Jorge Abbondanza
YA PASARON diez años desde la aparición de Hitler, una monumental biografía del dictador escrita por el inglés Ian Kershaw, y por eso el sello español Península presentó una edición-aniversario de su traducción al castellano. Quienes hayan leído los dos tomos del libro, saben que los nueve años de titánica faena dedicados por Kershaw a ese plan son acaso un esfuerzo definitivo entre todos los que han encarado el desafío de contar no sólo la vida de Adolf Hitler (1889-1945), sino el cataclismo que ese hombre provocó a su alrededor. Ningún otro personaje del siglo XX rozó como él una bestialidad de recuerdo tan perdurable y ninguno ha parecido desde entonces tan embrujador por la forma en que reunió los componentes de un político aniquilador junto a los rasgos de fragilidad emocional de un psicópata.
En lugar de ser internado en una clínica o recostarse en el diván de un analista que pudo ser salvador, Hitler emprendió una carrera pública y a pesar de no ser alemán llegó a los 44 años a conquistar el poder en Alemania, momento a partir del cual instrumentó la tiranía más espectacular del siglo, se tragó a países limítrofes y desencadenó una guerra mundial donde sucumbieron 55 millones de personas. Fue un holocausto que le habrían envidiado los dioses germánicos cuya tutela parecía invocar a través de su devoción por el teatro lírico de Wagner. Ese individuo rabioso y exaltado no vivió en el universo real sino en un mundo mágico, esfera donde creyó que su voluntarismo podía ser más poderoso que los limitados recursos de Alemania para hacer frente a una coalición de grandes enemigos y lograr el sueño militar de conquistar el planeta, estableciendo así un imperio que según él parecía destinado a durar mil años.
No estaba solo en su proyecto. Contó con la adoración de un partido político cuyos feligreses lo veneraron como a una figura sobrenatural, pero más allá de esa plataforma dispuso de la docilidad del pueblo alemán, una masa que había salido maltrecha de la derrota de 1918, padeció el desastre social, económico y financiero de los años 20 y respondió de manera entusiasta cuando Hitler le prometió recuperarla de la humillación, una propuesta que en los primeros años del régimen logró superar el enorme desempleo derivado de la crisis y resucitó en la gente de la calle el viejo sueño teutón, el de integrar la única tribu que 2.000 años antes había hecho frente victoriosamente al imperialismo romano. Esa memoria histórica fue el embrión del delirio racista que Hitler quiso imponer.
SEGREGACIóN. En el fondo no hubo mucha diferencia entre los métodos con que el Führer hizo frente a las calamidades derivadas del crack bursátil de 1929 y los planes que impulsó Roosevelt con el New Deal para que Estados Unidos resurgiera de esa postración. Un programa colosal de obras públicas y otro de rearme lograron el milagro alemán, pero ni siquiera el racismo hitleriano estaba solo en aquel mundo. Los negros norteamericanos, por ejemplo, seguían sufriendo un vasallaje que en la Segunda Guerra Mundial -la misma que Roosevelt libró contra Alemania en nombre de la libertad- sólo les permitió combatir en batallones formados por negros, al mando (eso sí) de un oficial blanco, por no hablar del trato ultrajante y a veces criminal que padecían entonces bajo el dominio inglés los pueblos africanos, hindúes o malayos que figuraban en su órbita imperial.
Es necesario recordar todo eso para engarzar debidamente las fiebres hitlerianas en una realidad como la de hace 70 años, etapa en la cual los Aliados combatieron al Tercer Reich con el auxilio de Stalin, otra bestia europea que en su política de colectivización forzada del agro y desplazamiento masivo de comunidades, provocó más víctimas mortales de las que pudo producir el sistema nazi en todo su empeño genocida. La historia no se escribe en blanco y negro, contiene tonalidades de gris que ahora permiten evocar con cierta ironía la campaña internacional que afortunadamente acabó con Hitler, aunque no terminó con la segregación norteamericana ni con la brutalidad stalinista, dos polos que a partir de la derrota alemana se trenzaron en una Guerra Fría de cuarenta años de duración.
El antisemitismo del Führer era una de sus viejas fobias, alimentada sin duda por la juventud miserable que ese hombre había pasado en Viena. Allí Hitler sobrevivió en albergues para menesterosos, fracasó en sus aspiraciones como artista plástico y sufrió seguramente ante el espectáculo de una sociedad austríaca todavía resplandeciente, donde la colectividad judía tenía una presencia destacada. Pero Hitler no inauguró el antisemitismo, un impulso que estaba latente no sólo en los países germánicos sino también en otros estados (el checo, el polaco) a los que extendería más tarde su dominio político. Lo que hizo fue llevar ese sentimiento subterráneo a un extremo asesino y sistemático, donde la planificación del exterminio practicado en los campos (Chelmno, Sobibor, Maidanek, Auschwitz-Birkenau) convirtió una fuerza sorda en una industria carnicera, para la que contó con los oficios burocráticos de un equipo muy eficiente (Himmler, Heydrich, Eichmann). Pero el perfil de esa inmensa masacre fue también una ilusión: la de creer que la máquina trituradora podía aniquilar a todo un pueblo. Y esa ilusión formó parte del terreno mágico en que operó Hitler, donde el enardecimiento ideológico y el ensueño hegemónico superaban las posibilidades del aparato militar que dirigía, una desigualdad cuyas consecuencias recaerían sobre los alemanes con otros holocaustos (el de Hamburgo, el de Dresde) hasta el apocalipsis de metralla que los sepultó en 1945.
