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Toda la Historia rusa
Del infierno al deshielo

VIRGINIA MARTÍNEZ

EN EL LIBRO Rusia y sus imperios (1894-2005) el historiador Jean Meyer repasa lo que para él tiene la certeza de una evidencia: el carácter desmesurado y trágico de la historia rusa y soviética. Francés residente en México, el interés académico de Meyer se ha centrado en la Historia de su país de adopción y en la de Rusia, sobre la que escribió también La gran controversia entre las Iglesias Católica y Ortodoxa (Tusquets, 2006), El campesino en la Historia rusa y soviética (FCE, 1997) además de ensayos, artículos y colaboraciones periodísticas.

Del "infierno" zarista al "paraíso" soviético y a la caída en el "infierno" capitalista (1991), tal el núcleo de la obra, en palabras del autor. Dispersos en un inmenso territorio, los rusos no conocen la moderación: pasaron de la religiosidad fervorosa al ateísmo militante; fueron conquistados e imperialistas, padecieron revolución y estancamiento. Para Meyer la fuerza motora de su historia ha sido la voluntad de "alcanzar y rebasar a Occidente".

Aunque descarta el mito de que Rusia es un país dotado de alma de esclavo - el modelo de despotismo asiático- y rechaza la identificación de Iván el Terrible, Pedro el Grande, Lenin y Stalin, esa idea se hace presente y vuelve más de una vez en el relato histórico que propone al lector. Vladimir Putin no hace más que completar el círculo: "Cruza el orgullo soviético con el patriotismo ruso y un cristianismo ortodoxo ostentoso; su éxito desemboca en un verdadero culto a la personalidad".

LA ERA DE LOS SOVIETS. En vísperas de la Revolución el país tiene casi 174 millones de habitantes y uno de cada tres es menor de edad. Desigual densidad de población; tierras pobres y mal distribuidas; nobleza que hasta 1905 es reformista y luego cierra filas con el zar; burguesía incipiente; clase media débil y en proceso de pauperización y un proletariado que acaba de nacer pero no termina de nacer forman el escenario social. Junto a la clase dirigente, opuesta a ella, surge la élite cultivada, la intelligentsia. Feroz en su crítica al Estado y a la "inculta autocracia" que lo domina, se propone despertar al pueblo y cree en la revolución como única salida para el país. De ella, afirma Meyer, heredarán Lenin y los bolcheviques, el "voluntarismo fanático fundado en la creencia mística" de que es posible acelerar el curso de la historia.

La edad de bronce: 1914-1928, analiza la figura de Lenin y las etapas de la revolución bolchevique. Repasa los acuerdos de Brest-Litovsk, el comunismo de guerra, el inicio de la guerra civil y la Nueva Política Económica (NEP). Meyer ve surgir en este período el germen del mal que dominará al siguiente y retoma la idea de que una suerte de "destino manifiesto" totalitario domina la historia rusa. Cita a Gorki: "Especialmente desconfío cuando un ruso recibe el poder en sus manos. Esclavo ayer, se vuelve un déspota sin freno tan pronto como tiene la oportunidad de convertirse en el amo de su vecino".

La edad de hierro: 1929-1953 se centra en el tiempo de Stalin: afirmación definitiva de la "construcción del socialismo en un solo país", fin de la NEP e instauración de un régimen de terror. Comienza la deskulakización -lucha contra el kulak, campesino rico- , preámbulo de la etapa final: la colectivización rural. Meyer analiza detenidamente sus consecuencias. Basándose en un trabajo de 1994 del demógrafo francés Alain Blum -la cartografía y la cronología de la hambruna provocada por la colectivización es reciente y provisoria- el autor sitúa en seis millones el número de personas que, literalmente, murieron de hambre.

