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Biografía de Clarice Lispector
La garota inasible

Mercedes Estramil

EL TÉRMINO más recurrente en torno a la figura de Clarice Lispector es "misterio". Pero uno no sui generis, conformado más por malentendidos y fantasías que por realidades. Quizá, el misterio de la mujer que escribe con los hijos en su falda, o el de la esposa aburrida, o el de la bella que envejece. Un misterio que a veces parece nacer de la musicalidad amarga de su nombre, o de su belleza retratada por De Chirico y Scliar, o de su dicción imperfecta que le hace arrastrar las erres. Pero que a lo mejor sólo nace de su escritura y desde ahí retroalimenta su vida.

En la biografía oficial de Clarice (la que hay) no aparecen grandes titulares ni revelaciones sorprendentes. Las posibles dudas sobre su fecha de nacimiento mueren en documentos oficiales. Hija de rusos judíos, nace en 1920 en una aldea ucraniana, de donde sus padres emigran hacia Brasil con ella y dos hermanitas mayores. Ya huérfana, en 1943 se casa con el diplomático Maury Gurgel Valente, a quien conoció mientras ambos cursaban estudios de Derecho. Tendrá dos hijos, Pedro y Paulo; el mayor sufrirá esquizofrenia. Después de pasar largos años en Europa y Estados Unidos acompañando a su esposo, se separa en 1959 y no vuelve a casarse. En 1966 provoca un incendio involuntario en su casa al dormirse fumando y se quema seriamente la mano derecha, que precisará injertos; el accidente, pese a las cirugías plásticas de Ivo Pitanguy, trae consigo una depresión. En 1977, el día antes de su cumpleaños, muere de cáncer de útero, pero creyendo que tiene una peritonitis.

Entre esos datos secos de una vida se coló, imperceptiblemente, reinterpretándola e interrogándola, la literatura de Clarice, que siempre afirmó no ser intelectual y ni siquiera escritora "profesional", pero que supo jugar en las ligas mayores. Esa literatura fue la que desarrolló a su alrededor un microclima de misterio, o mejor, fue la que permitió que el misterio simple de vivir se mostrara para Clarice y para el mundo como una inmensa pregunta que había que hacer, aunque no hubiera respuesta.

LA BIÓGRAFA DISTANTE. La profesora Nádia Battella Gotlib se especializó en ella desde su época universitaria, cuando lee por recomendación de un profesor el libro de relatos Lazos de familia. No llegó a conocer a la escritora, pero un libro llevó a otro y en 1995 publica Clarice. Uma vida que se conta en la Editorial Ática de San Pablo. Se trata de una biografía literaria exhaustiva, de corte académico, que bucea en documentos públicos, se apoya en los textos de Lispector, en cartas y semblanzas de amigos, y parte de una hipótesis que sostiene hasta el final: el carácter inclasificable de su objeto de estudio.

Ahora traducido para la editorial Adriana Hidalgo, el libro acerca en español un material de primera mano sobre la escritora más internacional de Brasil, con más de cien páginas de bibliografía y notas. Sigue los pasos de su vida pero siempre en relación a la obra; desde el aplaudido debut con la novela Cerca del corazón salvaje (1943), a las dificultades económicas que tras el divorcio la obligaron a subsistir del periodismo, y a la consagración crítica luego de La pasión según GH (1964). Gotlib rastrea con lupa la llegada de la familia al país, las primeras lecturas y los estudios de Clarice, anotando incluso quiénes fueron sus profesores y cómo fueron sus notas. Se ocupa de sus amistades literarias, como la que mantuvo con los escritores Lúcio Cardoso, Rubem Braga, el matrimonio de Mafalda y Érico Veríssimo, o Fernando Sabino. Cuenta cómo se relacionaba con sus empleadas domésticas y con sus animales, y de qué manera los transportó a sus relatos. Pero deja sin abrir algunas puertas. Por ejemplo, no dice gran cosa de la relación matrimonial de Clarice ni de las claves de su ruptura, que apenas deja entrever transcribiendo la carta de un marido arrepentido y abrumado (quien sin embargo no tardaría en encontrar otra esposa, más joven y perteneciente al ambiente diplomático). Tampoco registra cómo elaboró o acompañó Clarice la enfermedad de su hijo mayor, y qué pasó con él. No indaga en la profundidad de su amistad de madurez con Olga Borelli, relación que comenzó en 1970 y tuvo como primera curiosidad el hecho de que Clarice le propusiera ser amigas en una extraña carta. Preservar la intimidad -un requisito de la literatura de Clarice y de su comportamiento- es también la premisa de su biógrafa, aunque pueda no coincidir con el apetito de los lectores, aún de los lectores de Clarice, acostumbrados a no tener una verdadera historia entre manos, un principio-desarrollo-final, un personaje hecho carne y acto.

