El primer escritor pop

 cultural Manuel Puig 20071207 300x316

DANUBIO TORRES FIERRO

A TIEMPO, y perteneciendo mucho a su tiempo, sin perder ninguno de los trenes que su vida corta le puso delante, Manuel Puig (Argentina, 1932-1990) historió obstinadamente una invención en la que confluyeron la inteligencia individual y una apetencia colectiva. La primera, al proponerse regenerar literariamente unos géneros populares de pésima reputación intelectual, y la segunda, al consagrar con su apoyo y su entusiasmo tal iniciativa. Este trámite convergente, levantado sobre una infraestructura de resonancias tan atávicas como es la cultura popular, que casi siempre araña regiones sombrías y deprimidas, generó, en su dinámica, un compromiso de entendimiento, como si juntos autor y público se reconocieran en una idea común de estilo y dicción que recoge las apetencias de una época y recrea parte de su espíritu. A la vez familiaridad íntima y distancia crítica, transferencia simbiótica y mirada irónica, fueron los extremos de un pacto que Puig -decidido, astuto, audaz- supo organizar con eficacia al marcarlo con un sello propio y al desarrollarlo con la dosis de exasperación imprescindible para garantizar su validez estética.

De su tiempo fue y en su tiempo estuvo Puig; y, por ese camino, encontró su lugar único en unos momentos en los que, en el dominio literario, tantos lugares únicos fecundaron. Porque no debe olvidarse que la obra de Puig aparece acompañando la emergencia de lo que se llamó, con cierta pobreza calificativa, el "boom latinoamericano", un movimiento de renovación literaria sólo comparable al que inaugurara en estas tierras el modernismo de Rubén Darío, aquel modernismo que entre nosotros encarnó en Julio Herrera y Reissig y en Leopoldo Lugones. Un libro reciente, Puig por Puig. Imágenes de un escritor, compilado por Julia Romero, mucho restituye de ese trayecto creador y de esa coyuntura literaria al recoger una trilogía cronológica hecha por el propio escritor, y además ensayos, críticas, entrevistas y fragmentos de cartas que conciernen a los asuntos que se comentan o se analizan. El mapa minucioso que surge de ese esfuerzo es el que da pie, directa o indirectamente, a estas notas.

HIJO PUTATIVO. Hacia finales de los sesenta del siglo XX, las primeras novelas de Puig (La traición de Rita Hayworth, 1968; Boquitas pintadas, 1969; The Buenos Aires Affair, 1973, El beso de la mujer araña, 1976) llegaron para pisotear con vocación subversiva el discurso literario convencional y para expresar -como si de surtir vino nuevo en odres viejos se tratara- algo que no había cristalizado hasta entonces. Hijo putativo de la modernidad que ya en esas fechas se transforma en posmodernidad, hijo díscolo que se da el lujo de elegir arteramente a sus padres, él representa en el continente el único exponente literario de la cultura pop (la tendencia artística que provoca con la inclusión en su estructura de elementos vulgares y desechos) en una activa doble vertiente: la que provenía de una zona de la cinematografía hollywoodense, y aquella que despuntaba con el empuje de unos gays en busca de una manera legítima y legitimada de decir su nombre (Puig, bisexual nada vergonzoso, es también un paradigma).

Se trata de dos resortes dramáticos de raíz antiintelectual y anti-académica que, en las manos hábiles de prestidigitador de Puig, se volvieron efectivamente revulsivos y que, dicho sea de paso, mucho unieron en su contra al anti-yanquismo profesional propio tanto de las derechas como de las izquierdas confesionales y, también, de esa homofobia que a veces oculta una postura reactiva a sediciosas tentaciones reprimidas. Cabe preguntarse qué destino se habría trazado para Manuel Puig de no haber sido por algunos críticos de fuste, como Emir Rodríguez Monegal, que lo apoyó desde temprano, o por alguna tutela empática, como la del cubano Guillermo Cabrera Infante. Uno y otro insistieron, en su auxilio crítico a Puig, en subrayar un punto decisivo que era parte de un canon que apenas se abría camino en la América Latina políticamente encrespada de entonces: todo lo que se escribe aspira a convertirse en literatura, todo está condenado a volverse literatura; no hay, de antemano, en esa escritura infinita que escribe al mundo, materiales nobles o innobles, dignos o indignos.

