Biografía
ANTONIO B. EL RUSO, CIUDADANO DE TERCERA, de Ramiro Pinilla. Barcelona, Tusquets, 2007. Distribuye Urano. 633 págs.
ESTE LIBRO empezó a gestarse una mañana de 1973, cuando se encontraron en Bilbao Antonio Bayo, originario de La Baña, León, y Ramiro Pinilla (1923) un escritor vasco reconocido. Antonio Bayo conocía la historia de Papillon y consideraba que su vida no tenía nada que envidiarle a la que en ese libro se contaba. Pensaba que la suya, impresa, también se vendería "como rosquillas". Pinilla encontró en las palabras de Bayo la conmoción de una verdad íntima que era una denuncia no solo de la España franquista sino de la "España eterna". Autor de ficciones que a la manera de Faulkner giran en torno a algunos personajes y un espacio histórico y geográfico compartido, contar los recuerdos de Antonio Bayo fue para Pinilla una excepción en su larga trayectoria.
Durante un mes, todos los días, grabó su conversación con Antonio. Le hizo interrogatorios "cruzados" para comprobar la veracidad de unas desgracias que, en su acumulación, sonaban increíbles. Descubrió que Antonio tenía una memoria apabullante, nada de imaginación y la ingenuidad de quien ha crecido al margen del mundo de los libros y piensa que éstos solo pueden decir la verdad. Sabía que la elección del estilo y el lenguaje era fundamental y eligió narrar desde la voz del personaje.
"Me llamo Antonio Bayo, pero cuando madre me echó al mundo, una mujer que estaba allí dijo: `¡Leches, si es rubio como un ruso!`. Así que no vaya usted por las Cabreras preguntando por Antonio, porque desde entonces todo el mundo me conoce por `el Ruso`" . Así comienza.
Cuando le dio a Antonio el enorme manuscrito, este no se reconoció. No podía ser de otra manera: Pinilla estaba haciendo que se mirase desde afuera. Igual aceptó que se publicara y, cuenta Pinilla, disfrutó firmando los ejemplares del libro de su vida. Fue difícil encontrar un editor. El libro estuvo pronto en 1975, año en que murió Franco, pero les ofrecía a los españoles un espejo en el que no querían mirarse. La historia del "ruso" encontró quien la publicara recién en 1977. Despertó justificadas molestias y alcanzó una gran repercusión. Treinta años después Tusquets la reedita, con gran impacto.
C. B.
Novela
DERRUMBE, de Daniel Guebel. Mondadori, Buenos Aires, 2007. Distribuye Sudamericana. 194 págs.
SEGÚN NAPOLEÓN, la única victoria posible en el amor es la huida. Sobre esta premisa ha destruido su vida el narrador protagonista de Derrumbe, última novela del prolífico Daniel Guebel (Buenos Aires, 1956). Es una confesión impúdica y desgarrada de una autodestrucción cultivada durante décadas, en el momento en que llega a su paroxismo. El fracaso se revela en dos planos que abren las heridas narcisistas más hondas: el arte y el amor.
Abandonado por su esposa, sin embargo el dolor más profundo, y el que organiza el relato, es la separación de Ana, la pequeña hija de la pareja. La novela expone un tema del que poco se habla: la intensidad del amor paterno. Guebel lo narra con un dramatismo sin escrúpulos, llevando el amor a los extremos de la humillación y el delirio. Un punto de interés que suma la historia es la implícita identificación entre autor y personaje. Aunque este último no tiene nombre, el libro se abre con un poema infantil firmado por Ana Guebel. Madre e hija asumen los nombres de la esposa y la hija en la vida real. Esas claves abren la polémica sobre las fronteras inciertas entre vida y literatura. El propio Guebel ha propiciado en entrevistas recientes la confusión, expresando que el relato surgió, en principio, como un diario íntimo de su separación. La materia del arte, la forma que éste asume y la entrega radical del artista, es el otro tema medular de Derrumbe.
Una serie de historias paralelas de separaciones y reencuentros surgen a medida que el narrador reconstruye su propio pasado. Otra serie refiere a la posibilidad del "artista puro". El modelo ideal que el narrador admiró de joven fue Paul Desmond, quien sacrificó su vida por seguir tocando el saxofón, o para ofrecer en ese gesto "una sinopsis" para la eternidad. Con los años, con la paternidad a cuestas, con la frecuentación del fracaso, el modelo auténtico es Primm Ramírez, violinista de barrio, antihéroe grotesco -como su propio nombre ironizado y rebajado que "le habían puesto en recuerdo de cualquier héroe olvidado de alguna guerra española". Primm fue capaz de tocar mal, de ocultar su arte para mantener a sus hijos. La novela de Guebel ensaya una oposición atractiva entre el arte culto y el popular, que identifica respectivamente como "despliegue de forma" y "vida", y es también una reflexión sobre el texto a medida que éste se construye.
M. A. G.
Periodismo
DE ESPALDAS AL MUNDO, de Åsne Seierstad. Maeva, Madrid, 2007. Distribuye Océano. 317 págs.
PARA CONOCER a un serbio hay que comer trescientos kilos de sal con él… Lleva su tiempo". La advertencia proviene del abuelo Bora, un veterano devoto de la antigua Yugoslavia, de Tito, de Milosevic y de La última cena de Leonardo da Vinci, donde él ve La cena secreta del Zar Lázaro, el mártir de 1389.
La interlocutora de este personaje que parece salido de una película de Kusturica se ha tomado en serio el consejo, trabando amistad con toda clase de gente a base del rakitja (un licor hecho de cerezas o ciruelas), la comida fuerte y el tocino crujiente, los fideos repartidos desde un camión a los refugiados, los caminos idílicos llenos de baches, una antigua fábrica convertida en un ambicioso megacentro cultural, y otros contrastes que, pasados los años, son la sombra de ellos mismos. El libro de reportajes realizados en Serbia por la periodista noruega se publicó por primera vez en el 2000. Entre 1999 y 2004 Åsne Seierstad estuvo tres veces allí y siguió la pista de catorce entrevistados. Con los aportes de los nuevos encuentros, que reflejan los cambios ocurridos en los Balcanes durante los sangrientos `90, completó la versión definitiva, cocinada a fuego lento igual que el musjkalista, un plato serbio de muchos ingredientes. Entre tanto la escritora había ganado la fama internacional contando su estadía en Afganistán (El Librero de Kabul, 2002) y en Bagdad (Ciento un días, 2003).
Algo de este aprendizaje profesional se advierte en esta obra primeriza, desbordada por una realidad compleja, que recoge la palabra de los serbios. Cualquiera sea el sexo, edad, lugar de residencia, credo religioso o político, se ponen a la defensiva creyendo que -pese a su buena fe- la reportera defiende los intereses de la OTAN y de Noruega. Mientras se los considera culpables, cómplices o sospechosos de toda clase de crímenes étnicos, ellos se sienten víctimas, integrantes de una raza atacada y perseguida. En la disyuntiva entre el nacionalismo, el aislamiento y la integración a Europa, entre el pasado y el futuro, el más inesperado (por ejemplo, un roquero posmoderno), deja ver la nostalgia por una Yugoslavia integrada y multiétnica.
Después de pasar por Chechenia, Rusia, Francia, México, China y Alemania sin encontrar un lugar para estar en paz consigo misma y echar raíces, la periodista sigue dejando su semilla pacifista en medio de una actualidad que va siendo olvidada.
G. S.