FRIEDRICH SCHILLER
LA NATURALEZA nos ha dado dos genios como compañeros a lo largo de la vida. El uno, agradable y alegre, nos hace más corto el viaje fatigoso con la agudeza de su juego, nos hace más ligeras las cadenas de la necesidad y nos conduce entre bromas y alegría hasta los puntos peligrosos, donde tenemos que actuar como puros espíritus y despojarnos de toda envoltura corpórea, hasta el conocimiento de la verdad y el ejercicio del deber. Allí nos abandona, porque su terreno es solo el mundo sensible y su impulso terrenal no puede llevarle más allá.
Pero entonces llega el otro, serio y taciturno, que con brazo fuerte nos conduce más allá del profundo abismo. En el primero de estos genios se reconoce el sentimiento de la belleza, en el segundo el sentimiento de lo sublime.
Lo bello es ya una expresión de la libertad, pero no de aquella que nos eleva por encima de la potencia de la naturaleza y nos libera de toda influencia corpórea, sino de aquella de la que disfrutamos como hombres en la naturaleza. Nos sentimos libres en la belleza, porque los instintos sensibles están en armonía con la ley de la razón; nos sentimos libres en lo sublime, porque los instintos sensibles no tienen influencia sobre la legislación de la razón, porque en este caso actúa el espíritu como si no estuviera sometido a otras leyes que no sean las propias.
El sentimiento de lo sublime es un sentimiento mixto. Está compuesto por un sentimiento de pena, que en su más alto grado se manifiesta como un escalofrío, y por un sentimiento de alegría, que puede llegar hasta el entusiasmo y, si bien no es precisamente placer, las almas refinadas lo prefieren con mucho a cualquier placer. Esta unión de dos sensaciones contradictorias en un único sentimiento demuestra de forma indiscutible nuestra independencia moral. En efecto, siendo absolutamente imposible que el mismo objeto mantenga con nosotros relaciones opuestas, de ello deriva que nosotros mismos estamos con el objeto en dos relaciones distintas; por consiguiente, en nosotros deben estar unidas dos naturalezas opuestas, que están interesadas de forma absolutamente contraria en la representación del objeto mismo.
Mediante el sentimiento de lo sublime experimentamos pues que el estado de nuestro espíritu no se corresponde necesariamente con el estado del sentido, que las leyes de la naturaleza no son necesariamente también las nuestras y que hay en nosotros un principio autónomo, independientemente de todas las emociones sensibles. El objeto sublime es de dos clases. O nosotros lo atribuimos a nuestra fuerza intelectual y sucumbimos a la tentación de formarnos una imagen o un concepto de él; o lo atribuimos a nuestra fuerza vital y lo consideramos una potencia frente a la cual la nuestra se desvanece.
El autor
POETA, DRAMATURGO, historiador y filósofo, Friedrich Schiller nació en Marbach en 1759, y murió en Weimar en 1805. En 1773 abandonó sus intenciones de convertirse en pastor al ingresar, por orden del duque Wurttemberg, a la Academia militar ducal, donde estudió jurisprudencia y medicina. En 1783-84 fue contratado como escritor teatral en Mannheim, y en 1785, ya instalado en Leipzig, y luego en Dresden, estudió a Kant, clara influencia en su obra. En 1799, junto a su amigo Goethe, trabaja en el teatro de la corte en Weimar.
Una de sus primeras obras fue Himno a la alegría (1786), que Beethoven inmortalizaría con su música en el cuarto movimiento de su novena sinfonía. Se destacan entre sus obras la pieza dramática Los bandidos (1781), la trilogía Wallenstein (1798-99) sobre la guerra de los Treinta Años, María Estuardo (1800), La doncella de Orléans (1801), La novia de Messina (1803) y Guillermo Tell (1804). El texto que aquí se reproduce pertenece al tratado De lo sublime (1801), incluido en el libro Historia de la belleza, de Umberto Eco.