Un best-seller olvidado

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Mingo Ferreira

PATRICIO PRON

ES PROBABLE QUE las razones por las que un autor es recordado tras su muerte sean tantas y tan variadas como las que hacen que otro sea olvidado por completo. Esto es porque la historia literaria no atiende a la calidad de los autores y las obras que la componen sino a complejas operaciones de legitimación en las que intervienen razones tanto políticas como editoriales y educativas y, a veces, el puro azar. Con ellas, la crítica compone un mapa siempre cambiante en el que a menudo hay presencias injustificables y omisiones incomprensibles. Una de estas omisiones es la de Hugo Wast: Martín Prieto no lo menciona en su excelente Breve historia de la literatura argentina (2006), por ejemplo, y su nombre ha sido ya más o menos olvidado. Su realismo ramplón y melodramático y su irremediable nacionalismo de corte fascista justificarían su exclusión de cualquier historia de la literatura argentina basada en criterios de calidad artística. Una historia literaria que, por contra, quisiera contar las cosas tal como realmente fueron no debería prescindir de él: Wast fue uno de los escritores argentinos más importantes de su tiempo, además del primero en concebir la literatura como un bien de consumo, un innovador en las estrategias de mercantilización del libro y, probablemente, el escritor argentino más vendido de todos los tiempos, el primer best-seller.

EL TEMOR DE DIOS. Su verdadero nombre fue Gustavo Martínez Zuviría y nació en la ciudad de Córdoba el 23 de octubre de 1883. En 1903 publicó Fantasías y leyendas, en 1904, Rimas de amor, en 1905, la novela Alegre y en 1907, Pequeñas grandes almas. Sus títulos permiten entrever el contenido: realismo simplón, amores "puros", situaciones melodramáticas que a menudo involucran madres, exageración folletinesca y buenos sentimientos, entre los que se incluyen el temor de Dios y el amor a la Patria, todo en mayúsculas. En 1907 Wast se doctoró en derecho en la Universidad de Santa Fe y ese mismo año actuó como secretario de la Asamblea Constituyente para, ya afiliado al Partido Demócrata Progresista, ser candidato a vicegobernador por ese partido en 1915. Un año después fue elegido diputado nacional por Santa Fe. Su labor legislativa se encuentra recogida en el previsiblemente soporífero Prosa parlamentaria (1921).

En 1911, de forma paralela a su actividad política, había publicado su novela Flor de durazno y en 1916 La casa de los cuervos, dos de sus libros más exitosos, a los que siguieron la novela Ciudad turbulenta, ciudad alegre, publicada por entregas por el diario La Nación, Valle negro (1919), al que la Real Academia Española premió con su medalla de oro en 1923 y, en 1926, Desierto de piedra, por el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. En 1927 cumplió con el viaje a Europa obligatorio para los escritores sudamericanos de aquellos tiempos: Wast permaneció cuatro años fuera del país, elevando la ya casi increíble cifra de sus hijos de diez a doce. A todos los dejó estudiando en colegios franceses e ingleses.

En 1928 la Academia de la Lengua lo designó miembro correspondiente y un año después publicó Lucía Miranda. Una serie de funciones burocráticas se suceden a continuación en su biografía, entre ellas la dirección de la Biblioteca Nacional -otorgada por el ministro de Justicia e Instrucción Pública del gobierno del general José Félix Uriburu-, la incorporación a la Academia Argentina de Letras, la presidencia de la comisión de prensa del XXXII Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en Buenos Aires al año siguiente, la presidencia de la Comisión Nacional de Cultura y la designación como interventor federal en la provincia de Catamarca. En 1943 el presidente de facto Pedro P. Ramírez lo designó ministro de Justicia e Instrucción Pública, un cargo en el que consiguió implantar la enseñanza religiosa en las escuelas públicas tras años de polémicas. En 1954, el gobierno de Juan Domingo Perón lo despojó de su cargo de director de la Biblioteca Nacional como consecuencia de su enfrentamiento con los sectores religiosos, a los que Wast representaba, y tres años después la Editorial Fax publicó en Madrid dos volúmenes con sus Obras completas. En total escribió treinta novelas. Murió en Buenos Aires el 28 de marzo de 1962 con el mérito dudoso de haber colaborado con todos los gobiernos militares que se cruzaron por su camino.

