Espejismo y fascinación

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VIRGINIA MARTÍNEZ

ESCRITA TRAS LA visita que Alberto Moravia realizó al país con Elsa Morante y Pier Paolo Pasolini en 1961, Una idea de la India está lejos de ser un Diario de viaje. La obra relata un viaje espiritual, retrata una cultura y es, como se ha dicho, la crónica de una fascinación. Pasolini también regresó profundamente conmovido con la visión del país: "Durante un mes no hice otra cosa que vivir físicamente, con todos los sentidos alerta. (…). Uno vuelve empapado, desbordante y sucio de compasión", declaró en una entrevista al diario Paese Sera. El resultado de esa conmoción fue El olor de la India que, como la obra de su amigo, evoca la misma travesía.

UNA IDEA DE LA MUERTE. En la Introducción, Moravia dialoga con un interlocutor imaginario que le formula preguntas retóricas reveladoras a la vez de la imposibilidad de explicar y comprender con ojos europeos esa compleja realidad. Para el autor la India son sensaciones y visiones: el olor dulzón de flores y frutas podridas que invade las ciudades, animales raquíticos, leprosos de muñones envueltos en vendas, calles en las que de día hormiguea la multitud, deambulan vacas sagradas -respetadas por todos y alimentadas por nadie- y de noche yacen cientos de cuerpos durmientes. Son hombres y mujeres de ojos negros e inmensos. Gente de nobleza y melancolía ancestral. Son niños de radiante y fugaz vivacidad que pronto se contagiarán del gesto resignado de los mayores.

La India es tanto una concepción de la vida como la presencia permanente de la muerte, afirma Moravia. En torno a esas ideas -sería mejor hablar de atmósferas, climas y aun de náusea- el autor organiza el relato. Todo el texto está cargado de una belleza triste y alucinada, como la que respira la descripción de la ciudad de Benarés, "inmersa en una luz descompuesta, dorada, melancólica, remota, como filtrada a través de los cartílagos amarillentos y secos de una calavera". La esencia de la ciudad sagrada no puede verse de día sino en el resplandor nocturno de las hogueras donde arden los difuntos cuyas cenizas serán esparcidas en el Ganges. En esas llamas rojas y en la mirada estoica de los deudos -en cuclillas, inmóviles- Moravia encuentra el sentido indio de la muerte: un acto sencillo y hasta, si se quiere, transitorio. "En aquella hoguera, según una famosa sentencia, no se consume una persona única e irrepetible, sino un vestido usado, que ya no servía, una piel vieja abandonada por una piel nueva". En la entrevista, Pasolini también se refiere al apacible sentido de renunciación de la ceremonia: "Hay que ver la dulzura, la naturaleza, la paz con que mueren. Lo único reconfortante y tranquilizador en la atroz vida india son las hogueras de los muertos".

El relato de Moravia prescinde de todo aquello que abunda en las crónicas viajeras: anécdotas, diálogos, recorrido en sentido geográfico. Tampoco hay canto a la Naturaleza -"la India es inmensa pero monótona", su clima "ennegrece y descompone" y hasta la jungla disimula el aspecto salvaje tras una aparente mediocridad. Todo lo que se ve está bañado por una atmósfera de irrealidad y pesadilla: "Ver un solo leproso o un solo enfermo de elefantiasis es ciertamente algo triste; pero ver decenas de leprosos como en Benarés o decenas de enfermos de elefantiasis como en Cochín, es algo que transforma la tristeza en incredulidad". A veces el espejismo surge de improviso en las llanuras donde se divisan ciudades fortificadas, con castillos almenados, en las que el turista no se detendrá pero si lo hiciera sólo encontraría abandono y silencio. Imposible saber, apunta Moravia, quién las fundó, si alguna vez fueron prósperas ni cuándo decayeron.