EXPLORACIóN. Todo eso figura con obstinado detalle en la obra de Kershaw. Su amplitud y su detenimiento deben agradecerse, porque están respaldados en una epopeya de investigación donde casi nada escapa al ojo del autor. Es probable que esa hazaña de pormenores, datos, fechas, nombres, lugares y referencias, sea más admirable que la penetración con que Kershaw rastrea el enigma personal de Hitler, porque el inexplicable ascenso del cabo austríaco a las cumbres del poder internacional, es una materia más oscura, más fascinante y más densa de la que el escritor consigue desentrañar. Hubo algo de hechizo y de genialidad maléfica en el personaje, que no se agota al calificarlo de monstruo responsable de una matanza tan colosal. El engatusamiento que Hitler ejercía sobre su audiencia al enfrentarla con sus grandes discursos o neutralizarla hasta la hipnosis en el trámite de una entrevista, es parte de su vidriosa sugestión. Él mismo afirmó que raramente se dan en un individuo las cualidades de liderazgo y capacidad planificadora que veía en sí mismo.
"La combinación de teórico, organizador y caudillo en una sola persona, es la cosa más rara que puede encontrarse en este mundo. Es la combinación que hace al gran hombre", escribió en Mein Kampf, un libro que dictó en la prisión de Landsberg cuando fue encerrado a causa del fracasado "golpe de la cervecería" de Munich, diez años antes de que llegara a la Cancillería del Reich. Ese episodio de agitación callejera, que bordeó un simulacro digno de escenarios de opereta, pudo hundir a Hitler y borrarlo para siempre del mapa político alemán, como supuso en aquel momento el austríaco Stefan Zweig. Pero en cambio le hizo tomar conciencia de su condición de conductor predestinado del pueblo alemán, un rango paradojal si se toma en cuenta que Hitler ni siquiera había nacido en Alemania. En todo caso, con él se repitió la curiosidad del emperador francés Napoleón I (que era italiano) o de la zarina rusa Catalina II (que era alemana), como otros ejemplos de inmigrantes iluminados que subieron a la cima.
Por dentro, Hitler vivía agitado bajo las turbulencias propias de un neurótico, capaz de chillar por horas delante de cualquiera durante sus célebres rabietas, o de trepar hasta el enardecimiento y el alarido a lo largo de sus discursos. Ese engendro tenía una elocuencia natural y hasta un instinto teatral para presidir sus actos y ceremonias, de manera que su público quedaba magnetizado por el espectáculo. Para perfeccionarlo, contó con la visión propagandística de Joseph Goebbels y el aliento escenográfico de Albert Speer. Y así el desfile de las svásticas, los estandartes y los pífanos acaloró en poco tiempo al pueblo más culto de Europa, dispuesto a perdonarle que proscribiera a miles de catedráticos universitarios, quemara públicamente montañas de libros, pusiera fuera de la ley a los partidos opositores y provocara la emigración de los mejores cerebros científicos, artísticos y literarios, desde Einstein o Fritz Lang hasta Bertolt Brecht o Hermann Hesse.
PARANOIA. Es evidente que a cambio de esa devastación, Hitler ofreció algo a los alemanes. Fue seguramente una sensación de grandeza nacional, hasta contagiar al hombre común con la misma aureola de predestinación que envolvía al caudillo. Y cuando esa sensación se vio ayudada por el triunfo diplomático del Pacto de Munich ante la mansedumbre francesa y británica, cuando se vio robustecida por la anexión de Austria y de Bohemia, cuando se vio confirmada por la veloz conquista de Polonia (y luego la de Noruega, Holanda, Bélgica y Francia) el apoyo popular se transformó en un delirio. Entonces resultó difícil que los alemanes bajaran desde esa euforia colectiva hacia la realidad, a pesar de que los reveses militares desmintieron aquellos júbilos con una progresiva derrota que desde 1943 creció hasta el cuadro dantesco que sobrevino dos años después.
Churchill había apostado a que el bombardeo sistemático de la población civil y la destrucción de las grandes ciudades quebraría la moral de los alemanes, hasta obligarlos a dar la espalda al régimen que había empujado la calamidad. Pero se equivocó, porque el pueblo respondió al nazismo y sobre todo a la figura de su líder hasta último momento, en una muestra de acatamiento o de lealtad que no se sabe si atribuir al efecto del terror desatado por una tiranía policial, o al sentimiento nacional de rebaño difícilmente separable de la obediencia política. Treinta y siete años después de la derrota de 1945, este cronista visitó Alemania Occidental y registró dos declaraciones formuladas ante él por mujeres maduras que tenían un apreciable nivel cultural y habían vivido la guerra. Una de ellas, casada con un funcionario ministerial en Düsseldorf, se conmovió al evocar el bombardeo de las ciudades del Reich y dijo: "Es mejor que los alemanes olvidemos aquella etapa, porque de lo contrario nunca podríamos perdonar lo que nos hicieron los demás países".