DESPRECIO Y VENTAS. En sus funerales, el jesuita Guillermo Furlong sostuvo que "ni la enorme popularidad de Hugo Wast pudo arrancar una expresión de elogio, ya que no de admiración, de las sectarias plumas de los que, agavillados tras divisas engañosas, conspiran contra Dios y, por ende, contra la Patria". No es conveniente ir a buscar opiniones sobre literatura a la iglesia, pero Furlong acierta al señalar popularidad -es decir, ventas- y desprecio de la crítica como los dos polos entre los que se movió Hugo Wast durante su vida. El desinterés de las "sectarias plumas" no se debió sin embargo a la famosa conspiración contra Dios y la Patria tan recurrida en el Río de la Plata sino simplemente a una forma de concebir la literatura que veía la calidad literaria como opuesta al gusto masivo, al que Wast siempre fue fiel.

Si se debe creer a Juan Carlos Moreno, amigo personal y biógrafo del escritor, la novela Flor de durazno habría agotado más de doscientos mil ejemplares distribuidos en treinta y cuatro reimpresiones y La casa de los cuervos habría tenido treinta y dos ediciones que contabilizarían ciento noventa y dos mil ejemplares vendidos, además de una traducción publicada por Macmillan en Nueva York con notas y vocabulario en inglés para la enseñanza del español, a lo que habría que sumar las exitosas adaptaciones cinematográficas de ambas novelas: La casa de los cuervos (Carlos Borcosque, 1941) y Flor de durazno (Francisco Defilippis Novoa, 1917) con el presunto uruguayo Carlos Gardel. Según Moreno, "sin contar con las publicaciones folletinescas, en una época se editaron sus libros en tres encuadernaciones diferentes, para hacerlas accesibles a todos los bolsillos: una de lujo, encuadernada; otra de buen papel, en rústica, y la tercera, popular, muy barata". La publicación por entregas, la multiplicación del público mediante la diversificación del producto y la adaptación cinematográfica no fueron las únicas estrategias de venta desarrolladas por el autor.

Excepto por Flor de durazno, editada en Buenos Aires en 1911 por Alfa y Omega, Fuente sellada, Lucía Miranda, El camino de las llamas y 15 días sacristán, publicadas por Ollendorff de París en 1914, y Don Bosco y su tiempo, editada en Madrid en 1932, todas sus primeras ediciones fueron publicadas por el autor con los sellos de Agencia General de Librería y Publicaciones y Editorial Bayardo; Wast también se encargó de su distribución. La autoedición lo llevó a tener que actuar también como un moderno agente, aprovechando sus salidas del país para negociar traducciones y derechos. Así, su participación en el Congreso del PEN Club Internacional en Varsovia, en junio de 1930, fue sellada con la firma de contratos para publicar cuatro novelas suyas en Polonia y ese mismo año se reunió en los Estados Unidos con agentes de la editorial Longmans Green para firmar un contrato por la publicación en inglés de otros cuatro libros. Wast fue también muy hábil para vender los derechos de adaptación teatral y cinematográfica de sus libros y llegó incluso a interesarse por la producción material de estos. Según su biógrafo, fue uno de los primeros escritores argentinos "que en aquellos años adornaba sus libros con carátulas llamativas, de buen gusto artístico" y llegó a decir que "antes de pensar el argumento de una novela, pensaba en el papel con que iba a editarla".

Estas estrategias de venta, además de ser únicas en la literatura argentina de su tiempo, no son accesorias a la propia producción escrita de Hugo Wast. De hecho, su seudónimo es un anagrama extraído de su nombre de pila en idioma nórdico: "Ghustawo" y el escritor comenzó a utilizarlo luego de que sus tres primeros libros, firmados con su nombre original, no se convirtieran en éxitos de venta. Su estilo lo emparenta con otros novelistas como Enrique Larreta y Manuel Gálvez, quienes no son mucho mejores que Wast pero sin embargo han entrado en el mapa crítico hace tiempo. Su preocupación por las ventas y los aspectos más específicamente materiales del hecho literario lo relacionan con otro escritor que hizo de la circulación del dinero su tema principal, Roberto Arlt, de quien Wast es una especie de doble bienintencionado y ridículo. Wast comprendió, como ningún contemporáneo suyo, con la probable excepción de Arlt, las posibilidades de la literatura como objeto de consumo, y se dedicó a explotarlas. La historia de la literatura argentina no debería prescindir de él.

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