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Con Manuel García Rubio
Por culpa de Onetti

Hugo Fontana

MANUEL GARCÍA Rubio nació en Uruguay en 1956, hijo de exiliados españoles. Regresó a la península con sus padres en 1966, tras una amnistía otorgada por el régimen franquista a aquellos combatientes republicanos que no registraran hechos de sangre en sus antecedentes. Además de escritor es abogado, y está casado con una asturiana. Publicó su primera novela, El sentido de las cosas, en 1989, tras la cual daría a conocer otras seis, todas en la editorial Lengua de Trapo. Se destacan Green (la única distribuida en Uruguay, y traducida al griego), España, España, La edad de las bacterias y la más reciente Las fronteras invisibles. Cuentos suyos han sido publicados en diversas antologías, entre ellas Cuentos de la otra orilla y Los escritores dan risa (Ediciones de la Banda Oriental, 2002 y 2004 respectivamente). También ha incursionado en el ensayo (Marxismo y Derecho) y en la literatura de investigación. En 2006 fue miembro del jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Actualmente vive en Oviedo.

-Nací en Uruguay por casualidad - cuenta García Rubio- . Mi padre, Arturo García Menéndez, tuvo una vida política muy azarosa. Fue muy activo en la Revolución de Octubre del 34, y también en la guerra civil del 36. En el ejército republicano alcanzó el grado de comandante. Al finalizar la guerra ocultó su identidad durante un tiempo. Después de algunos avatares, vivió escondido un año en el sótano de una casona asturiana, hasta que, en compañía de otro "topo", logró huir a Francia, tras secuestrar un pequeño pesquero, que los llevó a alta mar. En Francia consiguió el estatuto de refugiado de la ONU y se casó por poderes con mi madre, Josefina Rubio Menéndez. Ella huyó de España tras un penoso viaje a pie por los Pirineos. Vivieron en Chamonix y un año después viajaron a Bolivia primero, y a Uruguay después. Llegaron en 1954, año en que nació mi hermano Arturo, y en 1956 nacimos mi hermana María Covadonga y yo (somos mellizos) en el hospital Pereira Rossell.

-¿Siempre vivieron en Montevideo?

-Sí, primero en la calle Tiburcio Gómez, luego en la Ciudad Vieja, en la calle Piedras, donde mi padre montó una carpintería, y finalmente en Pocitos, en la calle República del Perú, frente a la plaza Trouville, donde tuvimos un hotel, el Avilés, al lado de la gasolinera de Ancap. En el ombú de esta gasolinera pasé buena parte de mi infancia, junto a mis hermanos. En 1966, mi padre solicitó a las autoridades españolas acogerse a una amnistía restringida y, a la vista de que las cosas en Uruguay empezaban a ponerse mal, regresó a España con toda la familia.

-¿Cómo fue su infancia?

-En Uruguay viví diez años, entre 1956 y 1966. Para mí fueron muy buenos, claro. No tengo ninguna duda de haber sido un niño feliz. Estudié en la escuela Brasil. Comprendí a la perfección la importancia de haber recibido una buena educación escolar, creativa, sin miedos religiosos o políticos, cuando aterricé en la escuela española de 1966, en plena dictadura de Franco. Para mí fue un shock. En la escuela franquista no se enseñaba, se adoctrinaba. Sin quererlo me convertí en un rebelde, porque hablaba con la libertad que me habían enseñado en el Uruguay. Por ejemplo, en la primera hoja de mis libretas repetía la costumbre adquirida de iniciarlas con la famosa frase de José Pedro Varela, "una escuela laica, obligatoria y gratuita". ¡Revolución en estado puro! Me costó más de un disgusto. En Montevideo era hincha de Nacional, a pesar de que mi padrino era de Peñarol y me paseaba en su moto por toda la ciudad cada vez que los aurinegros ganaban alguna copa. No sé por qué era de Nacional, tal vez por llevar la contraria a mi hermano.

-¿Cuánto demoró en volver al país?