La otra mujer, viuda de un diplomático de largo servicio en el exterior, dijo en Munich al viajero uruguayo: "De jovencita yo vivía pupila en un colegio de monjas de Prusia, y no nos enteramos de las violencias de la dictadura y mucho menos de la persecución contra los judíos". Pero cuando su interlocutor le señaló que las leyes raciales de 1935 eran un hecho público y habían salido publicadas en los diarios, ella hizo unos segundos de silencio y entonces agregó: "Es que el doctor Goebbels nos había dicho tantas veces que los judíos nos perjudicaban, que todos terminamos por creerle". En esa creencia debe radicar la docilidad con que un país de 60 millones de habitantes confió en el Führer y lo secundó en sus victorias de 1940 y 1941, pero siguió acompañándolo a lo largo del desastre hasta el wagneriano final.
CONCLUSIÓN. Todo ese proceso del nazismo está incluido en el fornido libro de Kershaw, como si fuera el recorrido de una laboriosa hormiga por los senderos europeos de doce años fatales, en los que un conductor alucinado supo trepar y después caer de las alturas. Las 377 páginas de notas que acompañan el texto, dan idea de la magnitud con que el autor encaró su exploración para remontar el tiempo y reconstruir una carrera política como no hubo otra en sus relámpagos de agresividad, sus fogonazos suicidas y su seducción satánica. Aquel hombre del bigotito que adoraba a sus perros y mantuvo un idilio casi blanco con Eva Braun en las montañas de Baviera, el hombre que besaba la mano de las señoras y podía ser encantador con los niños, era un individuo severo que no tomaba una gota de alcohol, no se apartaba jamás de su dieta vegetariana y prohibía que se fumara en su presencia. Ese ejemplar ascético cuyo dormitorio parecía la celda de un monje, fue el mismo que arrastró a medio mundo a una guerra escalofriante, el mismo que industrializó la masacre de los prisioneros de los campos de exterminio, el mismo que resolvió pegarse un tiro en la catacumba del búnker con un acto ritual que sólo tiene paralelo en la leyenda griega de los Atridas. Ese hombre está retratado en el libro de Kershaw para ilustrar a quienes resuelvan que el pasado no debe borrarse. Y aunque ese libro no toque la médula del misterio, consigue remover a su lector con tal cúmulo de información, que el resultado es un gran viaje al horror equipado con el detalle, la amplitud y la fidelidad que debía tener semejante expedición.
HITLER 1889-1936 (Tomo I), y HITLER 1936-1945 (Tomo II), de Ian Kershaw. Editorial Península. Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 773 págs. y 1.069 págs.
El acto final
EN EL EPÍLOGO de su libro, Ian Kershaw describe el último acto de la aventura nazi: la cremación de los cuerpos de Hitler y Eva Braun. Eso tenía lugar el 30 de abril de 1945, con las tropas soviéticas a dos o tres cuadras del edificio de la Cancillería: "Los cadáveres de Hitler y de Eva, que había sido su esposa durante un día y medio, fueron envueltos en las mantas que había llevado Heinz Linge, el sirviente de Hitler. Los levantaron del sofá y los transportaron por el bunker, a través de siete metros y medio escaleras arriba, hasta el jardín de la Cancillería. Con ayuda de tres guardias de las SS, Linge sacó los restos de Hitler, con la cabeza cubierta por la manta y la parte inferior de las piernas sobresaliendo. Martin Bormann sacó el cuerpo de Eva Braun al pasillo... y el ayudante personal Otto Günsche se hizo cargo de ella en las escaleras, subiéndola hasta el jardín. Colocó los cadáveres uno junto al otro, Eva a la derecha de Hitler, en un espacio de terreno llano y arenoso, a tres metros de la puerta del bunker... que sin embargo resultaba muy peligroso porque seguía cayendo sobre la zona una lluvia incesante de proyectiles de la artillería soviética. (...) En el bunker se había almacenado una buena cantidad de gasolina, que se vertió rápidamente sobre los cadáveres. Pero como los proyectiles continuaban cayendo, resultaba difícil prender fuego a la pira funeraria con las cerillas que suministró Goebbels. Sin embargo, Linge consiguió encontrar un trozo de papel para hacer una antorcha y Bormann logró encender la antorcha. Entonces él y Linge la echaron a la pira, retirándose inmediatamente a la seguridad de la entrada. Alguien cerró la puerta del bunker dejando sólo una rendija, a través de la cual se vio brotar alrededor de los cadáveres una bola de fuego. El cortejo descendió apresuradamente hacia las profundidades del bunker. Cuando las llamas consumieron los cuerpos en un entorno adecuadamente infernal, ni uno solo de sus seguidores más cercanos fue testigo del final de un caudillo cuya presencia había electrizado a millones unos años antes".