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Teatro sobre Leonardo Da Vinci
El hombre que deseaba

Hugo Fontana

Un escenario despojado: una mesa cubierta por un mantel amarillo, un par de pequeños y viejos baúles, un sillón, un caballete de espaldas al público con algunos papeles amarillentos. Cuando las luces se encienden, aparece un hombre viejo, de profusa barba blanca, enfundado en un largo sayo, calzando unas pobres sandalias y con un par de radichas en las manos. "Dejemos la retórica a un lado, entremos en materia y hablemos pues de la radicha", exclama.

Así comienza la puesta en escena de Leonardo y la máquina de volar, obra del mexicano Humberto Robles y que bajo su dirección y la de Daniel Torres, se representa en el Teatro Circular con la actuación de Roberto (Berto) Fontana en el papel de Da Vinci y de Fernando Amaral en el de Francesco, uno de sus más fieles discípulos que lo acompañó hasta sus últimos días. Torres ya había montado en Montevideo otras obras de Robles, entre ellas Kahlo - Viva la vida, con la actuación de Adriana Do Reis, que se mantuvo en escena durante tres temporadas consecutivas (2005-2007), "el montaje que más ha durado de esta obra en el mundo", según confiesa el autor, más allá de haberse estrenado en México, Estados Unidos, España y Brasil. El año pasado, cuando Robles visitó Uruguay, ya acariciaba la idea de escribir una pieza sobre Leonardo Da Vinci. Conoció entonces a Fontana, quien estaba actuando en Tolstoi (El último viaje) de Ricardo Prieto. La interpretación del veterano actor uruguayo lo incitó a terminar el texto sobre el autor de La última cena y La Gioconda. Los primeros ensayos tuvieron lugar en mayo de 2007, aunque la puesta se pospuso para enero de este año. Diversos compromisos obligaron a Robles a volver a su país, por lo que no pudo asistir al estreno.

"Curiosamente Berto ha sido un gran admirador de Leonardo desde hace tiempo", explica. "Yo desde joven me fasciné por esta figura genial. Así que Da Vinci nos unió. Es extraño pero casi no existen obras sobre este personaje, cosa rara teniendo en cuenta la cantidad de información y de anécdotas que podrían hacer que se escribieran muchas obras sobre él. Lo que desgraciadamente puso de moda a Leonardo fue El código Da Vinci, de Dan Brown; lástima, porque es un libro que considero muy malo".

Saber ver. Pintor, escultor, arquitecto, matemático, ingeniero, mecánico, físico, astrónomo, Leonardo nació en la villa toscana de Vinci en 1452, hijo natural de un acomodado notario florentino y de una campesina. Se crió con el padre, quien tempranamente advirtió sus excepcionales condiciones de dibujante y lo estimuló para que ingresara al taller de Andrea del Verrocchio, maestro al que prontamente aventajaría. A los 30 años fue acogido por Ludovico Sforza, hombre fuerte de Milán, bajo cuya protección permanecería durante casi 17 años desarrollando sus técnicas en el terreno de la plástica, que influirían profundamente en sus seguidores, entre ellos Rafael y Rubens, así como sus dotes de ingeniero militar. Sobre fines del siglo XV marcha a Venecia, regresando luego a Milán, siempre bajo la protección de distintos mecenas. Es así que en 1513 se instala en Roma a las órdenes de Guillermo de Médicis, y tres años más tarde viaja a París, donde se establecerá como primer pintor de la corte del rey Francisco I, hasta su muerte, ocurrida en 1519.

Hombre que resume en pensamiento y proyectos la esencia del Renacimiento, registró en el "saber ver" la clave de un reencuentro con la naturaleza que se había perdido, envuelto en fanatismos religiosos, durante la Edad Media. Si bien la mayoría de sus "inventos" no pudieron ser llevados a la práctica, entre ellos su famosa máquina de volar, Leonardo fue un verdadero innovador en la plástica, en particular en el por aquel entonces incipiente uso del óleo, así como en el llamado sfumato, tratamiento dado a los bordes de las figuras de sus principales cuadros. Caprichoso como todo genio, también dejó a su paso excentricidades como los veinte años que le llevó terminar La virgen de las rocas, o la magnífica estructura de La última cena, mural rápidamente estropeado y repetidamente restaurado que, sin embargo, conserva aún hoy toda su belleza y su condición de icono religioso. Pero su obra más lograda, o al menos la más famosa, es sin duda La Gioconda, que sigue concitando la admiración de la Humanidad y arrastra una larga serie de misterios que aún no se ha logrado desentrañar.

