Los duros no mueren

FELIPE POLLERI

SIEMPRE pensé que a los buenos libros uno tiene que leerlos como si el autor estuviera muerto desde hace décadas o, mejor, siglos. Si yo fuera un buen escritor me gustaría que me leyeran como si estuviera muerto, como si mi persona o máscara fuera incapaz de intervenir voluntaria o involuntariamente en la recepción. Así, libres de mi simpatía o antipatía, olor a flores o a cloaca, buenas o malas costumbres, mis libros se presentarían al lector desembarazados de esa pesada molestia que es siempre el tipo, ángel o demonio o cruza, que los escribió.

Norman Mailer hace pocos días que alcanzó el noble estado de autor muerto. Ya, pese a su voluntad de brillar constantemente en el centro de la polémica, su figura empieza a borrarse; así de cruel, así de rápida, es la muerte. Las novelas que se sostenían gracias a su poderosa presencia, hace días que están hundiéndose en la nada: Los desnudos y los muertos, El parque de los ciervos, Un sueño americano, Los hombres duros no bailan, Noches de la antigüedad, etc.

Mailer fue un autor importante para mi generación: el gran provocador, el duro que no vacilaba a la hora de desmitificar "el sueño americano", de atacar al autor de moda o al presidente de turno con brulotes sangrientos, el que llamaba a las cosas por su nombre contrariando a la moralina estadounidense, el autor de ensayos tan brillantes y arriesgados como El negro blanco, una reivindicación de la conducta psicopática frente a la vida sin alma del norteamericano medio, o Los hijos de la diosa, una de las obras de crítica literaria más inspiradas que yo haya leído. Pero la mayoría de sus novelas y de sus ensayos no lo sobrevivieron; bien pensado, esto es casi inevitable cuando alguien escribe demasiado porque confía demasiado en las propias fuerzas. Dicho esto con una mezcla de rabia y dolor, quiero agregar (con una mezcla de alegría y dolor) que Mailer fue un escritor de primera fila: no murió, tal vez porque los escritores con muchas agallas siguen peleando desde el más allá.

Está vivo gracias a un par de novelas de peso, a un par de maravillosos cuentos largos, a unos pocos ensayos y sobre todo gracias a ¿Por qué fuimos a Vietnam? Esta gran, gran novela, relativamente breve, bastaría para inmortalizarlo. Un adolescente, D.J., tan desprejuiciado como boca sucia, hijo de una dama sureña y de un exitoso hombre de negocios, a los que disecciona sin piedad y con abundantes dosis de humor negro, nos relata (como un frenético relator de radio) el viaje que realizó con su padre a Alaska para cazar un oso "grizzly": sagrado deber corporativo que el padre de D.J. tiene que cumplir con otros ejecutivos si quiere conservar su orgullo, su trabajo y su estatus. Esta caza demencial, caricaturizada por el obsceno y despiadado D.J. menos despiadado que su padre y afines, es una genial metáfora del espíritu enfermo de un país que necesitó una guerra para dar salida a todo el veneno acumulado, a toda la violencia y a toda la locura, que destiló y destila el capitalismo triunfante. Después de la cacería, D.J. irá a "Vietnam, trampa candente".

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