Un reportaje a Fidel Castro se asemeja a una despedida postergada e inexorable. La despedida del que se va porque no puede quedarse más. No hay horizonte detrás de la barba y del verde oliva. Sólo hay tiempo pasado. Tiempo cribado por cierta curiosidad menguante acerca de un pasado de primera figura y un porvenir que la excluye. El tiempo ha limado al orador vehemente y el susurro se impone al grito, como el equipo deportivo tricolor al uniforme militar. La voz se debilita, la memoria repite, el personaje hace agua. Se siente la intensidad del tiempo, más poderoso que el poderoso Fidel Castro. Ignacio Ramonet, el entrevistador, lo sabe. El director del mensuario Le Monde Diplomatique se apura a confesarlo en once páginas de ambivalente prólogo en donde todo cabe, incluso el panegírico.
Castro en su despacho austero y ordenado. Castro rodeado de estatuillas de Bolívar, de Martí, de Lincoln, del Quijote. Castro y el retrato de Camilo Cienfuegos. Castro trabajando lúcidamente hasta la madrugada. Castro dictando su biografía a la posteridad, porque a nadie se le escapa que ha colgado los hábitos. Castro a intervalos. Ora cuestionado por Amnistía Internacional, porque Ramonet quiere ser ecuánime, ora reconocido como hacedor de una revolución que solucionó los problemas de salud, vivienda y educación de los cubanos. Siempre el subibaja. Si Castro posee el honor de mantener la pena de muerte en Cuba, al igual que en los Estados Unidos y en el Japón, a renglón seguido asoman el bloqueo y los atentados y con ellos la compensación absolutoria. Claro está que la pluma se decide por la admiración y las últimas páginas son laudatorias y extensas. Como lo habían sido las listas de personalidades que Castro conoció o, mejor dicho, que conocieron a Castro y que el lector no sabe bien a santo de qué están allí.
Entonces el estilo de Ramonet se hace epifánico. Hay que salvar a Castro. Salvarlo de la sucesión de presidentes estadounidenses que rotaron en el poder, mal que le pese a Ramonet, mientras Castro seguía al firme como la reina Isabel de Inglaterra. Hay que salvar a Castro del más mínimo segundo plano, aunque para ello el reportaje no esté adecuadamente editado y Castro repita una letanía de nombres, calibres de armas, acciones militares, lugares comunes. Una y otra vez.
Pese a todas las preguntas de compromiso que Ramonet realiza, pese a la extensa bibliografía y a las notas aclaratorias, el libro es un vacío de verdad. Aunque cada capítulo lleve como encabezado un hecho histórico crucial, el cerno nunca asoma. Sí el cuestionario encausado y el dictado de un hombre acostumbrado a dictar. En el capítulo dedicado a la muerte del Che puede leerse la insolvencia de Ramonet para no preguntar donde duele hacerlo, las fallas de edición que confunden al lector y la duplicidad permanente de Castro:
-¿El Che pecó por rigidez?
-Lo del Che era superhonradez, superhonradez y el término `diplomacia`, no engaño, el término astucia, le repugnaba. Pero, óigame, si en nuestra propia revolución, ¿cuántas veces hemos descubierto nosotros ambiciones en los hombres?
¿Quién podía sustituir?¿Quién tenía talento? Majaderías… Más de una vez nosotros tuvimos que entregar mandos y hacer concesiones. Hace falta un cierto tacto en determinadas condiciones en que si tú vas recto… En aquel momento esa ruptura entre Monje y el Che hacía daño.
-¿Perjudicaba?
-Perjudicaba mucho. Nosotros no se sabe los esfuerzos que hicimos de unión.
FIDEL CASTRO, BIOGRAFÍA A DOS VOCES, de Ignacio Ramonet. Debate, Buenos Aires, 2006. Distribuye Sudamericana, 654 páginas.