ELVIO E. GANDOLFO
CUANDO COMENZÓ su serie de volúmenes sobre el aspirante a mago Harry Potter, puede apostarse a que J. K. Rowling, su autora, no imaginaba ni en sus sueños más salvajes el éxito arrollador que tendría. Venía de una vida muy dura como madre soltera, y según declaró, imaginó la totalidad de los volúmenes de una sola vez, en un viaje en tren: tenía claro adonde iba la historia desde un principio. No cuesta creerlo, porque el hilo conductor fue avanzando con seguridad. Lo que sí tiene que haberla sorprendido es el modo en que los libros crecieron de tamaño, hasta estabilizarse en más de 500 páginas.
Su estilo es el de una narradora popular, con algo de Dickens (incluso en su éxito arrollador), que sabe conducir el relato en general y sobre todo las "escenas" o "secuencias". Sus virtudes equilibran influencias diversas: como en los folletines hay escenas melodramáticas y golpes de efecto; como en los mejores dibujos animados, sus escenas de acción mezclan el movimiento frenético con los diálogos; como en los teleteatros, sus personajes tienen secretos ocultos, que se van develando a lo largo de la serie; como en las historietas de superhéroes Harry va sumando poderes (y como en Batman, es huérfano por muerte violenta de los padres). Más importante aun es su posición ante el mundo, subyacente casi siempre, a veces explícita. Claramente está a favor de los humillados y ofendidos, de las clases no poderosas (traducidas en su código a elfos, duendes y otras minorías), y prefiere que las cosas sean flexibles y libres antes que rígidas y pautadas.
Esa combinación de rasgos son los que explican el apoyo incondicional de los chicos y adolescentes, y de una buena cantidad de adultos. El formato no pudo ser más simple: cada volumen repetía el formato de un año lectivo en la escuela de Hogwarts, y la entrada al tren que los lleva allí por un andén fantástico insertado entre dos andenes reales. Cada año Harry se iba de la casa de sus parientes "muggles" (gente común), pequeño-burgueses e increíblemente obtusos. Lo que fue cambiando fue la cercanía progresiva de Voldemort, el negro villano.
Este último tomo era un desafío considerable. Porque a despecho de lo que pueda haber imaginado Rowling en aquel lejano viaje en tren, el éxito arrollador instaló un marco que fue cambiando las cosas. Fascinada con su capacidad de narrar (y de instalar comidas sabrosas, momentos de humor, síntesis y realismo en los paisajes y los interiores) la inventora de este mundo fue agregando sin cesar personajes mayores y menores. En ese sentido, sobre todo en las primeras páginas, hay una dosis de dolor y de nostalgia anticipada por haber llegado al final. Parte de esa nostalgia se vuelca a la necesidad de hacer intervenir a las decenas de personajes de la serie, en vivo, en flashbacks, o hasta resucitados, del todo o a medias.
La máquina funciona al fin con la eficacia y el poder de absorción de los volúmenes anteriores. Pero se trata del último tomo, en otras palabras: del enfrentamiento final entre el Bien y el Mal. Y ocurre algo delicioso: a Rowling le cuesta despedirse incluso de Voldemort. Algo opuesto a lo que le pasó a Conan Doyle, que mató a su personaje Sherlock Holmes y tuvo que salir corriendo a resucitarlo, porque si no el público lo mataba a él.
Como recónditamente lo quiere un poco, ese enfrentamiento está un poco por debajo de lo que uno esperaba, tiene demasiadas idas y vueltas. En cambio puede citarse como un punto muy alto, hacia la mitad, la muerte de un elfo, narrada con emoción y gravedad.
Lo que sí resulta inexplicable es el epílogo titulado "Diecinueve años después". Allí los personajes adolescentes han crecido, han tenido hijos, viven felices (todos, incluidos los Malfoy), y tienen la consistencia humana y narrativa de un aviso de Conaprole o de las malas películas de Hollywood que ensalzan a la familia. Como el resto del libro cierra dignamente la serie, conviene tomar una medida extrema: abrochar esas páginas para no volver a abrirlas, o directamente arrancarlas.
HARRY POTTER Y LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE de J. K. Rowling. Salamandra, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 638 págs.