A la sombra del austríaco

Roberto Appratto

EL TÍTULO de esta novela incluye el nombre del novelista austríaco Thomas Bernhard (1931-1989), autor de La corrección, Extinción, El frío, Helada, Tala, Maestros antiguos y otros muchos textos en los cuales desarrolló una manera narrativa absolutamente única.

En los no autobiográficos, los que se amparan en un marco ficcional, el estilo de Bernhard consiste en un arrastre del lenguaje, un movimiento imparable alrededor de tres o cuatro referencias que anula la posible linealidad de la historia. Sin división en párrafos, apoyándose en períodos rítmicos respiratorios de longitud variable, las novelas avanzan a medida que la voz narrativa se adensa y produce un clima enrarecido. Hay una cuestión de realidad textual, mayor que la realidad de lo mencionado, que es lo que impacta en Bernhard, y es lo que ha tomado el salvadoreño Castellanos Moya (1957) en ésta, su quinta novela.

Esa adopción de un estilo, ya desde el título, no se disimula. Thomas Bernhard es también el nombre que ha tomado, en su exilio canadiense, el salvadoreño que narra su historia a un amigo en un bar de San Salvador, mientras toman whisky y escuchan a Tchaikovski. Ese entorno narrativo es simple, y lo que se narra ahí es poco: Vega abandonó el Salvador hace dieciocho años y volvió sólo por el entierro de su madre. Lo hizo hace dos semanas, según le cuenta a su compañero de colegio, de nombre Molla, que está en el país, alojado contra su voluntad en casa de su hermano. Ese bar es el único lugar donde está cómodo, y Molla la única persona con quien quiere hablar de todo lo que siente, lo que ve, lo que sabe, de la cultura salvadoreña. Lo hace con odio, expresando, sin parar, el profundo desagrado, hasta el malestar físico que le producen los hábitos, los gustos, los rasgos típicos, hasta los platos de comida de su país. Por ejemplo, en las páginas 29 y 30: "A nadie le interesa la literatura, ni la historia, ni nada que tenga que ver con el pensamiento o con las humanidades, por eso no existe la carrera de historia, ninguna universidad tiene la carrera de historia, un país increíble, Molla, nadie puede estudiar historia porque no hay carrera de historia, y no hay carrera de historia porque a nadie le interesa la historia, es la verdad, me dijo Vega".

Esa repetición obsesiva, esa apoyatura en comas para seguir, de una manera implacable, con lo que se está diciendo, es un logro de Bernhard, pero también de Castellanos Moya. Ir más allá de la longitud de un período es ir en contra del orden gramatical, pero eso es lo que necesitan las frases para expresar, a favor del oído, su propia intensidad. El valor de El asco está en la fuerza con que se aplica ese modelo de narración a un asunto y a una circunstancia precisos. Si lo que se narra es poco y el entorno es simple es porque la fuerza, la dramatización, está en el presente puro del monólogo de Vega, sólo referido por Molla. No hay narrador, y por lo tanto no hay ni reflexiones ni orientación del lector: sólo las que pueden salir de ese monólogo.

De esa manera, el discurso impone su presente, ese acto de contar y comentar todo desde el bar, sin tener en cuenta la recepción del amigo. No importa: es el habla, o mejor dicho el pensamiento "hablado" lo que se despliega sin avanzar, como hacia adentro de la situación de lectura.

El libro se completa con dos epílogos: uno del chileno Roberto Bolaño, de su libro Entre paréntesis, donde elogia largamente, y con exactitud, tanto a esta novela como a la obra posterior de Castellanos; otro del mismo autor, que sigue la accidentada, y en parte increíble historia de El asco desde que la publicó en 1997, en una editorial salvadoreña, hasta ahora. El desprecio, el ataque a la patria en esa clave bernhardiana, y como un ejercicio de estilo confeso, le valió el exilio y el odio de muchos, pero también el pedido de escribir una segunda parte. También cuenta que en Guatemala, Costa Rica o México le propusieron escribir "ascos" de sus respectivos países. Con eso se confirma la validez de la fórmula, se soslaya el tema de la originalidad y se termina valorando la escritura, que es lo que sostiene esta novela de principio a fin, en un solo movimiento respiratorio y admirativo.

EL ASCO. THOMAS BERNHARD EN EL SALVADOR, de Horacio Castellanos Moya. Tusquets Editores, Barcelona 2007. Distribuye Urano. 138 págs.

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