictos que ello va desatando en la vida de los hijos. La madre tiene la ilusión de reunir también a sus nietos y a su única nuera, lo que no ocurre. Sabe esta mujer sacrificada y gris que esa será la última Navidad que pasen juntos. Abandona por un par de días la autocompasión que la persiguió por décadas, intenta comprender y perdonar las características de Gary, Chip y Denise, pide ayuda, deambula de un lado a otro de la casa tras el cuerpo cada vez más exangüe, cada vez más inútil de su marido. La historia general y sus acontecimientos menores se transforman en símbolo de una decadencia que va mucho más allá de los vínculos parentales: todos son deudores de un astillero mayor que se derrumba, todos son sus actores principales.
EL ARTE DEL OLVIDO. Cómo estar solo (Seix Barral, 2003) se abre con un texto titulado "El cerebro de mi padre", en el que Franzen reflexiona sobre los últimos días de su progenitor, afectado por la enfermedad de Alzheimer. En una primera ojeada, la desgracia del personaje Alfred Lambert y su Parkinson parecen emparentar a uno y otro hombre, con la única distancia que lleva de lo ficticio a lo real. El propio Franzen así lo declaró en una entrevista que le hicieron en España: "De manera constante hay en mi cabeza entre diez y veinte aproximaciones a lo que puede ser un personaje, rasgos fragmentarios que tomo de la realidad, puede ser alguien muy cercano o una persona que vi una sola vez diez años antes. Para mí el proceso de construcción de un libro consiste en ir haciendo que esos fragmentos nebulosos se mezclen, dando vida a personajes creíbles, con hondura psicológica. En el caso de Las correcciones, el personaje más fácil fue el de Alfred, porque era como estar oyendo la voz de mi padre".
El texto estremece: Franzen va detallando cronológicamente las pérdidas intelectuales y afectivas de su padre, las progresivas fallas de su memoria, en un lenguaje a medio camino entre lo poético y lo científico. Por ejemplo: "Una de las grandes facultades de adaptación de nuestro cerebro, el rasgo que hace que nuestra masa gris sea mucho más inteligente que cualquier máquina fabricada hasta ahora (el disco duro abarrotado de mi portátil o un sitio de la Web que insiste en recordar, con todo lujo de detalles, un sitio de admiradores -Beverly Hills 90210, cuya última entrada fue el 20 de noviembre del 98), es nuestra capacidad de olvidar casi todo lo que nos haya sucedido".
Establecido el debate entre la memoria y el olvido, queda también expuesta la facultad de cada ser humano de permanecer en el recuerdo de los demás, de seguir perteneciendo a una constelación de presentes o ausentes. El artículo se cierra con el fallecimiento del padre, ocurrido a mediados de los 90: "…en el estilo a cámara lenta del Alzheimer, no estaba más muerto entonces que lo que lo había estado dos horas, dos semanas o dos meses antes. Simplemente perdemos las últimas partes con las que podemos confeccionar un conjunto vivo. No habría nuevos recuerdos de él. Las únicas historias que ahora podríamos contar eran las que ya teníamos".
CAMINO A ST. LOUIS. El resto de los artículos da forma a una miscelánea donde caben un informe sobre el pésimo funcionamiento de las oficinas de correo en Chicago, miradas sobre la vida cotidiana en Nueva York ("No hay mejor manera de repudiar el lugar del que procedes, una declaración más sencilla de la intención de reinventarte que mudarte a Nueva York; hablo por propia experiencia", cuenta Franzen), un texto sobre la invasión de la vida privada en la vida pública, otro que gira en torno a la crisis de la ficción literaria y la novela ("Por cada lector que muere hoy nace un espectador…"), trabajos donde sus opiniones, inteligentes y certeras, se mezclan además con datos de su vida privada, de sus valores afectivos, de sus estrategias a la hora de escribir, de dar a conocer un título, de promocionarlo.
En este sentido destaca el artículo "Nos vemos en St. Louis", racconto de una filmación para Oprah Winfrey, conductora de uno de los programas televisivos de mayor audiencia de Estados Unidos. Decidida a entrevistar a Franzen y tras colocar a Las correcciones en su lista de libros recomendados, Winfrey solicita al escritor realizar tomas de la casa paterna y de su llegada a la pequeña ciudad donde vivió su infancia (algo similar al St. Jude de Enid y Alfred). Camarógrafos y productor quieren filmarlo en esa casa que él se niega a visitar (sus padres ya han muerto, la propiedad fue vendida). El episodio concluye con la decisión de Franzen de no aceptar la entrevista, aún a riesgo de no vender un solo libro. No le fue tan mal.