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Una posada andaluza

VIRGINIA WOOLF

LOS HOTELEROS, aparentemente, están sujetos a esa ligera y amistosa oblicuidad del sentido moral inherente al vocablo "lealtad". Por lo tanto, cuando preguntamos a alguien si podríamos encontrar buenos aposentos para descansar una noche en cierto pueblecito de Andalucía donde teníamos que pernoctar, nos aseguraron que en ese lugar el hotel era bueno. No se trataba, naturalmente, de un establecimiento de primera categoría, pero era, no obstante, una buena posada de segunda clase, donde nos sentiríamos cómodos y nos facilitarían camas de lo más limpias. (...)

Con pensamientos como éstos, pasamos el tiempo hasta que el tren llegó a la estación donde nos compensaron de todos nuestros traqueteos y fatigas. Resultaba algo desconcertante ver que los mozos de estación, en cualquier caso, se sorprendían de que dos viajeros con equipaje pesado se vieran depositados en el andén a esas horas de la noche. Apareció corriendo la inevitable multitud para contemplarnos, y se quedaron boquiabiertos cuando enseñamos la cuidada disposición de palabras españolas con que expresábamos nuestro deseo de una posada. Una frase en un manual de conversación es algo de naturaleza semejante a un monstruo extinto en un museo: sólo los especialmente iniciados pueden decirte si está emparentado con un animal vivo. De inmediato resultó obvio que nuestro espécimen era extinto sin remedio, y aun más, se insinuó la terrible certeza de que tanto la naturaleza de lo que preguntábamos como la lengua en que lo hacíamos eran ininteligibles. Finalmente, después de que mucho español, francés e inglés hubieran chocado sin provecho alguno, a los nativos se les ocurrió que no estábamos hablando su lengua, e intentaron ejercer sobre nosotros los poderes de la gesticulación. Al cabo de poco, apareció un empleado que nos informó de que él sabía francés. Tradujimos felices nuestra petición de un hotel a aquella lengua. "El tren ya no seguirá por esta noche", respondió el intérprete. "Ya lo sabemos, y por eso deseamos dormir aquí", dijimos. "Mañana, a las cinco y media". "Pero esta noche, un hotel", insistimos. El caballero que hablaba francés sacó un lápiz con un aire de resignación y escribió un número 5 y un número 30, grandes y negros. Nos encogimos de hombros y vociferamos la palabra "hotel" primero en francés y, luego, en tres tipos distintos de español. Llegados a este punto, la multitud había trazado un círculo completo alrededor de nosotros y todos estaban traduciendo para bien de su vecino. Entonces nos acordamos de un diccionario español que se había negado firmemente a que lo dejáramos atrás, y, tras encontrar el equivalente español de la palabra inglesa "hotel", lo subrayamos con el dedo índice. Tantas cabezas como pudieron apretujarse miraron sin comprender hacia el punto indicado, y una brillante idea asaltó al intérprete. Dejó su puesto y buscó enfebrecidamente una palabra suya entre las eses y las zetas. Lo ayudamos a encontrar la sección española del diccionario, y lo dejamos sumido en investigaciones tan dilatadas como, según resultó, inútiles.

Mientras, repetíamos nuestro solitario vocablo por si caía en terreno abonado. Cada vez que lo pronunciábamos, salía de la multitud un zumbido de buen español; al final, cuando intentábamos definir el hotel con un paraguas, un hombre bajito se nos impuso. Ante la inevitable pregunta, respondió llevándose una mano al pecho y haciendo una profunda reverencia. Le preguntamos por tres veces, sucesivamente, y siempre respondió de la misma manera, como si en su solitaria persona se combinaran todas las cualidades que nosotros requeríamos. La opinión pública parecía unánime acerca de que deberíamos aceptarlo como el representante de cena y cama, y unos pocos intentos postreros de pronunciar la palabra "posada" obtuvieron como respuesta unas manos que señalaban al hombrecito. Para acabar con el asunto, nos cogió del brazo y nos hizo salir de la estación, conduciéndonos hasta el borde de un desierto arenoso cubierto de manojos de juncos y alumbrado por una gran luna. A un costado se alzaba una empinada colina, coronada por un castillo moro, y a poca distancia vimos una solitaria casita. La elección, aparentemente estaba entre los dos, y ninguno parecía ser exactamente lo que nosotros esperábamos. Miramos al anciano y observamos, no sin alivio, que era al mismo tiempo viejo y menudo. Una de nuestras dudas, en cualquier caso, pronto tocaría a su fin, porque resultaba claro que la blanca vivienda campestre iba a ser nuestro alojamiento y que el posadero de Granada había tenido la imaginación de un artista. Nos mostraron una habitación donde había una lámpara encendida y varios hombres y mujeres sentados junto al fuego bebían y hablaban. Se hizo una pausa, durante la cual muchos ojos nos inspeccionaron a su antojo, y a continuación nos hicieron pasar a una antecámara, en cuyo honor la casa se había adjudicado la palabra "hotel". Había una cama y lona que hacía las veces de puerta, agua para lavarse, si elegíamos estar a la altura de aquella respetable farsa, y una vela en caso de que necesitáramos luz. La comida, estaba claro, había que ir a buscarla a la estación; y nosotros no teníamos ningún deseo de salir. Cuando a las once de la noche ya estábamos cansados del desierto español, y del castillo moro, y de la conversación del caballero que podía hablar francés, pero a quien no le parecía esencial comprenderlo, volvimos a la posada y empezamos lo que prometía ser una vigilia de alguna manera fastidiosa. La gente permaneció sentada y habló en voz alta hasta muy tarde. Retazos de un español vehemente atravesaron la lona, y al parecer se referían a nosotros. La española es una lengua feroz y sanguinaria cuando se escucha bajo tales condiciones. La figura de nuestro menudo amigo con sus eternas reverencias y el dedo sobre su pecho adquirió hacia la medianoche un aspecto muy siniestro; recordábamos su silencio amenazador, su persistente decisión de que debíamos dejar nuestro equipaje. La gente de pueblo honrada, reflexionamos, debería haberse metido en la cama mucho antes. La única precaución que podíamos tomar era apoyar la solitaria silla por las patas traseras contra la puerta. Esto debió tener un extraño efecto tranquilizador en nuestros pensamientos, porque, fortificados así contra el asalto criminal que esperábamos, nos dormimos vestidos, y soñamos que habíamos encontrado el vocablo español para inn.

El sonido que nos despertó finalmente a las cuatro y media de la mañana fue, sin duda, un asalto sobre la puerta; pero cuando precavidamente miramos fuera no había nadie más hostil que la campesina con un cuenco de leche de cabra en sus manos.

La autora

VIRGINIA Woolf (Inglaterra, 1882-1941) es autora de cuentos, ensayos y novelas (El cuarto de Jacob, Orlando, Mrs. Dalloway, Al faro, Las Olas). La crónica de esta página se publicó en The Times Literary Supplement el 20 de mayo de 1905 y se recoge, traducida al español, en Viajes y Viajeros (Mondadori, 2002).



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