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Novela de Irène Némirovsky
El largo viaje de David Golder

Soledad Platero

LOS AÑOS VEINTE fueron una fiesta. Optimista en América, decadente y disoluta en Europa, la década que siguió a la primera gran guerra se sacudió al compás de diversos ritmos y celebró el advenimiento de toda clase de novedades estéticas, políticas y espirituales. Pero para que algunos bailen, otros tienen que dejar la vida, y eso, a la larga, termina mal.

Irène Némirovsky nació en Kiev en el año 1903. Su padre era un rico banquero judío que luego de la revolución socialista abandonó Ucrania llevándose a su familia. En 1919 los Némirovsky se establecieron en París. Irène, que había sido educada por una institutriz francesa y hablaba perfectamente el francés, comenzó sus estudios en la Sorbona y obtuvo una Licenciatura en Letras en 1926. Tenía veintitrés años, y ya era escritora.

David Golder (1929) fue su primer éxito -la solapa de esta edición la hace aparecer también como su primera novela, aunque fue precedida por Le malentendu (1923) y por L`enfant genial (1926)- y la introdujo, con plena justicia, entre los más grandes escritores en lengua francesa.

Decir que no. David Golder es un judío rico, muy rico, lleno de hábitos de judío pobre. Hizo su fortuna en los negocios, enfrentó quiebras, recompuso sus finanzas y llegó a ser considerado un peso pesado en el mundo de las transacciones millonarias. Llegó a Europa del oeste escapando de la miseria y la guerra en su pueblo natal, y durante años vivió en inmundas juderías con olor a col hervida y a ropa húmeda. Pero su habilidad para los negocios y su enorme capacidad de trabajo le permitieron salir de la miseria y llenar de lujos a su mujer y a su única hija.

Escrita con una elegancia y una precisión sorprendentes, David Golder es la historia de la palabra "no" llevada hasta sus últimas consecuencias. El primer "no", con el que se abre el relato, es el de Golder a su socio comercial, Marcus. Una implacable negativa de Golder precipita a Marcus al suicidio y acaba con las acciones de la Golmar, la empresa que ambos conducían. Pero Golder no siente culpa. El mundo de las finanzas no es para los débiles ni para los traidores.

Matrimonios a la rusa. La breve escena del pésame a la viuda de Marcus recuerda a La muerte de Iván Illich (León Tolstoi, 1886): la mujer que acaba de perder a su marido no hace sino lamentarse de la espantosa situación de miseria en la que va a quedar ahora, porque, dice, los maridos nunca se preocupan de dejar bien paradas a sus mujeres.

Esa mirada tan rusa sobre el matrimonio en las clases acomodadas, que aparece por primera vez en la escena del pésame, atraviesa toda la novela. El matrimonio burgués de fines del siglo XIX y principios del XX era, a los ojos de los grandes escritores rusos, un acuerdo de convivencia en el que no había piedad. El marido debía proveer, y la mujer debía gastar. No se esperaba comprensión ni solidaridad entre los cónyuges, y no había demasiadas posibilidades de tender líneas de comunicación entre ellos. Hombres muchas veces poderosos y temidos, burócratas respetados, funcionarios prestigiosos y envidiados eran, en el seno familiar, simples proveedores de dinero a los que no era necesario consultar sobre cuestiones domésticas.

David Golder es una novela rusa -deberíamos decir "un drama ruso"- aunque la historia ocurra en Francia y los protagonistas jueguen a ser franceses, y tal vez por eso el "no" de Golder a su mujer y a su hija, cuando se produce, supone un gesto de rebeldía y dignidad que no estaba dentro de lo previsible.

Ese viejo temor a la muerte. En el camino de regreso a Biarritz, luego del suicidio de Marcus, Golder sufre un malestar que le hace sentir la cercanía de la muerte. Un dolor intenso que comienza en el pecho y se extiende por el brazo; una opresión y la sensación de que el aire no llega a los pulmones; el miedo a morir y, sobre todo, a morir solo. La muerte no llega esa vez, pero anda rondando. La certeza de esa proximidad y el desamparo en el que se encuentra frente a ella se agudizan al llegar a Biarritz, a la fabulosa mansión que hizo levantar frente al mar y que sólo puede disfrutar una o dos semanas al año. La casona de Biarritz es territorio de su mujer y de su hija, y está ocupada constantemente por oportunistas y vividores que entretienen a las damas y despilfarran la fortuna de Golder.

Entre el ritmo febril y festivo en el que su mujer y su hija se deslizan día tras día y el agotador esfuerzo que él debió hacer para llegar hasta allí (y ese "hasta allí" indica un lugar físico, Biarritz, pero también indica una posición social, y por lo tanto remite a algo más que a un esfuerzo reciente) hay un contraste demasiado violento, una injusticia y una desproporción obscenas que precipitarán su decisión. Él va a morir si sigue trabajando tanto. Y morir lo asusta, pero sobre todo lo indigna morir así, sin ser amado, ni reconfortado, ni considerado siquiera por las personas que se han beneficiado de su sacrificio. Por eso, a la hora de pesar los hechos de su vida no habrá lugar para la culpa pero tampoco para la piedad. Si nunca fue débil, no va a serlo ahora, cuando todos esperan que la fragilidad física lo vuelva cobarde.

El gran baile. Irène Némirovsky publicó en 1930 una novela que se llamó El baile. Su última novela, publicada en forma póstuma por sus hijas, se llamó Suite francesa (2004, Premio Renaudot). La connotación musical de ambos títulos se corresponde perfectamente con el estilo narrativo de Némirovsky.

David Golder parece una danza. Los personajes son apenas descritos en sus rasgos físicos, pero se dibujan plenamente en el movimiento, en la forma en que se los ve deslizarse o arrastrarse, en la fuerza con que se opone la ligereza de la juventud a la torpeza de la madurez.

David Golder se publicó en 1929, el mismo año en que Alberto Moravia publicaba, en Italia, Los indiferentes. Hay varios puntos de contacto entre estas dos novelas contemporáneas; las dos parecen deberle más al teatro que a la narrativa; las dos muestran la cara corrupta y haragana de las hijas de la burguesía, de las esposas mantenidas, de la corte de zánganos que medra en las proximidades de todo burgués exitoso y muy ocupado. Pero mientras la novela de Moravia es asfixiante y depresiva, la de Némirovsky es ligera y elegante, piadosa, llena de compasión hacia las víctimas visibles de esa máquina devoradora y negligente que fue el capitalismo de entre guerras.

También Chéjov parece hablar en la obra de Némirovsky, que escribió sobre él un bellísimo libro (La vida de Chéjov, 1946) publicado en español en 1991. La tradición literaria rusa, tan presente en la sensibilidad de esta autora nacida en Ucrania, se hermana con la suave tristeza de Chéjov más que con la intensidad de Dostoievski o la densa moralina de Tolstoi.

Irène Némirovsky murió en Auschwitz en agosto de 1942. Había sido deportada un mes antes, después de haber llevado, durante un tiempo, la estrella amarilla que la distinguía como judía. Su marido fue asesinado en la cámara de gas en noviembre de ese mismo año. Las dos hijas del matrimonio sobrevivieron. Ellas conservaron los manuscritos de Irène y fueron las encargadas de varias publicaciones póstumas.

DAVID GOLDER, de Irène Némirovsky, Barcelona, Salamandra, 2007. Distribuye Océano. 190 págs.



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