EL PUDOR DEL INTOCABLE. La pobreza - "una pobreza enferma y frenética, de tipo medieval, que en Occidente ha desaparecido desde hace varios siglos"- es el rasgo que se impone en la descripción del país. Mendigos de todas las edades asedian al turista, casi lo rozan con manos implorantes. En Bombay, Calcuta y Madrás, la pobreza asume un aspecto moderno e industrial. Para describir las barriadas miserables de esas ciudades nacidas del colonialismo inglés, dice Moravia, haría falta la pluma de un Dickens o un Balzac. La miseria que aplasta a las personas cubre también las fachadas de las casas, que el autor compara con rostros devastados por las enfermedades y la edad: balcones rotos, paredes descascaradas, ventanas abiertas que dejan ver seres degradados y sin esperanza. "¿Cuándo fueron nuevas? -pregunta-. Acaso nunca: nacieron decrépitas, como todas las cosas de este país sin lozanía". Pero lo atroz, lo que vuelve fantástica e irreal la visión, es que todo eso se vive como algo normal.

Las causas de la miseria, tan antigua como el país, se hunden en el sistema de castas, abolido por ley pero vivo en el comportamiento y costumbres de la población. En la citada entrevista, Pasolini describe la sumisión de un intocable, la casta más baja de la India. "Uno de los siervos, viejo, serio, vestido con un trapo alrededor de las caderas y otro en la cabeza, tomó la moneda que le daba en silencio, casi arrodillándose (…) las manos extendidas para recoger la moneda estaban a la altura de su frente. Esas manos además estaban unidas formando una escudilla: para que yo pudiera arrojar la moneda adentro sin tocarlas. (…) No logro sacarme de encima la imagen pegadiza de ese pobre viejo que había transformado la intocabilidad en una costumbre tan muda, humilde, absoluta".

Para Moravia, en las religiones, más precisamente en su "degeneración supersticiosa", anida otra de las razones del atraso: ciertas prácticas religiosas impiden tocar las cosechas que se pierden o son devoradas por vacas y pájaros. Pero el gran motor de la pobreza se encuentra en los devastadores efectos económicos y sociales de la dominación inglesa. El colonialismo también dejó sus huellas en ciudades como Calcuta, cuyos barracones industriales y callejuelas ennegrecidas le recuerdan a la británica Liverpool o a la escocesa Glasgow, y en la arquitectura, por ejemplo, de Nueva Delhi con sus ministerios que asemejan palacios neoclásicos.

PASADO Y PRESENTE. La impronta de la metrópolis también quedó, descompuesta por el paso del tiempo, en los rest houses, posadas estatales en parajes perdidos construidas al dictado del gusto inglés. Inolvidable debe haber sido la noche que pasaron en Tanyore, pues ambos autores la evocan. Pasolini describe la casa como decrépita, sucia e incómoda, atendida por una servidumbre andrajosa y mugrienta. La habitación de primera clase que le asignaron a Moravia era, en realidad, una estancia oscura y húmeda, con una cama ubicada en el medio del cuarto, "un cachivache con baldaquín medio caído, al que el criado transforma en un instante en un blanco fantasma, desplegando el viejo mosquitero punteado de mosquitos aplastados". Junto a ese paisaje humano y material desolador se descubren maravillosos templos como el de Tanyore que, según el autor, justifica largamente la fama de los dravidas como los más refinados arquitectos de templos de la Historia, y sensuales esculturas en las que predomina la línea curva, la redondez y el volumen.

Escrita hace casi medio siglo, la obra de Moravia no registra la caótica modernidad del país, sometido todavía al sistema de castas que Arundhati Roy retrata vivamente en la novela El dios de las pequeñas cosas. Tampoco está presente, por ejemplo, el sostenido éxito del cine indio, conocido en Occidente como Bollywood, ni el milagro económico de Bangalore. Sin embargo, en el Silicon Valley de la India, como llaman a Bangalore, se podría reconocer los espejismos de los que habla Moravia. En la ciudad sede de las más poderosas multinacionales de tecnología de la información, las vacas siguen transitando entre la gente y los automóviles, y los mendigos mudos y pacientes aún esperan con la mano tendida el favor de la fortuna.

UNA IDEA DE LA INDIA, de Alberto Moravia. Península, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 143 págs.

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