AMILCAR NOCHETTI
LA AMENAZA nuclear no decreció con la caída del comunismo: cambian los rivales, pero no el peligro. El actual enfrentamiento entre Occidente y el Islam mantiene al mundo en alerta, y la posibilidad de convocar fuerzas destructoras incontrolables ha generado una abundante literatura. El cine no es ajeno al tema, y en 2006 produjo dos exitosas miniseries. En Jericho un puñado de habitantes de una pequeña ciudad de Kansas debe luchar para sobrevivir en medio de una realidad hostil, después que el país ha sido devastado por un masivo ataque terrorista. En Héroes ocho personas "normales" se descubren poseedoras de insólitos poderes, provocados por una alteración genética de origen desconocido. Ambas miniseries evitan los efectos especiales y en cambio se ocupan, en forma gráfica y contundente, de la psicología de sus personajes, seres complejos que se debaten entre la drogadicción, la infidelidad, la violación y la locura. Sin embargo, el tema del desastre nuclear y sus consecuencias no es nuevo para el cine.
LA REALIDAD. Cuando el 6 de agosto de 1945 la nube atómica en forma de hongo se elevó 18 kilómetros por encima de la ciudad de Hiroshima, la concepción de la guerra cambió. También la noción de vida y muerte. El cine se hizo eco de esa preocupación colectiva, y ya El honor de su nombre (Melvin Frank y Norman Panama, 1952) abordó la misión del coronel (Robert Taylor) que desde el bombardero Enola Gay lanzó la mortífera carga. Pero el film exploró también los posteriores problemas de conciencia del piloto, que no había imaginado la magnitud de semejante detonación. Sí lo sabían, en cambio, el general Groves (Paul Newman) y el físico Oppenheimer (Dwight Schultz), que en Fabricante de sombras (Roland Joffé, 1989) llevaban a cabo el Proyecto Manhattan, terriblemente exitoso en Hiroshima y Nagasaki.
Resulta lógico que el agredido Japón haya dedicado buena parte de su cine a exorcizar la nefasta experiencia atómica. Hiroshima (Hideo Sekigawa, 1953) importó por la tremenda acusación de sus imágenes: los veinte minutos que seguían a la explosión tenían una fuerza trágica propia, sólo enfatizada por la repetición de un mismo encuadre (el lento removerse entre los escombros de un pueblo moribundo). En las antípodas de esa visión, Los niños de Hiroshima (Kaneto Shindo, 1952) era un relato pudoroso, moderado, tenso y por ello más violento, ya que allí la emoción estaba comprimida pero el horror permanecía irreparable. Más cerca en el tiempo, Shohei Imamura vinculó el hongo atómico al episodio de las Torres Gemelas en su segmento para el colectivo 11-09-01 (2002), aunque ya en Lluvia negra (1989) había pintado con sombría paleta cinco años en la vida de una familia sobreviviente de Hiroshima, y la manera en que sus cuerpos y espíritus eran envenenados progresivamente por la radiación nuclear.
En la crepuscular Rapsodia en agosto (Akira Kurosawa, 1991), una abuela y sus nietos japoneses se veían conmovidos por la visita de un pariente estadounidense (Richard Gere), y ese hecho despertaba la memoria del infierno, más vívido porque éste era evocado pero nunca mostrado: el resultado crecía desde un relato en apariencia cotidiano y banal hasta el estremecimiento de dolor y poesía de los tramos finales. Similar nivel de denuncia surgía de Tumba de luciérnagas (Isao Takahata, 1989), un film insólito dado que describía los horrores del bombardeo mediante el dibujo animado, al igual que la británica Cuando sopla el viento (Jimmy Murakami, 1986). En cambio, la reflexión era más intelectual en Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959), donde se detectaba una obsesión por la ruptura del tiempo: el "ahora" con que pasado, presente y futuro se entrecruzaban en la realidad de los protagonistas (ella, francesa; él, japonés) brindaba a las imágenes una fuerza de comunicación poética que medio siglo después permanece incambiada.
