LUIS FERNANDO IGLESIAS
WOODY ALLEN, en sus setenta y dos años de vida, ha incursionado en varias formas de escritura. Comenzó con chistes que vendía a columnistas de los diarios, luego hizo lo propio para personalidades de la radio, más tarde escribió para programas de televisión e hizo libretos para humoristas de tipo stand up. Finalmente comenzó a interpretar sus propios trabajos y se transformó en el guionista, actor y director que el mundo conoce. Las contribuciones a la revista The New Yorker, sitio donde cualquier autor de humor quiere ver publicado su material, se remontan a 1966 cuando apareció su primera historia, "Correspondencia" (The Gossage-Vardebedian Papers), una desopilante partida de ajedrez jugada a distancia en forma epistolar entre dos maestros en la que ambos ganan mientras se acusan mutuamente de tramposos. La relación siguió en forma periódica; en la década de los ochenta había publicado más de cincuenta artículos.
Veintisiete años han pasado desde que apareció su última recopilación de relatos. En los tres volúmenes que integraban su obra -Cómo acabar de una vez por todas con la cultura (Getting even, 1971), Sin plumas (Without feathers, 1975) y Perfiles (Side effects, 1980)- existía una unidad de estilo en los relatos aunque también podían notarse algunas diferencias. A las tradicionales parodias humorísticas del primer volumen se agregaron obras de teatro en Sin plumas -las excelentes "Dios" y "Muerte" de la que surge la idea original de la película Sombras y nieblas- y relatos de una estructura más cuentística con desarrollo de personajes y otra ambición literaria en Perfiles.
A fines de los ochenta, Allen le confesaba a su biógrafo Eric Lax que las pequeñas parodias lo habían aburrido. Se notaba que sus conocidos cuestionamientos habían llegado a su actividad literaria. La mayoría de los relatos incluidos en los tres tomos, al igual que sus primeros trabajos cinematográficos, eran una colección de bromas, juegos de palabras, filosas observaciones y búsqueda del absurdo con un solo objetivo: lograr la sonrisa del lector. Un buen ejemplo es "¡Viva Vargas! " de su primer libro, donde parodia una revolución latinoamericana a través del diario personal de uno de los combatientes, relato que despierta más de una carcajada.
El autor deseaba, también en esta área, explorar otros caminos y crecer.
OTRA VEZ MANHATTAN. El nuevo libro Pura Anarquía marca el final de ese largo silencio. Los dieciocho relatos que componen el libro, diez de los cuales fueron publicados una vez más en The New Yorker, integran ese universo neoyorkino del que el autor no desea escapar. Varios cuentos surgen de fragmentos de noticias publicadas en el diario The New York Times, las que son utilizadas como disparador para agregar todo el absurdo posible e inventar una historia. Con velocidad de vértigo Allen introduce broma tras broma intentando sorprender y hacer reír al lector. Aquellos que prefieren sus primeras películas y critican sus obras más "profundas", se verán complacidos. Más allá de la forma en que los cuentos satirizan la realidad, ellos buscan como objetivo principal el humor.
La temática es variada aunque siempre apegada al entorno de Manhattan. Actores contratados como dobles de luz fotográficos, ropas con olores, peripecias experimentadas con contratistas que realizan reformas en una casa, técnicas de autoayuda en tiempos del new age, demenciales obras musicales, juicio a un ejecutivo de Disney donde el principal testigo es Mickey y ridículas ofertas en grandes casas de remates sirven al autor para buscar el absurdo en cada situación. Algunos relatos resultan desopilantes mientras que en otros las bromas no tienen igual eficacia. Puede alegarse que la temática siempre refiere a cosas que interesan a la clase alta neoyorkina pero eso también ocurre en gran parte de la filmografía de Allen y no ha sido impedimento para que su obra sea una de las principales influencias para humoristas como Les Luthiers y Roberto Fontanarrosa, solo por nombrar un par de ejemplos.
"Gloria aleluya ¡adjudicada!" plantea la posible contratación de escritores para redactar oraciones religiosas a ser vendidas a través de eBay. Un guionista que ha sido despedido de la televisión intenta obtener el empleo escribiendo salmos originales. Si se lee el diálogo entre escritor y empleador imaginando a Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich de Les Luthiers en dichos papeles, se comprenderá lo expresado. Otro relato donde Allen demuestra puntería es "El rechazo": una familia de la clase alta de Nueva York sufre la tragedia de que su hijo sea rechazado de una exclusiva guardería para pre-escolares. Su vida ha quedado marcada; ante el rechazo, el niño ya no podrá acceder en un futuro a una buena universidad y solo aspirará a empleos tales como ayudante de cocina. Sus padres intentan todos los recursos, legales e ilegales, para torcer ese destino mientras deben ir disfrazados a restaurantes de donde serán invariablemente echados. El absurdo que plantea la extrema competitividad de estos tiempos está impecablemente planteado.
Pero quizás sea "Pluma de alquiler" el mejor de los relatos. Un escritor de poco éxito es buscado por un productor cinematográfico para "novelizar" películas: "Se hace cuando una película da dinero. El productor contrata a un zombi para que saque de ella un libro". Cuando el productor quiere alentar al escritor para que acepte, le dice: "...quería comentarte que, la semana pasada, tu último libro captó la atención de mis ojos azules en una tienducha de pueblo. Para serte sincero, nunca había visto los saldos de un libro en la sección de leña para la chimenea. No es que lo leyera de cabo a rabo, pero las tres páginas que conseguí tragarme antes de entrar en estado de narcolepsia me indicaron que me encontraba ante uno de los más insignes maestros de la palabra desde Papá Hemingway".
GRACIOSO Y DESPAREJO. En los primeros tiempos escribir una historia le llevaba unos siete u ocho días y usualmente las ideas surgían cuando estaba filmando. Para el director la parte más satisfactoria del día era cuando escribía esos relatos. Concordaba con Tennessee Williams en que lo peor de una obra es llevarla a escena: "sería muy agradable solo escribirlas y luego guardarlas en un cajón". Poco tiempo después de que Perfiles se publicara confesó que "Me gustaría desarrollarme como escritor... quisiera escribir cuentos cortos divertidos y, con algo de suerte, alguna divertida novela... no quiero mirar un día en las estanterías de las librerías y ver diez colecciones de lo mismo... como a todo el mundo, me hubiera gustado escribir las grandes novelas rusas".
Woody Allen es un excelente guionista y, por tanto, un sólido escritor. Ha recibido por dicha tarea catorce nominaciones al Oscar -ganándolo con las películas Annie Hall (1977, con Diane Keaton y Shelley Duvall) y Hanna y sus hermanas (1986, con Diane Keaton y Michael Caine)- y ha obtenido un Globo de Oro por el guión de La rosa púrpura de El Cairo (1985, con Jeff Daniels y Mia Farrow), sin olvidar que en el año 2002 recibió el Premio Príncipe de Asturias en reconocimiento a su carrera. Pura Anarquía es un libro gracioso y desparejo que se integra sin dificultad a los tres títulos anteriores.
Cuando se finaliza alguno de los cuentos que, por su calidad relativa podían haber quedado fuera del libro, sucede algo similar a cuando se sale del cine luego de ver una película floja de Woody Allen: uno espera que en la próxima recupere su nivel. Es un autor que tiene crédito, porque es uno de los más importantes creadores nacidos en el siglo pasado.
PURA ANARQUÍA, de Woody Allen, Tusquets, Barcelona, 2007. Distribuye Urano, 187 págs.