En sus reiterados peregrinajes Leonardo viajó siempre con este cuadro que empezó a pintar en 1503, que terminaría cuatro años más tarde, y que finalmente vendió a Francisco I. No solo no se sabe a ciencia cierta quién encargó la pintura ni quién fue su modelo, y si bien años atrás parecía con certeza haberse llegado a la conclusión de que se trataba de Lisa Gherardini, esposa de Francisco Giocondo, hay quienes todavía especulan con que podría tratarse de la madre de Leonardo.

Zen, yoga, tao. "La mayor parte de los ensayos fue trabajo de Robles", confiesa Daniel Torres, quien tuvo intervención decisiva en la puesta tras el regreso a su tierra del mexicano. "Con Robles teníamos una experiencia previa de codirección. En este caso me pude integrar bien al proceso recién pasado un tiempo. Hay algo más difícil que codirigir, que es dirigir con el autor de la obra, que ya tiene una idea previa, una visión particular de su propio texto". Con respecto a la dirección de actores, más allá de la diferencia de edades entre Fontana y Amaral, Torres sostiene que fue como "dirigir a dos jóvenes. Berto nunca hace valer el peso de su edad, sino que cuando habla lo hace desde su experiencia pero siempre para hacer buenos aportes".

"Al principio la ide a de trabajar con Berto me dio un poco de miedo, porque la obra también atemoriza: son solo dos personajes", dice por su parte Amaral. "Estamos muy expuestos y desde que entramos a escena prácticamente no salimos hasta el final de la obra. Pero más allá de actuar con Berto, quien además fue mi profesor, como sucede con la mayoría de los actores de mi generación, hubo un momento en que comencé a dejarme llevar, y eso tiene mucho que ver con el entendimiento que ambos logramos. Los personajes establecen una relación de padre a hijo, de maestro a alumno, que de algún modo reproduce lo que ocurre en la vida real". Con respecto a Francesco, Amaral sostiene que en un principio buscó datos de Leonardo, a quien poco conocía, "pero luego lo hice acerca de mi personaje. En una de las biografías que consulté, se sostiene que Leonardo murió en los brazos de Francesco y no como, en su delirio, creyó que lo hacía en manos del rey de Francia".

La pieza se centra en algunos debates que parecen obnubilar a Leonardo ante la cercanía de su muerte. "Él es un personaje que desea a cada segundo. Su vida es un signo de la alegría de vivir", manifiesta Fontana. "Y esa alegría está volcada en ese deseo permanente, deseo absolutamente relacionado en la averiguación, en la investigación, que él así sublima. Leonardo es un personaje de la sabiduría, no de la filosofía, y está totalmente vinculado en su pensar y en su hacer con los principios de las tres únicas sabidurías que el ser humano desarrolla: zen, yoga y tao. Son sabidurías porque no tienen nada que ver con la religión ni con la filosofía: definen la maravilla de ser y toman como principio el que cada ser humano es una maravilla única e irrepetible. Todo eso nutre el mundo y el aire de Leonardo".

Belleza

Leonardo: Cuando servía al duque de Romaña, César Borgia, en calidad de arquitecto e ingeniero mayor, al supervisar las obras en las fortalezas de los territorios papales, me di cuenta de que parecen ser más importantes los inventos… que el arte. ¿Acaso la cúpula de una magnífica catedral o el cuadro más perfecto han modificado un ápice el curso de la Historia? En cambio, ¿qué me dices de las armas y de las máquinas de guerra…? He llegado a la conclusión de que han sido las batallas y no las artes las que han cambiado la faz de la tierra… Yo he servido más con la hidráulica y la mecánica… que con el sfumato y el claroscuro… Así que seguramente seré más recordado por la catapulta… que por la Mona Lisa… Todo lo que hay de bello en el hombre pasa y no dura. En todo caso, me consuela saber que le he dado un poco de belleza al mundo. Ella perece en la vida pero es inmortal en el arte.

(De Humberto Robles, Leonardo y la máquina de volar)



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