El otro Stendhal

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CARLOS REYES

LAS CONSIDERACIONES estéticas de Stendhal pueden resultar a la vez tediosas y atrapantes. La afirmación, que suena a primera vista paradójica, seguramente la confirme quien recorra las páginas de sus Escritos sobre arte y teatro, que fueron reeditados por Antonio Machado Libros (Madrid) en una cuidada publicación a cargo de Isabel Valverde.

El célebre autor francés fue, además de un brillante novelista, el fundador de una corriente teórica que enfrentaba la retórica romántica y el lirismo sentimental en nombre de un drama realista de inspiración shakespeariana. Desde esa postura, que repudiaba los efectos melodramáticos, creció un círculo de jóvenes escritores que se agrupó en torno suyo buscando crear dramas históricos nacionales revolucionarios en todos los frentes.

Se intentaba abordar asuntos históricos que dieran cuenta de los vínculos entre pasado y presente. Desde el punto de vista formal, se bregaba por romper con las unidades de espacio, tiempo y acción únicos -propias del clasicismo- , mientras que filosóficamente, se planteaba el destino del individuo como portador de sus problemas sociales.

EN LA BATALLA. Fue desde esa posición que Stendhal escribió sus furibundas críticas. Estos textos, de desigual extensión e interés, ofrecen múltiples atractivos. Uno de ellos tiene que ver con las acaloradas polémicas que encierran, en las que se aprecia cómo el teatro y los salones de pintura despertaban en la Francia del siglo XIX un cúmulo de pasiones (políticas, morales y estéticas) que hoy ya no provocan. Y Stendhal, al asumir una de las banderas más radicales del romanticismo, mina sus escritos de conceptos llenos de ironía, desprecio y beligerancia, dando cuenta de una libertad de expresión que hoy tampoco es moneda corriente.

Otro asunto sobresaliente es su capacidad para abordar los diversos lenguajes artísticos, analizando con igual firmeza teatro y pintura, para exponer en muchos casos los puntos de contacto y las distancias entre las diversas formas de arte.

En 343 páginas, el volumen reúne sus textos teóricos más importantes, comenzando por las críticas a los salones de 1824 y 1827, para luego pasar a su estudio comparativo entre Shakespeare y Racine, cerrando con una serie de cartas de 1825 donde profundiza sobre una constante en sus meditaciones juveniles: el enfrentamiento entre clásicos y románticos, y la supremacía de éstos sobre aquéllos.

Fuertemente influido por las ideas estéticas de August Schlegel, Stendhal se suma a un romanticismo maduro, que se ubicaba en las antípodas de los arrebatados autores del prerromanticismo, desde Rousseau al primer Goethe. Un concepto más moderno guía la pluma del apasionado crítico francés, quien brega por una literatura del presente, a la que reconoce el carácter fugaz de su estilo, cuyos parámetros están siempre llamados a cambiar.

Otro placer que encierran estos Escritos sobre arte y teatro está en la posibilidad de hacer un viaje imaginario por los salones franceses de pintura. Stendhal mira y anota cuadro a cuadro, observando técnicas, comparando estilos y sacando agrias conclusiones. Y si bien el lector probablemente desconozca a muchos de aquellos laureados artistas que hoy han desaparecido de las enciclopedias de arte, los juicios de Stendhal tienen interés para la historia de la estética en general, y concretamente para el estudio de la evolución artística de la Europa del siglo XIX.

Artistas consagrados o desconocidos, todos caen al paso de sus opiniones, algunos en apenas media frase fulminante. Sin embargo, más allá de los comentarios concretos, son relevantes las consideraciones generales, en las que el crítico percibe que se pasa por un período de transición. Porque más allá de sus prejuicios (por ejemplo, sobre el desnudo, que asocia directamente con la pintura académica), su intuición le permite anticipar, hacia 1820, la revolución plástica y literaria que se avecinaba. Dice: "Nos hallamos en vísperas de una revolución en las bellas artes. Los grandes cuadros compuestos por 30 figuras desnudas, copiadas de estatuas antiguas, y las pesadas tragedias de cinco actos en verso, son sin duda muy respetables, pero se diga lo que se quiera, empiezan a aburrir".