Sobrado de páginas y falto de correcciones (tipográficas y ortográficas) el libro tiene además errores como éste: en la página 420 se comenta una foto sacada el 22 de junio de 1968, cuando un grupo de intelectuales y artistas protesta contra un desborde puntual de la dictadura. En ella aparecen en primer plano Clarice, Carlos Scliar, Milton Nascimento, Oscar Niemeyer y la actriz Glauce Rocha. Pero en la página 55, al pie de la foto se mencionaba al director Glauber Rocha.

EXTRANJERA. La extranjería de Clarice, siempre rodeada de gente, fue geográfica e involuntaria, pero también fue artística y buscada. Así resulta viendo las coordenadas básicas de este retrato clariceano que hace Gotlib. El exilio dulce que le impone el trabajo de su esposo la lleva por los caminos de la saudade. Desde agosto de 1944 hasta abril de 1946 vive en Nápoles, cansada de no hacer nada, excepto en el corto período en que visita a soldados brasileños internados en un hospital. Luego vivirán tres años en Berna (Suiza), donde nace su hijo Pedro (1948). En numerosas crónicas va a transmitir esa insustancial y suicida vida de domingo, soportada a base de mucho cigarro y cinismo. En setiembre de 1952 comienzan seis años largos en Estados Unidos, donde tiene su segundo hijo y escribe con dificultad su cuarta novela, La manzana en la oscuridad (publicada recién en 1961). También ahí, a pedido de su hijo Paulo empieza a escribir literatura infantil. En qué medida la vida diplomática perjudicó o facilitó su escritura no queda claro; ella misma tenía respecto a eso -como casi a todas las cosas- una sensación ambivalente.

Durante esa época regresa cada tanto a Brasil, donde publica sus novelas La araña (1946) y La ciudad sitiada (1949) y aun trabaja para varios medios de prensa, firmando a veces con seudónimo. Pero tampoco en Brasil el desasosiego se va. O se aburre o siente la carga de la escritura, que en su caso no es catarsis ni es una "verdadera profesión". A veces la siente como un necesario fluir para encontrarse a sí misma, y otras como una tarea que está obligada a hacer aunque perciba que sería mejor no hacerla. La persiguen todo tipo de terrores literarios: la angustia de las influencias, un acomplejado manejo del éxito, el miedo a hacer mala literatura, la soledad del acto de escribir y cada vez más la sospecha de la inutilidad de ese acto. Con insistencia creciente, Clarice proclama la secundariedad de la literatura y puede suscribir lo que dice alguno de sus personajes:"cualquier gato, cualquier cachorro vale más que la literatura". Por otro lado, y sobre todo luego de su divorcio, se queja de la pobre remuneración, de la viveza editorial y del multiempleo necesario para vivir de la literatura (traduce, escribe artículos periodísticos, hace entrevistas, adaptaciones, etc., es decir, entra en el círculo vicioso quitándole tiempo a la creación propia).

Como Katherine Mansfield, Virginia Woolf o Alejandra Pizarnik, con quienes fue comparada en términos estéticos, Clarice alimentó el personaje de sí misma, creyéndoselo o no. Había en ella tanto de belleza inaccesible como de perfección saboteada. Y mucho, hacia adentro, de la rareza de sus personajes: la protagonista de La pasión según GH (1964) que visita el cuarto vacío de la criada y encuentra una cucaracha gigante que terminará comiendo; la nordestina Macabea de La hora de la estrella (1977) mujer simple que encuentra la muerte luego de que una adivina le pronostica demasiada felicidad; la niña del cuento "Felicidad clandestina" que sufre porque una amiguita no le presta un libro; o las apasionadas mujeres de su único libro hecho por encargo, El vía crucis del cuerpo (1974). Clarice escritora supo intuitivamente que la vida más simple es un pozo de complejidad y se abocó a contarlo de distintas maneras. Anecdótica o metaliteraria, perfeccionista o naïf, distante o provocadora emocional, su prosa marcó un sendero en la literatura brasileña del siglo veinte. Y fue y es un sendero cargado de misterio, que quizá no lleva a ninguna parte, pero ahí está su razón de ser.

CLARICE. UNA VIDA QUE SE CUENTA, de Nádia Battella Gotlib. Editorial Adriana Hidalgo, 2007. Bs As.; Distribuye Gussi. 669 págs.



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