La realidad

FELIPE POLLERI

UNA NOCHE, después de semanas o meses de leer gansadas supuestamente importantes, el síndrome de abstinencia me golpeó en la frente y me obligó a revolver en los estantes como un poseso hasta dar con una antología de poesía medieval francesa. (Un delgado librito, con unos monigotes ahorcados en la tapa). Villon. Leí un par de baladas y ente mareos y arcadas, esperé. Muy pronto, eufórico, resucitado, volví a la mesa donde escribo.

Ocurre que, a veces por el trabajo, a veces por otros problemas, me olvido de que mi extraño metabolismo necesitaba Literatura constantemente. Cierto que siempre estoy leyendo u ojeando lo que otros dicen que es (y nunca es) Literatura. Entonces, repentinamente, mi cuerpo protesta con el ya citado síndrome de abstinencia: mareos, arcadas, pústulas, deformaciones, levitaciones, seudópodos y otros fenómenos igualmente extraños y terroríficos.

T.S. Eliot decía que el hombre no soporta demasiada realidad. Fue su caso. Pero yo soy de la otra especie, de los que no soportamos demasiada irrealidad. Sí. Algunos no soportamos la versión oficial de la realidad (reproducida por los diarios y semanarios y la TV y la mayoría de la ficción así llamada seria) y necesitamos la Realidad. La Realidad puede ser un cuadro de Max Ernst o Soutine, puede ser Beckett o Shakespeare, puede ser Artaud o Pasolini, o Bernhard o Arlt.

Aquella noche Francois Villon (1431-1463?) fue el que me rescató. El primer poeta moderno. El primer poeta maldito. El sarcástico, el contradictorio ("De sed muero cerca de esa fuente/ y tirito de frío en medio del fuego"), el atormentado Villon. Huérfano de padre, criado por un sacerdote, estudiante de la Sorbona, mísero, calvo, flaco como un palo, ladrón y salteador de caminos, habitante de los bajos fondos de París, con sus criminales y sus prostitutas, asesino a resultas de una pelea nocturna, callejera, turbia como toda su vida. Villon fue también el poeta de la Virgen y uno de los grandes poetas religiosos de todos los tiempos. Hoy día en que todos los genocidas cantan fuerte en la Iglesia, entre tanto hipócrita santurrón, entre tanto sepulcro blanqueado, resulta liberador leer a un poeta que se debatía trágicamente entre su fe cristiana y su naturaleza violenta, sensual, escéptica y rebelde. Condenado a la horca, fue amnistiado y desterrado de París. Se conjetura que murió poco después, a los treinta y pocos años, y que la primera "cláusula" de su Testamento fue respetada: "Primero, yo dono mi pobre alma/ a la bendita Trinidad".

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