En materia teatral, el autor señala curiosas pautas para dar la espalda al frío clasicismo de Racine y privilegiar los autores más apasionados, con Shakespeare a la cabeza. Sin embargo advierte que hay que escribir para un público menos ingenuo: "Nunca combates en escena, nunca ejecuciones; esas cosas son épicas y no dramáticas. En el siglo XIX, al corazón del espectador le repugna lo horrible, y cuando en Shakespeare se ve a un verdugo adelantarse para quemarle los ojos a unos niños, en lugar de temblar se hace burla de los palos de escoba pintados de rojo en un extremo que desempeñan el papel de barras de hierro candente". Más singulares aun son sus apreciaciones sobre el teatro en verso, que él ataca por antinatural. Pero incluso en el error, el gran crítico francés deslumbra por su argumentación y lucidez.

GUERRA ENTRE BUTACAS. Estas reflexiones de Stendhal están vinculadas al fuerte sentido político que cobró el teatro francés de la época, fenómeno que hizo crecer la afluencia de público. Pero también se relacionan con los muchos modelos estéticos que confluían en la escena parisiense, donde las visitas de compañías inglesas y las traducciones de obras del Renacimiento inglés y español contribuyeron a difundir nuevos modelos teatrales alejados de la tradición francesa. Un caso significativo fue la publicación por parte de la editorial La Librería, del libro Obras maestras del teatro extranjero, que dio a conocer a varios dramaturgos del Siglo de Oro español.

Claro que seguir estos nuevos modelos no era sencillo. Balzac sostenía que "una obra dramática es el empeño más fácil o más difícil del espíritu humano: o es un mero juguete o es una estatua". También Dumas padre afirmaba que los dramas de Victor Hugo le espantaban, aunque advertía las dificultades que comportaba escribir teatro: "Siento gran admiración por los genios que han legado sus obras al teatro. Es un trabajo que me llena de confusiones".

El propio Stendhal intentó sin mucho éxito escribir teatro, dejando dramas inconclusos para comenzar otros que tampoco llegaban a buen puerto. Entre sus papeles, se han encontrado anotaciones del tipo: "No sé si hace falta encuadrar la acción en tres actos o extenderla a cinco". Otras veces escribe en prosa y no obstante anota: "Esta obra debe ser compuesta en verso". Es en ese ambiente de experimentación que hay que ubicar estos escritos sobre arte, teniendo en cuenta un último aspecto: más que el éxito, muchos autores de la época buscaron la provocación.

Para contextualizar el carácter belicoso de estos escritos teóricos conviene tener presente la escalada de violencia que el teatro generó en París desde 1820 a 1830. En 1822, por ejemplo, una compañía inglesa se presentó en el Teatro de la Puerta de San Martín, y se produjo un motín en el que la escena fue tomada por asalto a pesar de la intervención policial. Las cargas de caballería en los alrededores del teatro obligaron a los cómicos a trasladarse a una sala más pequeña, donde sólo se accedía por abono.

El propio Stendhal cuenta un episodio ocurrido ese mismo año cuando la presentación de un drama de Shakespeare. En el Teatro de Baltimore, un soldado que estaba de guardia en el interior de la sala disparó contra el actor que interpretaba a Otelo en el momento que éste iba a matar a Desdémona, exclamando: "Nunca se dirá que en mi presencia un negro ha matado a una mujer blanca". La función fue suspendida y el intérprete hospitalizado con un brazo fracturado. Según Stendhal "no pasa un año sin que los periódicos nos informen de hechos semejantes".

Por eso, no es de extrañar que en el París decimonónico existiera un club de dramaturgos al que sólo se accedía siendo autor de una obra que hubiera sido abucheada. Por eso, para ingresar, algún autor afirmaba que sus exitosas piezas eran rechazadas en Rusia.

Dado ese ambiente, la llamada batalla de Hernani, que tuvo lugar el 25 de febrero de 1830 cuando en el Teatro Francés se enfrentaron la vieja guardia clásica y la joven generación romántica, no fue más que el punto culminante de una querella que luego se extendería al mundo.

Desde esa óptica, el libro, aunque por momentos se hace arduo, deja al lector la agradable sensación de haber recorrido los antiguos salones de pintura, de haber participado en acaloradas tertulias, y haberse apasionados ante un drama romántico en verso en una vieja sala de París.

ESCRITOS SOBRE ARTE Y TEATRO, de Stendhal. Traducción de José Luis Arántegui. Edición, introducción y notas de Isabel Valverde. Antonio Machado Libros. Madrid. 2005. Distribuye Gussi. 343 págs.

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