Una buena historia

FELIPE POLLERI

UNA DE LAS tonterías más concurridas de los artesanos actuales es declarar alegremente: "A mí me gusta contar historias. Porque me gusta que me cuenten una buena historia". En fin: a mí me importa un rábano la tal "historia"; al contrario, lo único que me interesa es lo que la rodea.

En una de las grandes novelas del siglo XX, la más grande según Malraux, Diario de un cura rural de Georges Bernanos, el argumento es de una pobreza franciscana. Lo que tenemos es al cura de una parroquia rural y casi nada más; el innombrado cura, extremadamente delgado ya que sólo puede digerir un poco de pan con vino, despreciado por sus feligreses a causa de su torpeza y su incomprensible humildad, se arrastra de un pequeño y sórdido fracaso a otro y anota en su diario sus transidas reflexiones de perdedor.

No importa que ese cura a veces escriba demasiado bien, ni que sepamos poco y nada de la parroquia o de los habitantes del lugar. El lector "cree" en ese curita patético, que a la vez y secretamente se va agigantando hasta tomar las dimensiones de un santo dostoievskiano, gracias a ese misterioso proceso que llamamos arte. Porque el torpe curita no habla de sí mismo, a fin de cuentas: es sin quererlo, una esquelética marioneta de Dios a merced de la bondad y la compasión, la empatía y la justicia. Y hay que ver la autoridad, venida desde lo alto, con que puede enfrentar el orgullo del poder hasta obligarlo a arrodillarse. En Bernanos, más que un choque de personajes, se da un enfrentamiento de almas. Y, sin embargo, el cura rural nunca deja de ser el joven y enfermo y delgado hombrecito que se arrastra por los caminos en su bicicleta, mientras la parroquia se hunde por culpa de su mala administración y nulo sentido práctico. Si algún triunfo espera a este desgraciado es de naturaleza espiritual, como a todos nosotros. Yo no soy católico; pero, como todos, puedo identificarme con el cura de Bernanos porque tengo edad suficiente para haber aprendido que el valor de nuestra vida no se mide por el "éxito" o el "fracaso" social, sino por la grandeza o miseria de nuestras aspiraciones, de nuestros sueños, del objetivo de nuestros esfuerzos más desesperados.

No, seguramente Diario de un cura rural no cuenta "una buena historia". Todo es interior, todo se gana o se pierde en ese invisible lugar que algunos llaman el alma y otros el corazón y otros (los militantes de las buenas historias) la nada. Esa nada, llámese como se llame, vive en las novelas de Bernanos para mostrarnos qué grande es el hombre en su infinita pequeñez.

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