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La literatura y sus tiempos
Un vanguardista discreto

DAMIÁN TABAROVSKY (desde Buenos Aires)

DESDE EL Psicoanálisis hasta la cábala judía, pasando por los crucigramas y los servicios secretos de inteligencia, mucho se ha escrito sobre lo que se encuentra oculto en los nombres propios, en especial en los nombres de las personas. El nombre propio sería una especie de caja de resonancia que, más que señalar, esconde su sentido. De allí que el hermeneuta tenga como misión descifrar ese secreto. El secreto trágico del nombre propio.

De vez en cuando, en cambio, hay nombres que en lugar de encubrir su sentido, lo exhiben, lo sellan casi como un deíctico: el aquí y el ahora de la concordancia entre la firma y una visión personal del mundo. Por ejemplo, hace muchos años, fui testigo de una extraña situación en una mesa de examen en la Facultad de Sociología. Un alumno, de apellido Novoa, era examinado por un profesor. Y este le dijo: "Novoa, tiene un nueve; si se llamase Ochoa, le pondría un ocho". Por supuesto, aquí estamos ya en el terreno de la teoría del nombre como ironía, como leve disparate, muy lejos del programa profundo del desciframiento de la razón del nombrar.

CUESTIÓN DE NOMBRE. Algo muy distinto, radical, agudo, e imprevisto, ocurre con los nombres de los escritores que en sí ya son un programa, una declaración de principios. Nombres que indican explícitamente el estilo del autor. Georges Bataille es uno de ellos, el mexicano José Revueltas es otro. En Argentina, el apellido de José Mármol informa correctamente sobre la sensibilidad de su prosa. Seguramente hay muchos más, pero nunca el efecto de un nombre llegó tan lejos como en la obra de Juan José Morosoli.

La literatura de Morosoli hace de la morosidad, de la lentitud, de la parsimonia, una forma de desafiar la sintaxis, el tiempo de la frase. Por error, por repetir lo que repiten los manuales, en general se lo toma como un escritor costumbrista, incluso criollista, una especie de heredero heterodoxo de autores como Javier de Viana o Francisco Espínola. Nada de eso. Su prosa funciona como una demora, como un extravío del tiempo, como si una alfombra se sacudiera por debajo del canon del realismo hasta hacer tambalear el sentido, voltear todas las esencias, las referencias, y desembocar en una forma discreta de ser de vanguardia.

Si algún antecedente directo tiene Morosoli es "Bartleby el escribiente", de Melville. Como es conocido, la ética de Bartleby (es decir, la sintaxis) se funda sobre una negación escrita en forma de condicional: "I would prefer no to" (traducida por Borges como "Preferiría no hacerlo"). Revertir el sentido de la condición, volverla no posibilidad, apertura, introducción, sino al revés, negatividad, pasividad, cansancio; implica una operación conceptual cuyo principal efecto es la suspensión de la temporalidad. Bajo el efecto de la paradoja (la negación como condición de posibilidad) el tiempo se suspende, se licúa, se disuelve.

En "Andrada", quizás su mejor cuento, la maestría morosoliana de la morosidad, de la pérdida del tiempo, del tiempo que no pasa y de una vida donde no pasa nada, es llevada hasta el extremo, hasta un punto sin retorno. En la primera página del cuento, casi a modo de definición a lo Bartleby, encontramos diálogos como éste:

"-Pero, en qué te pasás el día, me podés decir?

-Y… echáo abajo los árboles…. Mirando p`arriba".

O descripciones como ésta:

"Hasta las vacas que pastoreaban en los paladares se echaban sobre las patas a rumiar, lentas, los ojos perdidos en la distancia".

Ocurre que la literatura de Morosoli es una formidable crítica a la idea de eficiencia, de eficacia, de utilidad. El tiempo no es un bien negociable, tiempo no es dinero, el tiempo no se gana. Al contrario, el tiempo es el puro gasto, la incapacidad de ahorrar. Y en este punto, también Morosoli se acerca a Bartleby. Publicada en 1856, la nouvelle de Melville puede leerse como una crítica radical al capitalismo triunfante, al mundo de la bolsa, las inversiones bursátiles, la especulación financiera. La historia de Bartleby, el copista que "trabaja en un piso alto en el número X de Wall Street", es la de una renuncia a la acción, a la energía, al emprendimiento, valores claves del capitalismo. Pero no se trata tampoco de una oposición dialéctica, de la busca de otra energía, otra idea de eficiencia, otro tipo de eficacia (ideas propias de la tradición socialista), sino más bien, de un tipo de sintaxis que funciona por sustracción, por negatividad, por pasividad. La quietud como forma de resistencia, de subversión. La literatura convertida en una roca, una piedra; todas metáforas de la impasibilidad.

NADA QUE ESPERAR. Vaciado de su eficiencia, la sintaxis de la literatura se transforma en una crítica radical a la lengua del capitalismo. Nada de eso es ajeno al mundo de Morosoli. Al contrario, podría decirse que su anticapitalismo es la raíz misma de su escritura. Pero no es un anticapitalismo de tipo romántico, un elogio nostálgico de los valores perdidos del campo uruguayo, del gaucho, la amistad, la tapera, algo propio de la tradición criollista y rural, sino un anticapitalismo sin referencia, sin utopía, sin pasado y sin futuro.

Instalado en la negatividad radical de la morosidad, la escritura de Morosoli suspende el sentido, la narración. O mejor dicho: es la narración de esa imposibilidad. Morosoli no viene a decirnos que las cosas carecen de sentido, sino al contrario: que el sentido es la carencia.

Podría leerse la obra de Morosoli como un despojo; pero sólo se despoja quien posee. La crítica del capitalismo morosoliana cuestiona las dos facetas de la acción: poseer y despojarse, ahorrar y despilfarrar, ganar y perder. Afectados por la indistinción geográfica del campo, llega un momento en que los personajes de Morosoli comienzan a ser intercambiables con el entorno; con los árboles, las vacas, el silencio, la sombra. Opera allí la literatura en su momento más pleno: como la resistencia a transformarse en otra cosa. La vaca en carne, el árbol en madera, la sombra en toldo, el silencio en salud. Porque si el pionero de esta tradición es Melville, el punto de llegada es Francis Ponge: la literatura tomando partido por las cosas. Las piedras, la lluvia, un bosque de pinos. La literatura vuelta cosa. Es decir: vuelta eso que dura, que resiste, que sobrevive, que perdura fiel a sí misma. Melville, Morosoli, Ponge. Es una genealogía extraña, subterránea, excéntrica. Pero así funciona la literatura cuando es crítica; por sucesivos puntos de intersección y de bifurcación; sin centro, bajo la esperanza de los encuentros secretos. Como una comunidad imaginaria de seres singulares.

En un breve cuento llamado "Un tropero", escribe: "Ya no había nada que esperar del tiempo. Los campos estaban en tierra, sin una brizna de pasto". Del tiempo no se puede esperar nada, y del campo no se puede esperar pasto. ¿Es una frase desdichada, escéptica? Tal vez. Pero sobre todo es una frase que nos informa sobre el estado de la prosa; la prosa de los años `30 y `40, el momento en que la literatura, después de las vanguardias, sospecha de sí misma, de su propia disolución, del riesgo de extinción.

Hoy asistimos al tiempo inverso, la época en que la literatura dejó de experimentar, el tiempo en que ya no sospecha de nada, ni de ella misma. Quién sabe, quizás eso que llamamos literatura ya se extinguió y ni siquiera estamos enterados.

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De izq. a der. Juan José Morosoli es el tercero. Al centro posa su padre. (Punta del Este, 1917)
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