-Tardé mucho en regresar al Uruguay, primero porque, en plena dictadura uruguaya, no me apetecía nada, y después por problemas familiares (dependían directamente de mi mujer y de mí hasta cinco ancianos) que no me permitían ausentarme lejos ni por mucho tiempo. Lo hice por primera vez en 1998, y en 2000 volví para promocionar mi novela Green, que en Hispanoamérica había sido coeditada por Lengua de Trapo y el Grupo Océano. En 1998 recorrimos buena parte de Uruguay en coche, casi de punta a punta. Algunos departamentos no los conocía. Podría escribir un libro de emociones y vivencias de ese viaje. Por ejemplo, se me pusieron los pelos de punta cuando vi la casa donde nació Horacio Quiroga, en Salto, o al visitar la tumba de Artigas. También, cuando me encontré con el quiosco donde una vez oí cantar a Jorge Cafrune.

-¿Fue difícil el reencuentro con su país después de tantos años?

-No puedo comparar el Uruguay que conocí en esos dos viajes con el que abandoné en 1966, porque entonces sólo tenía las vivencias del niño de diez años que era. Mis recuerdos son la pizza, que es la mejor de mundo, y el fainá, los asados, los carnavales, la Conaprole, el parque Rodó, la playa de Pocitos; también Carrasco y Playa Hermosa, donde mi madrina aún tiene una casita. Y, por supuesto, la escuela Brasil. Sé por experiencia directa lo importante que es una buena escuela. En 2000, por cierto, había un debate fuerte en Uruguay en torno a la escuela pública. No sé en qué habrá terminado, pero confío en que el país no olvide nunca que su amor por una educación laica, libre, gratuita y de calidad es la seña de identidad que le ha permitido afrontar muchas adversidades históricas ante el resto del mundo de manera ejemplar.

-¿Quedan integrantes de aquel grupo familiar en Uruguay?

-En Uruguay viven actualmente mis padrinos, Celso (Cholo) e Isabel (Chola) Guisantes, y viejos y buenos amigos de mis padres, de la Casa de España y del Centro Asturiano.

Unión y desgarro

-Montevideo aparece como escenario, incluso como motivo literario, en por lo menos dos de sus últimas novelas…

-Hispanoamérica está presente en casi todas mis novelas, a través de algún personaje. Estoy muy orgulloso de La edad de las bacterias, que se desarrolla casi íntegramente en Uruguay, en los primeros 70, aunque con una visión en paralelo de lo que ocurría en España en aquellos momentos. Una suerte de visión estereoscópica -un pie en Uruguay y otro en España- me permite tener enfoques distintos de los dos países, e incluso de los dos mundos, el americano y el europeo, tan parecidos y, sin embargo, tan distantes.

-En España, España, Uruguay aparece de algún modo como un lugar que uno de los protagonistas ha elegido para exiliarse, pero también como un país del que tarde o temprano deberá marcharse. ¿Cuánto de biográfico hay en esa manera de mirar desde lejos el país donde nació?

-Si la biografía no es la vida, sino una cierta mirada sobre la vida, entonces este enfoque es rigurosamente autobiográfico. Mis años uruguayos resultaron determinantes en mi forma de ver el mundo, aunque sólo fuera porque durante ellos aprendí a hablar y a escribir, es decir, a hacerme con los rudimentos de un lenguaje que es el prisma de todas mis experiencias. Todavía hoy, después de 40 años, digo "valija" en lugar de "maleta", y esto, que puede parecer anecdótico, no lo es en absoluto. Al contrario, ilustra una ambivalencia muy íntima, que es unión y desgarro al mismo tiempo. En España presumo de Zitarrosa, el mayor cantor de todos los tiempos, y de películas como Whisky, y en Uruguay presumo de Sabina y de Serrat. Así están mis sentimientos. José Gaos, el filósofo asturiano exiliado en México, fue el inventor del término transterrado, referido a quien vive lejos del país en el que nació pero radicado en una cultura que le es propia, muy familiar. Yo me siento tan español como uruguayo, y llevo esa doble nacionalidad con mucho orgullo, como un distintivo.