CRUELDAD Y MORBO. El tono de La traición de Rita Hayworth -toda escrita en diálogos- y el de Boquitas pintadas - una serie de episodios que se precipitan sorpresa tras sorpresa a un final anunciado- fue de verdad inconfundible. Lo alimentaba y lo sostenía una voz singular que carecía propiamente de voz narrativa autoritaria, al ceder protagonismo a los personajes y al lenguaje que, en un mismo envión, los vehiculaba y definía. Allí esas voces, en monólogos epistolares o en coros de complicidades, se configuraban por medio de un acento coloquial, de un parentesco cercano y de una jerga próxima en la que ellos (y sus eventuales lectores-colaboradores) se re-conocen como si de una lingua franca se tratara. Así se construye una verdadera caja de resonancias en la que percuten unos sectores sociales y culturales fácilmente identificables; son los que engrosaban las clases medias de las décadas del treinta y del cuarenta rioplatenses: amas de casa, maestras escolares, espectadores de cine, escuchas de radioteatros, dandis provincianos.

Es un universo en efecto familiar pero que se agiganta literariamente de manera hiperrealista y que, al mismo tiempo, se organiza en complicadas texturas afantasmadas; un universo, también, que se arraiga en las figuras icónicas de un limbo cultural en el que confluyen alternativa y solidariamente el cancionero popular, la radiofonía y el cinematógrafo. Vida cotidiana y alienación son palabras que, aplicadas a entornos apenas distintos por el ensayista Juan José Sebreli, mucho ayudan a resumir estos contextos. Primer escritor pop de la lengua en sentido estricto, y acaso por contaminación primer escritor kitsch (el estilo que busca erradicar el sentimiento culpable y vergonzante que engendra lo "impropio"), Puig hace suyos los parámetros estéticos centrales (y las oscuras sospechas éticas) de esos movimientos y los aplica a un país, la Argentina de aquellas fechas. Es como mandado hacer para ellas: un país neurótico, un país infestado de cultura reaccionaria, un país de ínfulas ultramodernas y de subsuelos malheridos, un país de severa tradición literaria a la que los libros de Puig dinamitarán sin contemplaciones.

FALLAS PSICOLÓGICAS. Hay algo más. El pop, como se sabe, tuvo dos características distintivas. Por un lado, se trató del primer estilo enteramente accesible de la corriente "moderna" internacional e internacionalizada, un estilo que habló sin escrúpulos del consumo masivo y que estimuló y solicitó ese consumo. Por otro lado, y de forma larvada o subterránea, allí los emblemas míticos que se codean y se refuerzan son Eros y Tánatos; uno y otro de estos dioses sugieren que en alguna parte cercana al corazón del pop merodea lo moribundo, las vanités melancólicas, los memento moris trágicos.

Los personajes provincianos y deslumbrados de Puig, esos hombres y mujeres ateridos y rotos, que tanto comulgan en los enredados laberintos del erotismo y la expiación, llegan para revelarnos unas identidades que resultan a un tiempo de la influencia indiscriminada y sin tasa de los medios masivos de comunicación y, no menos decisivamente, de unas determinadas pautas ideológicas y mentales: dictaduras, machismo, hibridismo sexual.

El beso de la mujer araña resulta, en este sentido, una obra explosiva. Allí, en la única novela de Puig protagonizada por hombres, y en un microcosmos concentracionario de alto voltaje dramático, un homosexual y un guerrillero desarrollan un romance singular que alcanza la redención amorosa gracias a la intervención de la fantasía y la elaboración fantasmagórica.

Acaso ninguno de los tantos atributos mayores de la obra de Puig hubiera adquirido verdadera validez artística sin dos recursos principales. Primero: fue un novelista que inventó el tema del espectador situado en una coyuntura muy precisa de la novela latinoamericana, y de esa forma echó las bases, para el ámbito de la lengua, de la dinámica interactiva entre el lector y los medios populares. Y, segundo: creó un lenguaje (una traducción que es traición y es trasmutación de una tradición) que, al avanzar y desplegarse a través de una absorción de la escritura, suda y traspira sus propias propuestas.

PUIG POR PUIG. IMÁGENES DE UN ESCRITOR, compilado por Julia Romero. Iberoamericana/ Vervuert, 2006, Madrid/Fráncfort, 450 págs.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar