JORGA ABBONDANZA
LA BOMBA atómica le permitió a Estados Unidos ganar su guerra contra Japón en agosto de 1945. Unos años antes, sin embargo, los norteamericanos habían utilizado otra bomba menos estruendosa pero igualmente devastadora: el arma financiera. Tratando de asfixiar la economía japonesa con trabas al intercambio comercial (que era de vida o muerte para un país sin materias primas como Japón) el gobierno de Franklin Delano Roosevelt impuso elevadas tarifas aduaneras, luego prohibió ciertas exportaciones de alcance militar y finalmente -a mediados de 1941- cortó el abastecimiento de petróleo y congeló los fondos japoneses en bancos de Estados Unidos. Pero esos cañonazos económicos no tuvieron el efecto esperado, sino apenas consecuencias moderadas por razones que se explican en Bankrupting the Enemy, The U.S. Financial Siege of Japan before Pearl Harbor, un libro de Edward S. Miller publicado por la Naval Institute Press, que explora ese baile de dólares y lingotes de oro en torno a las tensiones entre norteamericanos y nipones durante la década que desembocaría en la Guerra del Pacífico.
Conviene saber que Japón había figurado en el bando de los Aliados durante la Primera Guerra Mundial, pero un creciente fanatismo nacionalista lo llevaría luego a enfrentarse con los intereses del Imperio Británico en el lejano oriente, arrastrándolo al Pacto Tripartito con el Tercer Reich y la Italia fascista en setiembre de 1940 y colocándolo delante de la presencia norteamericana no sólo en materia geográfica (Hawai, Filipinas) sino en el campo económico, donde Japón dependía de las exportaciones de hierro, algodón y petróleo que obtenía mayormente de Estados Unidos. Mientras se agudizaba esa crisis, el imperio japonés había ido expandiéndose a lo largo del siglo XX con la anexión de Corea y la isla de Formosa (ahora conocida como Taiwan), a lo que deben agregarse sus victorias en guerras con China (1895) y Rusia (1905), pero también las conquistas que efectuaría en los años 30: la de Manchuria (setiembre de 1931) y la de buena parte de China (julio de 1937), un incidente que enojó a los norteamericanos.
Históricamente, los países hegemónicos no han tolerado el desafío de las potencias emergentes. Por eso Felipe II quiso escarmentar a los ingleses despachando la Armada Invencible y dos siglos y medio después la propia Inglaterra pretendió humillar a Estados Unidos con la guerra de 1812, por no hablar de la Guerra de Crimea contra la ascendente Rusia de 1853. Hacia 1937, cuando Japón invadió China, ese atrevimiento sacudió a la clase política norteamericana situándola frente al hecho perturbador de que una potencia asiática alterara el dominio anglosajón sobre la zona. Entonces volvió a plantearse el encontronazo entre un país habituado a controlar la región -como lo había hecho Estados Unidos en el Pacífico desde fines del siglo XIX- y otro país que amenazaba ese poderío, como ocurrió con el agresivo Japón de la década del 30.
PUNTOS DE VISTA. Eso no lo dice el libro de Miller, porque está escrito por un norteamericano que contempla los conflictos desde un punto de vista incurablemente metropolitano. Pero su texto hace en cambio un inventario de inmensa prolijidad sobre los pasos comerciales y financieros que fueron llevando gradualmente desde algunos roces hasta la ley de congelamiento de fondos japoneses (julio de 1941) y el ataque a Pearl Harbor (diciembre de 1941). Lo atrayente de ese balance, que contiene más cifras, porcentajes y datos de los que suele digerir un lector común, es el cuadro que pinta sobre la economía japonesa de la época, la cultura occidental que la acompañaba al otro lado del océano y la flemática reacción de los funcionarios de Roosevelt ante las provocaciones niponas. Porque esos jerarcas fruncieron el ceño pero demoraron varios años en adoptar medidas dramáticas contra su rival asiático, debido a la posición aislacionista de la opinión pública norteamericana frente al alboroto belicista que llegaba de Europa y de Oriente.
Puede ser interesante enterarse de que los documentos norteamericanos sobre toda esa historia recién fueron desclasificados en 1996 y forman parte de una masa de papeles que pesa 75 toneladas, aunque el equivalente japonés no existe porque esos otros documentos fueron quemados en Tokio durante las dos semanas que transcurrieron entre la capitulación japonesa y el comienzo de la ocupación militar norteamericana de 1945, por temor a los juicios de la posguerra. De cualquier manera, Miller dice cosas reveladoras, como el dato de que la economía japonesa de 1937 equivalía al 8% de la estadounidense, aunque en 2006 ha alcanzado en cambio al 40% de esa competidora mayor. No sólo la capacidad de recuperación del Japón ha sido portentosa, sino también su esfuerzo por multiplicar volúmenes de producción (como sucedió con el arroz o la seda a comienzos del siglo pasado) apoyándose en unos costos favorecidos por el hecho de que un obrero japonés ganaba entonces el 10% de lo que obtenían sus colegas occidentales.
