CARINA BLIXEN
INTELIGENTÍSIMA, SUTIL, entretenida: así es Una vida encantada (1955) de Mary McCarthy (1912-1989). Su protagonista, una mujer joven a la que le ha llegado el momento de demostrar que es capaz de escribir una obra de teatro, vuelve al pueblo-balneario que abandonó siete años atrás. Huyó en la noche, sin haberlo premeditado, de un primer marido seductor y brutal, hacia un nuevo amor.
Por qué regresa a un pasado del que parecía haberse liberado: es la pregunta que el lector se hace todo el tiempo a contrapelo de las respuestas, más o menos convincentes, que se dan la protagonista y su segundo cónyuge. A la mujer le gustan los desafíos, se sabe honesta y confía bastante en sí misma. Es un buen punto de partida.
Sin embargo la interrogante persistente e irresuelta sobre sus motivos verdaderos desliza la narración hacia una zona ominosa y oscura en la que todos los personajes se revelan cómplices. El mundo de Una vida encantada es sofisticado y sofocante, sostenido en una intensa atención a las emociones surgidas de la amistad y el amor. La pequeña localidad está habitada por artistas bohemios y extravagantes que han establecido sus propios códigos de convivencia en la Norteamérica de los años cincuenta.
En una entrevista a McCarthy realizada por Elizabeth Niebuhr en 1961, la narradora dijo sentirse presa de la directiva de su admirado Henry James: "dramatizar, dramatizar". Es decir, dejar a los personajes mostrarse por sí mismos. Ese designio funcionó muy bien en Una vida encantada. La narración tiene una clara tendencia a crear escenas. Los diálogos son muy interesantes porque "ilustran" en varios temas, en el mejor sentido: hacen pensar sin ser didácticos; y porque irónicamente revelan a los caracteres.
Ese recinto cerrado en el que funciona la ficción se nutre de la experiencia vital de la narradora. Mary McCarthy fue una mujer liberal y una intelectual peleadora. Perteneció a la exigua izquierda trotskysta estadounidense y vivió rodeada de artistas y críticos. Una vida encantada genera, como sus otras novelas, la tentación de ser leída en clave. Preguntada sobre qué opinaba de ese tipo de lectura, McCarthy respondió que lo que ella hacía era "tomar ciruelas verdaderas y ponerlas dentro de una torta imaginaria. Si una está interesada en la torta se irrita bastante con la gente que dice que la ciruela verdadera le da todo el sabor".
McCarthy fue consciente de la debilidad de ese mundo imaginario tan encerrado en su propia perspectiva. El 8 de diciembre de 1954 le escribió a su amiga Hannah Arendt (Entre amigas, Lumen) que Una vida encantada le estaba saliendo con un "toque personal" que le molestaba. Tal vez deba buscarse en motivos ajenos a la ficción la justificación para el final demasiado abrupto de la novela. El desenlace parece no preparado, como si su autora hubiera querido sacarse la historia de encima. Este defecto le fue señalado en el momento de su publicación. El título original es A charmed life. Entre las dos acepciones del verbo "charm": "hechizar", "encantar", el traductor eligió la que diluye más el sentido mágico originario.
Mary McCarthy se defendió, sin énfasis, de las críticas sobre el cierre de su novela argumentando que ella quiso hacer un cuento de hadas, no una narración tradicional y que eso está anunciado desde el título. Explicó que Una vida encantada es una novela sobre la duda y que la decisión última de la protagonista la libera de ese mundo mágico, inmortal e incierto al que pertenecen sus personajes.
El lector decidirá sobre el gusto de esta torta, pero, cualquiera sea el resultado, la degustación vale la pena.
UNA VIDA ENCANTADA, de Mary McCarthy. El Aleph. Barcelona, 2006. Distribuye Océano. 334 págs.