ROY BEROCAY
CORREN LOS LOCOS años veinte. Rige la prohibición del alcohol en Estados Unidos, la llamada "ley seca," que no hizo más que exacerbar el deseo norteamericano por la bebida y generar a la mafia italiana ganancias siderales: un mundo de liberación sexual y creativa. Es una época de amplios escotes y bajos instintos y allí, por arriba, por abajo, fluyendo de las ventanas de las mansiones o de los humildes ranchos de madera, marcada con los pies de blancos y negros, suena la música que capturaba como ninguna antes el espíritu de ese tiempo: el jazz. Y en medio de ese sonido, pugnando por afirmar su reinado, con la trompeta a modo de bastón de mando, el rey en persona, Louis Armstrong en sus comienzos, tocando en antros de mala muerte ante un público de negros fervorosos o blancos peligrosos y mujeres letales.
Se trataba de un mundo cambiante, que se movía a una velocidad nunca antes vista, como esos automóviles Ford que surcaban las avenidas de Nueva York o Chicago, o las balas que se incrustaban en las paredes de algún restaurante elegido como punto de venganza.
Para el autor irlandés Roddy Doyle (Dublín, 1958) ese mundo de máquinas, de nuevas maravillas, de amor, locura y muerte, de drogas nuevas y sentidos distintos de la moral, cabe entero en una novela, que lleva por nombre lo que también se convirtió en un estilo musical por derecho propio: Chicago Blues.
Doyle es un escritor notable, un dato nada menor para alguien que proviene de la tierra de James Joyce u Oscar Wilde. En sus libros suele demostrar una gran sensibilidad hacia las clases oprimidas, los trabajadores, los habitantes de los barrios bajos del mundo, ya sea en su Dublín natal, en los callejones oscuros del Bronx o en las casuchas de madera cerca de los mataderos de Chicago. Esa mirada le ha permitido adentrarse en tópicos duros y emotivos como el maltrato a las mujeres (La mujer que se daba contra las puertas) o estudiar cómo esa violencia afecta a los niños (Paddy Clarke ja ja ja). Pero Doyle también ha sido un entusiasta retratista de diferentes aspectos de la música. En su novela The Commitments adaptada al cine por Alan Parker, se contaba la historia de una banda musical irlandesa que soñaba con tocar música soul y pugnaba por abrirse camino en los pubs dublineses llenos de cerveza e incomprensión.
Ahora, en su último trabajo, Chicago Blues, Doyle se mete de lleno en los diferentes mundos que supo abarcar en sus libros anteriores: la pobreza, la vida de los que nada tienen que perder y la música.
BUSCAVIDAS IRLANDÉS. Henry Smart es un asesino prófugo. Como militante del Ejército Republicano Irlandés (IRA en inglés), ejecutó sin remordimientos a enemigos políticos y a aquellos que sus mandos le ordenaban eliminar. En medio de esas acciones se casó con una mujer algo mayor con la que tuvo una hija. Pero Smart, con un precio puesto a su cabeza, tuvo que huir y, como muchos irlandeses, terminó por desembarcar, en los primeros años del siglo XX, frente a la estatua de la Libertad.
La Nueva York que retrata Doyle en su novela justifica de alguna manera el nombre de melting pot con que muchos supieron describir a Estados Unidos (algo así como el caldero en que todo se funde y se mezcla) con miles de inmigrantes de Europa huyendo de la pobreza y las guerras, lanzados a las calles a buscar trabajo en lo que sea. Y como sea. Ese hervidero era también un gran caldo de cultivo para mafiosos, comerciantes inescrupulosos, proxenetas y toda clase de figuras que medraban en la desgracia ajena.
Rápido de mente y reflejos, atractivo y seductor, Smart no tarda en entender algunas claves del juego para abrir un negocio propio de publicidad ambulante, mientras conoce diferentes clases de mujeres y corre el riesgo de enojar a los dueños de la ciudad. Algo que finalmente sucede.
