Ted Chiang
ESTO ES UNA ADVERTENCIA. Por favor, lean con cuidado. Es probable que a esta altura ya hayan visto un Predictor; para cuando estén leyendo estas palabras ya se habrán vendido millones. Para quienes no hayan visto uno, es un aparatito chico, como un control remoto para abrir la puerta del auto. Sus únicos rasgos son un botón y un gran botón con diodo emisor de luz verde. La luz brilla si uno aprieta el botón. Específicamente, la luz brilla un segundo antes de que uno apriete el botón.
La mayoría de la gente dice que cuando prueban por primera vez, suena a que están jugando a un juego extraño, donde la meta es apretar al botón después de ver la luz, y que es fácil de jugar. Pero cuando tratas de pasar por alto las reglas, descubres que no puedes. Si tratas de apretar el botón sin haber visto la luz, la luz aparece de inmediato, y por más rápido que te muevas, nunca aprietas el botón hasta un segundo después. Si esperas la luz, tratando de no apretar el botón después, la luz no aparece. Sin importar lo que hagas, la luz siempre precede al momento de apretar el botón. No hay modo de engañar a un Predictor.
El corazón de cada Predictor es un circuito con una demora de tiempo negativa: envía una señal hacia atrás en el tiempo. Todas las implicaciones de la tecnología se harán evidentes, más tarde, cuando se logren demoras de tiempo negativas de más de un segundo, pero esta advertencia no es sobre eso. El problema inmediato es que los Predictores demuestran que el libre albedrío no existe.
Siempre hubo argumentos que muestran que el libre albedrío es una ilusión, algunos basados en la física dura, otros basados en la pura lógica. La mayoría está de acuerdo en que estos argumentos son irrefutables, pero nadie acepta nunca realmente la conclusión. La experiencia de tener libre albedrío es demasiado poderosa como para que la derrote un argumento. Lo que se necesita es una demostración, y eso es lo que suministra un Predictor.
En un ejemplo típico, una persona juega con un Predictor compulsivamente durante varios días, mostrándoselo a los amigos, probando varios planes para superar al aparato. Puede parecer que la persona pierde el interés en él, pero nadie puede olvidar lo que significa: en las semanas que siguen van imponiéndose las implicaciones de un futuro inmutable. Algunos, al advertir que sus elecciones no importan, se niegan a tomar ninguna. Como una legión de Bartlebys Escribientes, ya no se comprometen en la acción espontánea. Con el tiempo, la tercera parte de los que juegan con un Predictor debe ser hospitalizada porque ya no se alimentan. El estado final es un mutismo acinético, una especie de coma despierto. Llevan el registro del movimiento con los ojos, y cambian de posición de vez en cuando, pero toda motivación ha desaparecido.
Antes de que la gente empezara a jugar con los Predictores, el mutismo acinético era muy raro, resultado de daños a la circunvolución cingular anterior del cerebro. Ahora se despliega como una plaga cognitiva. La gente solía especular sobre un pensamiento que destruye al que piensa, algún horror lovecraftiano, o una frase de Gödel que desmorona el sistema lógico humano. Resulta que el pensamiento invalidante es uno que todos hemos conocido: la idea de que no existe el libre albedrío. Sólo que no era dañino hasta que uno creía en él.
Los médicos tratan de discutir con los pacientes que aún responden a la conversación. Razonan que antes todos habíamos estado viviendo vidas felices, activas, y entonces tampoco teníamos libre albedrío. ¿Por qué iba a cambiar algo? "Ninguna acción que decidiera usted el mes pasado estaba elegida con más libertad que otra tomada hoy", podría decir un médico. "Puede seguir comportándose del mismo modo ahora." Los pacientes contestan invariablemente: "Pero ahora lo sé." Y algunos nunca más vuelven a decir nada.
Algunos sostendrán que el hecho de que el Predictor provoque este cambio en la conducta significa que seguimos teniendo libre albedrío. Un autómata no puede pasar a estar desalentado, sólo una entidad con pensamiento libre puede hacerlo. El hecho de que algunos individuos desciendan al mutismo acinético mientras que otros no lo hacen subraya la importancia de tomar una decisión.
Por desgracia, ese razonamiento es fallido: toda forma de conducta es compatible con el determinismo. Un sistema dinámico podría caer hacia una piscina de atracción y terminar en un punto fijo, mientras que otro exhibe una conducta caótica indefinidamente, pero los dos son deterministas por entero.
Les estoy transmitiendo esta advertencia a ustedes desde hace poco más de un año en su futuro: es el primer mensaje de cierta extensión recibido cuando los circuitos con demoras de tiempo negativas en el nivel del megasegundo son usados para construir aparatos de comunicación. Seguirán otros mensajes, referidos a otros temas. Mi mensaje para ustedes es éste: finjan que tienen libre albedrío. Es esencial que se comporten como si sus decisiones importaran, aun cuando sepan que no es así. La realidad no importa: lo que importa es lo que ustedes creen, y creer la mentira es el único modo de evitar un coma despierto. La civilización depende ahora del autoengaño. Tal vez siempre fue así.
Y sin embargo sé que, debido a que el libre albedrío es una ilusión, está por entero predeterminado quién descenderá al coma acinético y quién no. No hay nada que se pueda hacer al respecto: no se puede elegir el efecto que el Predictor tiene en ustedes. Algunos sucumbirán y algunos no, y que yo envíe esta advertencia no alterará esas proporciones. ¿Por qué lo hago entonces?
Porque no tengo elección.
(Traducción: Elvio E. Gandolfo)
El autor
TED CHIANG nació en 1967 en Port Jefferson (estado de Nueva York). Actualmente vive cerca de Seattle. Es una de las voces más originales de la nueva ciencia ficción. Su único libro, La historia de tu vida (2002), recoge sus primeros ocho relatos. Entre ellos hay ya varios que se consideran clásicos: "La torre de Babilonia", "La historia de tu vida", "Setenta y dos letras", "El infierno es la ausencia de Dios". En 2007 dio a conocer una novela corta: El mercader y la puerta del alquimista.