La pesadilla atómica también tocó de cerca a los estadounidenses, que en octubre de 1962 vivieron al borde del colapso a raíz de los misiles cubanos: ese drama estuvo bien descrito en la poco recordada 13 días (Roger Donaldson, 2000). Silkwood (Mike Nichols, 1983) optó por la denuncia, abordando la historia real de una joven (Meryl Streep) que trabaja en una planta de energía nuclear, está en contacto con los riesgos de contaminación, sospecha que la empresa descuida la seguridad para producir más, intenta una acción legal y sufre un trágico accidente automovilístico. Esa historia había inspirado también al eficaz Síndrome de China (James Bridges, 1979), de similar enfoque cuestionador y recordada labor de Jack Lemmon. Pero la contaminación había sido una triste realidad cuando El conquistador de Mongolia (1956) fue filmada en el desierto de Utah. Allí el gobierno había realizado varias pruebas nucleares, y debido a ello 91 integrantes de la filmación murieron de cáncer, incluyendo al director Dick Powell y sus protagonistas John Wayne, Susan Hayward y Pedro Armendáriz.
APOCALIPSIS. Otros films se han encargado de lanzar un alerta, imaginando qué sucedería si se desatara un magnicidio a escala planetaria. En La hora final (1959) Stanley Kramer propuso una visión amarga del futuro: un submarino se dirigía al único sitio libre de radiación (Australia), pero cuando llegaba al lugar el capitán Gregory Peck hallaba signos de que también allí había viajado la terrible contaminación. Mejor aún resultó Límite de seguridad (Sidney Lumet, 1964), donde un bombardero recibía por error la orden de arrasar Moscú, llevando a una crisis al presidente Henry Fonda y su gabinete, en un drama hecho con sensibilidad, tensión e inteligencia. Por su parte, el iconoclasta Peter Watkins rodó para la BBC El juego de la guerra (1965), un falso documental que alertaba sobre los devastadores efectos que podía tener para Inglaterra un ataque nuclear: las precauciones de defensa resultaban inútiles, las víctimas se contaban por millones y los sobrevivientes parecían estar condenados a una muerte segura. La BBC consideró entonces que el espectáculo era demasiado terrible para ser ofrecido en los hogares, y Watkins debió proyectar su film en cines, donde su difusión y su impacto fueron mucho menores, aunque en 1967 conquistó un Oscar por su revulsiva propuesta.
Muy diferentes consecuencias tuvo una experiencia similar en Estados Unidos: al ser proyectado por la TV, El día después (Nicholas Meyer, 1983) provocó una conmoción nacional que se prolongó en discusiones y debates parlamentarios. La película causó enorme inquietud con sus imágenes de ruinas, cadáveres calcinados, campos cubiertos de cenizas radiactivas, personajes cuyas carnes van siendo progresivamente carcomidas. Esa advertencia era el gran justificativo del film, que no funcionaba como drama. Al respecto resultaron más eficaces Testamento (Lynne Littman, 1983) y Cartas de un hombre muerto (Konstantin Lopuschansky, 1984), dos títulos olvidados que merecerían una mayor difusión.
Dr. Insólito (Stanley Kubrick, 1964) es la cúspide en la materia. Sostiene la idea de que la humanidad está tan demente como para ir al suicidio colectivo: todo el suspenso surge de esa premisa y de la acción alternada en tres historias, una en el Pentágono, otra en una base militar comandada por un loco, una tercera en el bombardero que avanza implacablemente hacia su destino, que será el de todos nosotros. La forma de ese alerta es la de una comedia pesadillesca, porque en palabras del propio director: "¿Qué puede ser más absurdo que dos potencias atómicas deseen borrar todo rastro de vida humana a causa de diferencias políticas que dentro de un par de siglos parecerán tan sin sentido como los conflictos teológicos medievales nos parecen ahora a nosotros?". Haber jugado a la risa fue el mayor acierto del film: esos generales dementes de los cuales depende el planeta resultaban tan reales y cercanos como la pesimista metáfora que se desprendía en la imagen final, una serie ininterrumpida de explosiones atómicas, mientras una canción apunta que "ojalá nos volvamos a encontrar en un día soleado". Los líderes mundiales deberían tomar nota y no usar las armas que unos fabrican y otros trafican: ese día sería realmente soleado.