-Casi por el contrario, el Uruguay de La edad de las bacterias es el inmerso en la violencia política de fines de los 60 y principios de los 70, país por el que también deambulan algunos oscuros personajes peninsulares. La novela deja la sensación de que usted está buscando una eventual conexión entre tupamaros y etarras…

-La mirada estereoscópica de la que hablé antes arroja una luz distinta sobre determinados acontecimientos. Por ejemplo, es curioso comprobar que cuando las cosas van bien en Europa, ocurre lo contrario en Iberoamérica, y al viceversa. Esto ha sido así desde hace 150 años, por lo menos. El momento histórico en el que transcurre la trama de La edad de las bacterias coincide con una bisagra que llenó de dictaduras el subcontinente al tiempo que barrió las que aún se resistían en Europa. No fue por casualidad. Tampoco fue casual en esta historia la actividad de los llamados movimientos de liberación nacional. Todos ellos, de una manera objetiva, cumplieron un papel que sirvió al mismo diseño geoestratégico de Nixon y de Kissinger. La simpatía mutua entre tupamaros y etarras es conocida, pero tengo la impresión de que en Uruguay se desconoce profundamente lo que ETA hace y significa. Para mí no es lo mismo la guerrilla urbana que el terrorismo. Condeno a ambos, pero ETA es capaz de poner una bomba en un centro comercial, en un shopping, caiga quien caiga, niños incluidos. Y lo hace, además, en aras de un etnicismo repugnante.

-Con excepción de algunos hechos puntuales, como los episodios del Hospital Filtro y la extradición de etarras, en Uruguay tampoco se conocen a fondo los eventuales lazos entre MLN y ETA.

-Este es un asunto para el que la mirada estereoscópica resulta especialmente fecunda. La simpatía mutua entre el MLN y ETA está acreditada, como ya dije, incluso cuando se ponen de manifiesto sus diferencias. Basta recordar la carta abierta de algunos ex líderes tupamaros reclamando a ETA la liberación del concejal Miguel Ángel Blanco, luego asesinado a sangre fría. Ahora bien, los repetidos asesinatos indiscriminados de los etarras habrían sido odiosos en el seno tupamaro, creo. ¿En qué se funda, entonces, esta simpatía? Dejo la pregunta en el aire. Si ampliamos el zoom al tema del nacionalismo, llegamos a similares paradojas. En determinados círculos de Latinoamérica se ve con simpatía el nacionalismo vasco, que es etnicista, cuando el que movilizó la independencia de nuestros países partía de una óptica inclusiva. Para decirlo de una forma llana: no se puede admirar al mismo tiempo a Artigas y a Sabino Arana, eso es contradictorio. El asunto da para un libro. Podríamos hablar, por ejemplo, del papel de los servicios secretos del gobierno vasco en el exilio, en manos del Partido Nacionalista Vasco, en su estrategia de colaboración con la CIA a finales de los 60 y principios de los 70, que coinciden con la implantación de dictaduras en el subcontinente, pero no quisiera caer en esquematismos.

Eurocentrismo y recolonización

-La dictadura hizo perder a los lectores uruguayos la pista de buena parte de lo que se escribió en España tras la muerte de Franco. ¿Qué sucedió entonces? ¿De qué forma reaparecen las cicatrices de la guerra civil en la literatura española de fines de los 70?

-El desconocimiento mutuo de nuestras respectivas literaturas es alarmante, no sólo con relación a lo que ocurrió después de la muerte de Franco. Por ejemplo, a mí me consta que en Uruguay hay un buen número de escritores magníficos que, sin embargo, son unos desconocidos en España. La culpa la tiene, en gran parte, el actual modelo de industria editorial, que es eurocéntrico y re-colonizador. En lo que se refiere a su pregunta, la muerte de Franco coincidió con una europeización acelerada de España, que nos obligó a subirnos al carro de otros asuntos nuevos y urgentes. La literatura de aquellos años es reflejo de esa situación. Barrió la narrativa y la poesía social y abordó temas más modernos, por calificarlos de alguna manera. Sólo ahora empiezan a aparecer títulos importantes que lanzan miradas nuevas hacia el pasado, con la guerra civil como telón de fondo. Por citar algunos, Rafael Chirbes, Javier Cercas, Almudena Grandes, Isaac Rosa o José Antonio Labordeta. Tal vez tenga algo que ver el actual movimiento de recuperación de la memoria histórica. Me preocupa el papel de la industria editorial española, tanto en España como en Latinoamérica. Hay potentes grupos empresariales que ya ni siquiera son exclusivamente españoles, sino que cuentan con participación de multinacionales alemanas o norteamericanas. Estos grupos constituyen un filtro ideológico y estético importante, que centrifuga del sistema a grandes autores de uno y otro lado del Atlántico. En Uruguay, por ejemplo, son conocidos los autores que publican regularmente en alguno de estos grupos: Millás, Montero, Muñoz Molina, Javier Marías. Son escritores importantes, pero lo más novedoso lo están haciendo gente como Antonio Orejudo, Javier Azpeitia, Rafael Reig, José Carlos Somoza o Juana Salabert.

