CARLOS LISCANO
EN 1938 ERNEST Hemingway recopiló sus cuentos en una edición conocida como Los cuarenta y nueve primeros cuentos. Incluyó allí trabajos hoy clásicos dentro de su obra como "Los asesinos", "Diez indios", "Hoy es viernes" y toda la serie de Nick Adams. Lo que la editorial Lumen ahora presenta es una nueva traducción de aquel libro.
La crítica está de acuerdo en que lo mejor de Hemingway debe buscarse en sus cuentos y no en sus novelas. Que los cuentos fueron textos fundamentales en el arte de la narración breve en la segunda mitad del siglo XX. Sin llegar a exagerar, como hace la contratapa de esta edición, cuando propone que son fundamentales "para entender el siglo XX". En ellos está el mundo estético y moral de Hemingway: la guerra, las corridas de toros, la caza, la pesca, el boxeo, la vida de pistoleros. Todas situaciones que permiten al autor destacar características que el siglo pasado llevó lejos y aplaudió mucho: el individualismo, la fuerza física y el arrojo de cierto tipo de individuos, la brutalidad sin comentarios que la mitiguen, la acción como valor supremo. En los cuentos, aunque no en todos, el lector también encuentra lo mejor de su estilo, el que tanto influyó en los narradores de América y Europa, el trabajo minucioso con el lenguaje, la técnica que permite leer diálogos como si se los estuviera escuchando.
Como es sabido, no todo se sostiene eternamente en este mundo. Cosa que también vale para los cuentos del maestro. Quizá se deba a que el modo de ver y la sensibilidad han cambiado, mientras que los cuentos de Hemingway siguen diciendo lo que decían en 1938. Las angustias de norteamericanos ricos que cuando no saben qué hacer con sus vidas se van a cazar leones a África, por muy bien contadas que estén, no dejan de parecerse a las frivolidades de los famosos que pueblan las revistas del corazón de todo el mundo. O, dicho de otro modo: hoy el lector se pregunta quién se ocupa del pobre león, muerto sólo porque a un millonario la mujer le es infiel y a los dos les sobra el ocio. Acaso ocurra lo que no sin ironía dice Félix de Azúa: la relectura de estos cuentos produce "la inquietante impresión que causaban a los viajeros del ochocientos las colosales estatuas asirias y egipcias medio enterradas en la arena del desierto. Gigantes que recordaban un mundo bárbaro, afortunadamente superado por las democracias occidentales. Los viajeros se retrataban junto a un dedo índice de piedra diez veces más alto que ellos. Para su felicidad, los exploradores sabían que aquellos monstruos arcaicos habían sido vencidos. Y que ahora todos medimos lo mismo".
El libro se abre con un texto de Gabriel García Márquez, quien evoca a Hemingway en París, caminando un día lluvioso de la primavera de 1957. La tentación inmediata de hacerle una entrevista fue desestimulada por el rudimentario inglés del colombiano y la duda de que el español de Hemingway no superara al del aficionado a la tauromaquia. García Márquez se limitó a saludarlo desde la vereda de enfrente. Le gritó "Maestro". Hemingway entendió que en la muchedumbre del bulevar Saint Michel no podía haber más maestro que él y le respondió con un "Adiós, amigo".
Hemingway sigue siendo de los mejores. Se reconoce su sello en el lenguaje libre de hojarasca. Se tiene casi todo el tiempo la impresión de que el autor sabe que el lector es inteligente, que agradecerá la insinuación antes que la justificación. Que no necesita que le estén explicando las cosas tres veces por página. Al acabar de leer cualquiera de sus mejores cuentos queda la sensación de que se terminó antes de lo debido, que es marca de las obras maestras. García Márquez escribió que "Hemingway sigue estando donde uno menos se lo imagina". De paso nos enteramos de que él lo encontró en el auto de Fidel Castro, cosa que no le agrega nada a Castro ni a Hemingway. Ni al auto. Aunque tal vez sí a García Márquez.
CUENTOS, de Ernest Hemingway, Lumen, Barcelona, 2007. Distribuye Sudamericana. 596 págs.