Se nota un cambio en relación a algunas novelas anteriores de Doyle. Las mujeres que aparecen en esta novela distan mucho de aquellas pobres sometidas y golpeadas de Dublín. Es como si los tiempos contados en este libro hubiesen generado una raza diferente de mujeres. Las chicas de Chicago Blues son poderosas, desinhibidas, sensuales y sexuales. Saben lo que quieren y cómo conseguirlo. Son seres fascinantes, capaces de todo por amor o por dinero y poder. De alguna manera toda la peripecia de Smart en esta novela gira en torno de lo que las mujeres le van marcando. Y las hay de todo tipo, pero nunca débiles.
Aún cuando ese es uno de los atractivos fuertes del libro, su interés principal radica en un hombre cuya foto ilustra la portada: el gran Louis Armstrong en persona.
Para cualquier amante del jazz el retrato del gran "Satchmo" que hace este libro justifica por sí solo su lectura. Concebido como un personaje más de la novela, este músico negro que de alguna manera abrió el mercado blanco para los músicos de su raza es retratado en sus primeros intentos por dar el gran salto.
Luego de que Smart huye de una muerte segura a manos de la mafia de Nueva York y termina por recalar en Chicago, el irlandés blanco y habilidoso se convierte en una suerte de mano derecha de Armstrong, en su confidente, asistente y guardaespaldas. Para citar al propio músico, se convierte en "el blanco de Louis", una clave para acceder a ciertos lugares, una excusa para romper protocolos raciales no escritos. Como por ejemplo, que en algunos sitios un negro no podía concurrir solo, pero estaba bien si iba como acompañante de un blanco. Henry, el "blanco" de su amigo negro, lo ayuda a lidiar con mafiosos italianos, con hombres que quieren adueñarse de su carrera, con representantes que quieren robarle los temas, lo ayuda a esquivar una mujer mientras está con otra en su camerino y lo ayuda también a afirmarse en un mundo hostil.
La filosofía de vida de Armstrong, su vivaz manera de encarar los negocios y de comprender con diáfana claridad los resquicios por los cuales podía colarse en la gloria en un mundo de blancos racistas, componen lo mejor y más sólido de la novela. Aun cuando se trata de una obra de ficción, el Armstrong que se muestra parece tan real que cuesta creer que sus diálogos no sean transcripciones reales.
Lo que hace Doyle no se queda en eso: va más allá y se mete en las raíces mismas de esa música contagiosa y vibrante. La reconstrucción de la época, de sus costumbres y vestimenta, y de los lugares de los Twenties también es muy elaborada y creíble. Tanto que el libro parece escrito en esa época.
LA DEPRESIÓN. Doyle evita con maestría la tentación de simplemente quedarse con un personaje notable como Armstrong. En realidad, tal como lo demostró en sus otras novelas, es un gran creador de personajes: todos los que cruzan las páginas de esta novela son creaciones literarias fuertes, y, en varios casos, inolvidables. Si Chicago Blues fuese una película, hasta el último de sus extras tendría profundidad y vida.
Pero (casi siempre hay un pero), luego de la minuciosa reconstrucción de época y personajes (que de alguna manera por su estilo recuerdan al John Dos Passos de Manhattan Transfer), luego también de una serie de sub-tramas que se desarrollan con fluidez junto al eje argumental principal, después de la violencia, la pasión, el sexo, la música y las peripecias de los protagonistas, Doyle agrega una parte final en la que todos desembocan: la Gran Depresión. Y ese todos incluye también a la novela.
La parte final, en la que Smart recorre los polvorientos y famélicos caminos de una nación gigante herida de muerte por su peor crisis económica, se vuelve por momentos meramente enumerativa y densa: fulano va para acá, para allá, conoce a éste, conoce a aquel, escucha tal cosa, o ve tal otra. Ya sin el magnetismo de Louis, del hampa, de los antros regados de whisky de maíz y las mujeres sensuales, el libro decae o cae en un pozo junto con Henry Smart.
Sin embargo esas pocas páginas del final, que parecen escritas por un Walt Whitman deprimido, no logran desmerecer lo que en su conjunto puede considerarse una excelente novela, con elementos de la gran literatura y también momentos de tensión dignos de un thriller.
Un libro que el propio Louis Armstrong habría leído con deleite.
CHICAGO BLUES, de Roddy Doyle, Lumen/Random House Mondadori, Buenos Aires, 2006. Distribuye Sudamericana, 585 páginas.