-Su obra parece poco influenciada por la literatura latinoamericana. Kafka, Kundera, la propia picaresca española pesan sobre buena parte de sus personajes, incluso hasta el mismísimo Green, el monito de la novela homónima…

-Es curioso este comentario, porque en España me dicen exactamente lo contrario. Yo me siento incapaz de identificar mis influencias, aunque estoy con usted en que el peso báscula hacia la narrativa europea. Efectivamente, Kafka, Mann o Heinrich Böll, quizás Joyce, Proust o Camus, son referencias ineludibles para mí. En lo que atañe a la narrativa latinoamericana, el realismo mágico me ha traspasado. Jamás intenté emularlo, aunque reconozco que Cien años de soledad es una cima de la cultura universal. En todo caso, a quien leo y releo es a Onetti, para mí uno de los más grandes autores del siglo XX. Cuando empecé a escribir en serio, en mi juventud, lo tenía presente en cada renglón. Sus relatos breves o El astillero, La vida breve o Los adioses, me siguen fascinando. A veces pienso que sólo escribo por su culpa. Por cierto, Onetti decía que imitaba a Faulkner. Al final, todas las aguas acaban en el mismo mar.

-Ha publicado un par de cuentos en antologías de escritores uruguayos. ¿Lo siente como una suerte de reivindicación, de revancha dulce?

-Para mí fue una sorpresa que me hubieran invitado a participar en esas antologías, y al mismo tiempo un honor del que presumo en España siempre que tengo ocasión. No lo siento como una revancha sino, al contrario, como una recompensa generosa por el hecho de ser y de sentirme uruguayo, a pesar de la distancia física.

Desde Asturias

-En Estados Unidos es habitual que la crítica hable y distinga las llamadas "literaturas regionales". ¿Ocurre algo similar en España?

-España tiene una organización política y territorial basada en la autonomía de las regiones. No es un estado federal, pero se aproxima mucho al modelo. La fórmula ha servido para atenuar tensiones históricas y para acercar la Administración al ciudadano. En este sentido, ha resultado un acierto. Ahora bien, también tiene el peligro de trasladar políticas de cuotas territoriales a asuntos donde el territorio no es significativo. Sin ir más lejos, en el otorgamiento de los Premios Nacionales de Literatura, el peso de este criterio es alarmante, hasta el punto de que ya sólo lo obtienen escritores vascos, catalanes y gallegos.

-¿Cómo se percibe ese fenómeno desde Asturias?

-Después de la terrible crisis industrial iniciada en los 70, Asturias está viviendo un momento dulce. Se aproxima al pleno empleo, y recibe inversiones importantes tanto en el campo de las infraestructuras, como de la industria y de los servicios. La mentalidad está cambiando y eso tiene su reflejo en la situación de su literatura. Tanto la narrativa como la poesía que se hace aquí son muy apreciadas en el resto de España. Y anualmente se promueven dos eventos de referencia internacional: el Salón del Libro Iberoamericano, que dirige Luis Sepúlveda, y la Semana Negra de Gijón, bajo la batuta de Paco Ignacio Taibo II. Con todo, la ideología nacionalista no es fuerte en Asturias. Al revés, los momentos más elevados de la cultura asturiana fueron alcanzados cuando los intelectuales miraron hacia fuera. Me refiero a la Ilustración y al primer tercio del siglo XX. Esta tendencia se ha acentuado con el espectacular proceso de urbanización de la región. Hoy, Asturias es, en realidad, una gran ciudad polinuclear de casi 800.000 personas, constituida por Oviedo, Gijón, Avilés y las comarcas mineras, a la que hay que sumar otras 300.000 personas que viven en las alas, fundamentalmente de los servicios, ya no de la agricultura. La ciudad central está intracomunicada por una moderna red de autopistas. La región piensa en términos europeos desde hace lustros pero no debe, en ningún caso, olvidarse de Latinoamérica, donde también hunde sus raíces. Hay aquí un reto de comunicación enorme para todos nosotros.



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