La era Stalin es también la de la industrialización a marcha forzada. El país se lanza a remontar el secular atraso construyendo máquinas, centrales hidroeléctricas y altos hornos, indispensables para convertirlo en potencia industrial-militar. "Acero, electricidad y cemento son los tres elementos de la trinidad", afirma Meyer. Todo ello será pagado con trigo, lo que explica que un país sumido en el hambre sea exportador de trigo. En 1931 Stalin fundamenta la carrera por la industrialización: "Llevamos entre cincuenta y cien años de retraso. Tenemos que recorrer esa distancia en diez años. O lo hacemos o nos harán polvo".

La centralización y planificación que rigen la economía también gobiernan la producción artística y cultural. Nace el realismo socialista, arte al servicio del Estado. Meyer estudia las relaciones entre la intelligentsia y el poder, y sigue el destino de sus principales figuras: el asesinato de Mandelstam y de Meyerhold, la domesticación de Shostakóvich, el exilio interior de Anna Ajmátova, la tolerancia hacia Pasternak, la emigración de Nabokov y el oficialismo de Gorki, a quien califica de apóstata. Dedica una sección al estudio del gulag, acrónimo de la Dirección de Estado de los Campos de Trabajo Correctivo; historia el nacimiento y evolución de la rehabilitación por el trabajo y el saldo demográfico de esa política masiva.

HACIA LA DESINTEGRACIÓN. El bajo imperio 1953-1991, que se inicia con la muerte de Stalin, se caracteriza por la extensión del dominio o influencia soviética a vastas regiones del planeta, una crisis económica permanente vinculada a un esfuerzo militar también permanente y la búsqueda de formas de dirección política colegiada. El XX Congreso del Partido Comunista (1956) abre la desestalinización: frente a un auditorio perplejo y silencioso, el secretario general Jruschov lee su célebre informe en el que denuncia el culto a la personalidad y responsabiliza a Stalin de la política de terror. Comienza el deshielo cultural. El Partido se ha transformado en una máquina enorme -10 millones de afiliados en 1964- y disciplinada. Es una estructura de funcionarios, pero sin militantes ni vida política activa. Este período también conoce la transformación del gulag, que perdura hasta la caída de la URSS. Los diez años de Brezhnev, son los del comunismo de la Nomenklatura -élite de la burocracia- y de la coexistencia pacífica. El período concluye con la perestroika, de Gorbachov, revolución desde arriba que desemboca en el desmembramiento del sistema.

La segunda República 1991-2005, aborda el período siguiente a la desintegración de la URSS: la reorganización del país, la formación de la Comunidad de Estados Independientes, la guerra de Chechenia y los problemas de la Rusia actual. Entre ellos Meyer destaca la debilidad del sistema político: democracia formal con elecciones periódicas pero sin organizaciones políticas que -salvo el Partido Comunista- puedan considerarse partidos. En la nueva Rusia campea la desigualdad social, la criminalidad, una mafia visible y activa, y una sociedad ganada por la indiferencia y el pesimismo, nostálgica de la grandeza imperial rusa. En 2006, Vladimir Putin, inspirador de la nueva Rusia, proclama el 4 de noviembre como fiesta nacional. Ese día, en 1612, los invasores polacos tuvieron que salir de Moscú y se fundó la dinastía Romanov. Ese sentimiento colectivo ha originado el renacimiento de la teoría eurasiática, movimiento nacido en los primeros treinta años del siglo XX: la rusa es una civilización original y única, multicultural y multilingüística, que conjuga influencias de Oriente y Occidente, destinada a jugar un papel de liderazgo.

Tendencia al autoritarismo, ausencia de democracia, voluntad de acelerar forzadamente el curso de la Historia, y la incapacidad de responder a la pregunta de si Rusia está en Europa o fuera de ella, son -a juicio del historiador- los asuntos que atraviesan la historia del país y constituyen el corazón de la no resuelta cuestión rusa.

RUSIA Y SUS IMPERIOS (1894-2005), de Jean Meyer. Barcelona, 2007. Tusquets. Distribuye Urano. 597 págs.



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