Más remoto y hasta novelesco es el hecho de que las primeras presiones económicas contra Japón se emprendieron desde Washington con la ilusión de lograr que ese país desistiera de su agresión sobre los vecinos asiáticos, aunque la meta fracasó. Hubo un enorme abanico de gestiones diplomáticas, sanciones económicas y preparativos militares, pero la mística guerrera de los nuevos samurais no era un enemigo fácil de persuadir. Cuando se produjo la invasión de China, lo que alarmó a los norteamericanos de 1937 no fue el espantoso bombardeo de la población civil, sino la amenaza al criterio de mercados abiertos que respaldaba Estados Unidos y el hundimiento de la cañonera norteamericana Panay en el río Yangtze, por la que Japón pidió luego disculpas y pagó una indemnización.
LA TELA DIVINA. En aquella época, el intercambio comercial entre Estados Unidos y Japón tenía el soporte decisivo de la seda, un producto que Japón había desarrollado notablemente desde fines del siglo XIX y que constituía el 54% de todas las exportaciones nacionales con destino al mundo de la indumentaria, en especial las medias femeninas, aunque fuera un material cinco veces más caro que la lana y veinte veces más caro que el algodón. Hacia 1920, el número de mujeres trabajando en la industria japonesa se había duplicado con respecto a 1900 y poco después los beneficios que dejaba la exportación de seda financiaron la reconstrucción del catastrófico terremoto de Tokio de 1923. Parte de ese auge se atascó bajo la crisis global de 1929, un viraje de precios y mercados que no sólo generó nuevos sectores de pobreza sino que redobló el impulso de un nacionalismo militarista que tendría consecuencias desastrosas para el Japón.
En ese período, el país ya había desarrollado una fibra llamada rayon, con cuyo costo más moderado hizo un negocio adicional en los mercados mundiales, aunque los japoneses no podían saber que el 15 de mayo de 1939 en la Feria Mundial de Nueva York se declaró el Día del Nylon, dedicado al flamante producto sintético descubierto por la firma DuPont de Nemours, que acapararía la demanda mundial en materia de lencería y pondría fin al dominio de la seda y sus famosos derivados suntuarios, desde el satin hasta el chiffon. En una curiosa coincidencia, Japón debía despedirse del apogeo planetario de la seda natural mientras buscaba el apogeo militar con la aventura de Pearl Harbor, que en un año de conquistas llevaría su arremetida hasta Birmania.
Pero durante todo ese lapso los dirigentes de Washington iban cerrando su tenaza sobre Japón, privándolo por ejemplo de la gasolina de alto octanaje que se usa en aviación. Desde setiembre de 1939 Europa se encontraba en guerra y ese conflicto había modificado el mapa de los mercados internacionales, con lo cual Japón ya no podía comprar barcos británicos ni colocar su porcelana en Francia o Alemania. Se defendió temporariamente con la venta de pescado y mariscos al continente americano y con la producción de vajilla o de objetos de celuloide, otros terrenos en los que tenía una fabricación masiva y que también colocaba en este hemisferio.
Por debajo de tales rubros y con menos visibilidad, algunas astutas manipulaciones de fondos (en dólares y en oro) permitieron a Japón engañar a los norteamericanos sobre las reservas que mantenía en los propios bancos radicados en Estados Unidos, bajo las narices de Wall Street y de los sabuesos de Roosevelt, de manera que la bancarrota a que alude el título del libro -y que refiere al arma letal del bloqueo de fondos- no significaba que el Japón de 1941 estuviera fundido, sino que esa quiebra estuvo finalmente determinada por "un plumazo de Washington", cuando se resolvió suspender todo intercambio comercial y financiero. Pero aún llegado a ese extremo, Japón intentó comerciar sin manejar dinero mediante la práctica del trueque, aunque la propuesta no tuvo éxito. Y así entre otras cosas dejó de fluir la seda japonesa con que se confeccionaban los paracaídas para el ejército yanqui, mientras Japón hacía frente de todas maneras a una solitaria epopeya militar que sólo se frenaría cuatro años después en Hiroshima.